ESE CIERTO CINE
LA CIUDAD DE LA TRISTEZA
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Ernesto Diezmartínez GuzmánNunca estrenada comercialmente en México aunque exhibida de vez en vez en la televisión cultural, La Ciudad de la Tristeza (Beijing chengshi, Taiwán, 1989), décimo largometraje del gran realizador taiwanés Hou Hsiao-hsien (o Hsiao-hsien Hou, si se anota el nombre al estilo occidental) es considerado como su primera obra maestra propiamente dicha. Primer filme de la llamada “trilogía histórica” (conocida así porque las tres cintas tratan sobre la historia de Taiwán en el siglo XX) que está completada por las inéditas en México The Puppetmaster (1993) y Good Men, Good Women (1995), La Ciudad de la Tristeza significó para Hou su consagración internacional definitiva, pues la película obtuvo el León de Oro en Venecia 1989.
Hou –y permítame esta digresión biográfica, fundamental para entender la obra de este realizador- nació en 1947 en la China continental, en Cantón, pero cuando apenas tenía un año de edad, sus padres –su papá, un funcionario de la educación; su mamá, una institutriz- se fueron a vivir a Taiwán. Ahí los sorprendieron los cambios políticos que sucedieron en China –me refiero a la ascensión del comunismo con Mao Zedong a la cabeza-, mismos que tendrían repercusiones directas en la isla, cuando ésta se convirtió en el refugio del gobierno nacionalista del Kuomintang.
La Ciudad de la Tristeza trata precisamente de este momento histórico: inicia con la salida japonesa de la isla en 1945 –los nipones la habían obtenido de su guerra contra China en 1895- y finaliza cuando el gobierno nacionalista de Chiang Kai-shek implantó la ley marcial en 1949, lo que significó el inicio de una dictadura militar de facto, que duraría hasta fines del siglo XX, después de la muerte de Chiang. Por supuesto, La Ciudad de la Tristeza no es un documental –nada más alejado del estilo demandante, elíptico, de Hou que el didactismo histórico- así que todo esto que estoy apuntando lo he tenido que averiguar leyendo la turbulenta historia de Taiwán.
Y es que para bien o para mal, Hou es un cineasta que hace su obra pensando en un público ideal: enterado, educado, gustoso de retos intelectuales. Su cine es arriesgado y desafiante no porque haya una actitud snob en su tono narrativo o en su temática. Resulta arriesgado en la medida que buena parte de los cinéfilos de hoy, con todo y que tienen a la mano la posibilidad de ver obras fílmicas de todo el mundo, están condicionados a disfrutar del cine del mainstream hollywoodense y nada más. Y si hay algo que está alejado de este tipo de cinematografía es, por supuesto, la obra de Hou.
La Ciudad de la Tristeza sigue la vida de los cuatro hijos de la familia Lin, cuyo patriarca, un anciano pequeño y delgadísimo, está dispuesto a recordarle a todo mundo que él se opuso a los japoneses cuando éstos ocupaban la isla. El mayor de los hijos, Wen-hsung (Chen Song-Yong), es un imperativo hombre de negocios que ha hecho su fortuna comerciando con la China continental; el segundo hijo, Wen-Liang (Jack Kao), acaba de regresar, traumatizado, de la guerra; el tercer hijo, un médico, sigue perdido en la guerra (al parecer está en Filipinas) y el cuarto hijo, el menor, Wen-Ching (el astro hongkonés Tony Leung), es un fotógrafo de estudio que se quedó mudo a los ocho años de edad debido a un accidente.
El destino de los tres hermanos –o de los cuatro, si agregamos al desaparecido “número 3”- resulta ser la imagen histórica/especular del Taiwán de esa época con todas sus convulsiones sociales, políticas, culturales: la lucha de las mafias chinas por conservar el poder en medio del caos, los traumáticos resultados de la guerra recién finalizada, la influencia más que palpable de la larga ocupación japonesa, el arribo de los nacionalistas chinos y su represión militar, la trágica lucha política de los disidentes… La familia Lin queda devastada –como el mismo Taiwán- en unos cuantos años: un hijo muerto, el otro encarcelado, aquel otro desaparecido, otro más convertido en un niño grandote.
El estilo narrativo de Hou es deudor del más sereno clasicismo fílmico oriental: ritmo pausado de largas tomas, con movimientos escasos de cámara (apenas unos cuantos paneos) y una ausencia prácticamente absoluta de close-ups (abundan los planos generales abiertos y las tomas de conjunto). Estamos, pues, ante un cine que nos invita a entender a los personajes como parte de un entorno mucho más grande y complejo. Un cine que nos obliga a poner igual atención a los protagonistas que a lo que los rodea. Un cine que, insisto, puede ser desconcertante para nuestros mediatizados gustos hollywoodenses.
Así, la cámara puede permanecer fija mientras los personajes hablan fuera de cuadro (muy al estilo del cine de Yazujiro Ozu), el encuadre renuncia al clásico punto de fuga de la perspectiva occidental y se yuxtapone la escritura ideográfica con ciertas imágenes, todo ello abrevando lógicamente del arte pictórico chino. Pero Hou también tiene otras deudas visibles, vanguardistas, occidentales: una narrativa hiper-fragmentada, subjetiva, con variación de puntos de vista entre los personajes, con cambios en la linealidad temporal del relato.
Dicho de otra manera, el cine de Hou es, junto con el de Wong Kar-wai, la perfecta fusión de las antiquísimas tradiciones orientales con el modernismo vanguardista del cine europeo de los 60/70. Esta es, acaso, la mejor razón para conocerlo: si hay alguien que pueda estar al mismo nivel que el hongkonés Wong –uno de los más grandes cineastas contemporáneos-, es otro genial isleño: un tal Hou Hsiao-hsien.
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