ESE CIERTO CINE
TRAINSPOTTING
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Ernesto Diezmartínez Guzmán"Elige una vida. Elige una carrera. Elige una familia. Elige una pinche televisionsota. Elige lavadoras, carros, sonidos, abrelatas eléctricos... Elige pudrirte al final de todo esto... (siendo) nada más que un estorbo para los egoístas y cabrones plebes que has criado para que te remplacen. Elige tu futuro". Este es parte del monólogo interior --"traducido" a sinaloense básico-- que el joven junkie/heroinómano Mark Renton (Ewan McGregor) recita frente a nosotros mientras es perseguido por un par de policías por las calles escocesas de Edimburgo en el espléndido y vital prólogo de La Vida en el Abismo (Trainspotting, GB, 1995), segundo largometraje –y el mejor hasta el momento, del talentoso cineasta escocés Danny Boyle.
Hagamos historia. Después de su haberse ganado los aplausos unánimes de la crítica en su opera prima Tumba al Ras de la Tierra (1994), todo podía hacer pensar que Boyle seguiría el camino de muchos otros cineastas británicos de antes y de ahora. Es decir, viajar a Hollywood y aceptar filmar para la gran industria. A contracorriente de esta tendencia, Boyle rechazó el ofrecimiento de dirigir Alien 4 y, en su lugar, decidió quedarse en Escocia para realizar una pequeña película con su mismo equipo, el guionista John Hodge, el actor Ewan McGregor (ambos escoceses) y el productor inglés Andrew MacDonald. La elección de Boyle no podía haber sido más retadora para un joven cineasta como él, todavía forjándose una personalidad y un estilo propios: adaptar al cine la inadaptable novela de culto Trainspotting (1993, publicada en español por Anagrama en 1996), salida de la pluma del escritor escocés Irvine Welsh.
“Trainspotting” es una palabra proveniente del caló inglés que se acuñó para nombrar el ¿pasatiempo? de checar el paso de los trenes, calculando el número de personas que viajan en cada vagón. Ahora, el verbo "trainspotting" se refiere a la acción de recabar toda la información posible sobre cualquier tema, por más banal que éste sea. Así, henos aquí como espectadores de las actividades de un grupo de nihilistas y ociosos "trainspotters" escoceses que lo mismo discuten acaloradamente sobre la filmografía de Sean Connery o enlistan todos y cada uno de las diferentes pastillas con las que se pueden poner "hasta arriba".Trainspotting, la película, rescata el verbo mencionado y nos muestra en delirantes, estilizadas, surrealistas viñetas, la vida de un grupo de jóvenes escoceses junkies: el serio y analítico Mark Renton --narrador del filme--, el aspirante a padrote Sick Boy (Johny Lee Miller), el pobre guiñapo caricaturesco Spud (Ewen Bremmer), el sanote deportista vuelto heroinómano por decepción amorosa Tommy (Kevin McKidd), y el peligroso sicópata Begbie (Robert Carlyle), curiosamente el único de los cinco que nunca se "arponea".
El filme es un mosaico de pequeños relatos casi independientes que, a retazos, nos va instalando en un clima de malestar social, político, cultural y generacional que parece no ofrecer salida alguna para estos muchachos. El rechazo de Mark hacia todo lo que le rodea y su elección por la droga no provoca un regaño moralizante por parte de Boyle y su guionista. Sin llegar al aplauso por consumir drogas, el filme se instala en una polifacética amoralidad descriptiva, a veces dramática, a veces impávida y seca, a veces regocijante.
El proceso del "arponeo", descrito con lujo de detalles desde la preparación de la droga hasta la insoportable cruda por falta de ella, es llevada así a terrenos surrealistas --la zambullida en el excusado, el hundimiento en el suelo llevándose consigo la alfombra--, hiperrealistas --la muerte del pobre bebé abandonado durante varios días mientras su mami e hipotéticos papis se inyectaban la droga--, cómicos --la hilarante entrevista de Spud para conseguir un improbable trabajo--, terroríficos --la secuencia del delirio sufrido por Mark al estar encerrado en su cuarto por sus padres-- y hasta escatológicos --la guacareante escena de Spud bañando de mierda a su novia y suegros en pleno desayuno.
Boyle aprendió sus lecciones desde el principio. Cita con vigor y conocimiento de causa a sus influencias --Kubrick en el radical humor negro, Scorsese en el acezante estilo narrativo y en el inteligente uso de la música dentro de la banda sonora--, pero no se queda sólo en la admiración cinefílica beata. Boyle va mucho más allá, ha ido mucho más allá desde entonces, desde siempre: el malestar que retrata de manera tan cruda y, a la vez, tan divertida, logra superar el simple ejercicio de estilo para entregarnos la instantánea de una sociedad enferma, aplatanada frente al televisor y sus estúpidos programas de concurso, una sociedad que ha permitido la proliferación del consumo de heroína en su juventud --Edimburgo era (¿es?) la capital británica de los junkies-- y que ha criado/creado una generación cínica, nihilista y perpetuamente amargada que desprecia a su propio país ("Ni siquiera nos conquistó una cultura decente") y que, finalmente, ni siquiera es llenada por la droga.Queda claro que para Mark la droga no representa el sentido último de la vida y por ello su última elección: dejarla. De alguna manera, Boyle tiene razón cuando afirma que esta cinta no trata sobre las drogas sino sobre la amistad, la traición y la transición hacia la vida adulta. Cuando Mark se da cuenta que no ha crecido --"El mundo ha cambiado, la música, hasta las drogas", le dice la ricachona hijita-de-papi con doble vida Diane (Kelly McDonald)--, él mismo decide dejar atrás su vida pasada y entrar al redil.
Al elegir dejar la heroína para llevar una mediocre vida común y corriente gracias al dinero que ha robado a sus propios amigos --curiosos caminos los de la redención personal--, Mark no puede terminar erigiéndose en la conciencia moral del filme, pues sabe --y nosotros con él-- que no es mejor que sus compañeros traicionados. Así, el puñetazo de frente al espectador se da en el epílogo: "Ya elegí: ya soy como ustedes, ya elegí comprar un carro, un televisor, un abrelatas eléctrico... Ya elegí una vida". Ya eligió nuestra vida. Nuestra conciencia moral puede quedar a salvo.
ESE CIERTO CINEEscala de Calificación
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