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THE WICKER MAN


Ernesto Diezmartínez Guzmán
Ya lo mencioné en este mismo espacio, con respecto a la cinta original All the King’s Men (Rossen, 1949) y su lamentable remake Todos los Hombres del Rey (Zillian, 2006): parece mentira que una película de más de medio siglo de antigüedad fuera más compleja (en la definición de sus personajes y en el planteamiento dramático) que el refrito realizado en pleno siglo XXI. Algo similar sucede con la cult-movie británica The Wicker Man (GB, 1973) y su risible remake El Culto Siniestro (2006), estrenado en México en 2006: la cinta original setentera es, de lejos, más audaz, más provocadora y mucho más inteligente que el refrito perpetrado por Neil LaBute.

 Si lo duda, el filme original de 1973 está disponible en un espléndido –y muy barato- DVD de Región 4 que, además del formato widescreen y el sonido estéreo, ofrece como extras varios trailers, galería de fotos, una entrevista televisiva de los años 70 con el protagonistas Christopher Lee y el director Robin Hardy, y un buen documental de media hora de duración, The Wicker Man Enigma, que relata las vicisitudes de una película que fue negligentemente echada a un lado por sus propios productores pero que terminaría convertida en filme de culto debido a su continua exhibición en los auto-cinemas de Estados Unidos.

 Dirigida con mano firme por Roger Hardy y escrita por el buen guionista Anthony Shaffer (guión del Frenesí/1972 hitchcockiano, varias adaptaciones de novelas de Agatha Christie), la trama es una brillante mezcla de thriller detectivesco, cinta de horror y filme de soft-porn. A una pequeña isla situada alejada de las costas de Escocia llega un estirado policía, el sargento Howie (Edward Woodward), a averiguar la supuesta desaparición de una niña. Howie se encontrará con una sociedad pagana que ha enterrado –para horror del devoto oficial- todo rastro del cristianismo para regresar a adorar a las arcaicas deidades celtas de la fertilidad. Dirigida por el excéntrico Lord Summerisle (Christopher Lee, perfecto), la sociedad isleña con la que se topa Howie educa a sus niños en los significados de los símbolos fálicos, tiene una festividad relacionada con el Sol y, en un momento dado, pareciera que buscan sacrificar a un ser humano (¿a la niña perdida?) para recobrar la gracia de sus dioses.

 Woodward está formidable como ese policía mojigato que presencia con turbación apenas controlada la exaltación sexual en la que viven esos misteriosos isleños que los lleva a hacer orgías a plena luz de luna o a provocar a nuestro moralísimo héroe a golpe de danzas eróticas (¡esa escena con la guapísima sueca Britt Ekland bailándole desnuda a Howie en la habitación contigua!). El desenlace es genuinamente perturbador en más de un sentido: por su crueldad, es cierto, pero más todavía porque la cinta se puede leer como una perversa alegoría contracultural hecha en los muy reventados años 70. Ni a los talones le llega esa ridiculez que es el refrito de 2006. Ni a los talones.


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Comentarios: ernesto@cinevertigo.com
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