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EL ORGULLO DE LOS YANQUIS


Ernesto Diezmartínez Guzmán
Para los fanáticos del béisbol y/o de Gary Cooper, El Orgullo de los Yanquis (The Pride of the Yankees, EU, 1942) es un filme invaluable. Nominada a once oscares (ganaría solamente el de edición) y bien recibida por el público de la época, estamos ante una sentimental pero entrañable loa fílmica hacia una de las figuras más respetadas del pasatiempo americano por excelencia: Lou Ghering.

 Típica película de estudio –o, para ser más precisos, del jefe de estudio, Mr. Samuel Goldwyn, quien decidió hacerla cuando vio la adoración que le mostraron los aficionados de los Yanquis al jugador en el llamado Día de Lou Ghering--, El Orgullo… conserva aún muchas de sus virtudes más de 60 años después de su estreno aunque también muestra no pocas debilidades. Y aquí hay que aclarar algo: cuando alguien ve una película “vieja” (basta que la cinta tenga 10 años de antigüedad para llamarla así) no falta el despistado reseñista que afirme, nariz respingada de por medio, que el filme en cuestión “ha envejecido”. Por supuesto, algo habrá de anacrónico en un cinta hecha hace 20 años (la moda, el estilo de peinado o el lenguaje) pero las debilidades de una película están ahí en el momento de su estreno y continuarán ahí 50 años después.

 Por ejemplo, El Orgullo de los Yanquis tiene un largo interludio musical que no agrega nada a la trama y un grave problema argumental que Mr. Goldwyn y el veterano director Sam Wood no pudieron resolver: la ausencia de un verdadero conflicto dramático. Y es que la vida de Lou Ghering fue, cinematográficamente hablando, aburridísima: sin la explosiva personalidad de Babe Ruth ni el glamour de Joe DiMaggio (con Marilyn al lado), Ghering fue el arquetipo del hombre común, serio, decente y trabajador, que va a hacer su chamba, la hace bien y no espera que le hagan un monumento por ello. En la vida real, Ghering fue un tipo tranquilo cuya idea de alocarse era irse a tomar un par de cervezas con sus compañeros de equipo para, después, llegar temprano a su casa. Su templanza y responsabilidad lo llevaron, de hecho, a ser uno de los peloteros más respetados de su época (y de todos los tiempos) y a imponer una marca de juegos jugados consecutivos (2130) que se rompería, más de medio siglo después, por obra y gracia de Carl Ripken Jr.

 Esa decencia no podía haber sido personificada más que por Gary Cooper (o por Henry Fonda, pero éste se parecía menos aun a Gehring), un actor que a lo largo de su filmografía encarnaría mejor que nadie al buen-hombre-amable-y-silencioso, ese vecino/compañero/amigo confiable que todos quisiéramos tener. Sin embargo, ante la ausencia de conflicto dramático (Ghering no tuvo enemigos como Ty Cobb, su personalidad nunca fue espectacular como la de Ruth, su vida privada fue intachable a diferencia de muchos otros peloteros) el guión inventa anécdotas inexistentes (la promesa a un niño inválido de pegar dos jonrones en la Serie Mundial) o crea conflictos francamente mamilas (la esposa y la mamá de Gehring se pelean por el mobiliario de la casa).

 Con todo, la película vale la pena ser revisada por dos detalles fundamentales: la espléndida actuación de Cooper, en especial en la puesta en imágenes de la célebre despedida de Ghering en pleno Yankee Stadium (“Soy el hombre más afortunado sobre la Tierra….”), ya muy enfermo del mal que lo llevaría a la tumba (Esclerosis Lateral Amiotrópica o “enfermedad  de Lou Gehring”, como sería conocida a partir de entonces); y, en segunda instancia, por el extendido cameo de Babe Ruth, quien aparece en el filme interpretándose a sí mismo. Y, habría que decirlo, Ruth en el papel de Ruth, resulta perfecto.

 Por desgracia, el DVD de The Pride of the Yankees (región 1, subtítulos en español) no tiene un solo extra, aunque la imagen y el sonido sean perfectos. Creo que para un DVD de esta naturaleza, un documental y unas entrevistas hubieran sido resultado bienvenidas, en especial por los fanáticos del béisbol, como quien esto escribe.


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Comentarios: ernesto@cinevertigo.com
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