ESE CIERTO CINE

TRÁFICO
(****)


Ernesto Diezmartínez Guzmán
“Cuando se emprende una batalla
contra la naturaleza humana, el enemigo
habita en cada uno de nosotros”
Stephen Gaghan, guionista oscareado por Tráfico.

 Es frustrante –o debería de serlo. La mejor película sobre el tráfico de drogas en la frontera entre México y Estados Unidos, con todo y sus múltiples implicaciones (familiares, sociales, políticas, culturales, económicas) la realizó un cineasta estadounidense, no un mexicano. Se trata, por supuesto, de Tráfico (Traffic, EU, 2000), la multioscareada película número 10 en la ineludible filmografía del camaleónico Steven Soderbergh (Sexo, mentiras y vídeo, Un Romance Peligroso, Vengar la Sangre, Erin Brockovich).

 Basado en una teleserie británica –Traffik, exhibida en México en el Canal 22 del CONACULTA hace varios años--, he aquí la apasionante e inteligente historia sobre el tráfico de estupefacientes en la línea México-Estados Unidos y sus infames resultados en los dos lados de la frontera a través de tres historias perfectamente complementarias: en San Diego, un “respetable” hombre de negocios (Steven Bauer) es detenido por sus relaciones con el cártel de los Obregón (léase Arellano Félix) y su guapa mujer embarazada, Helena (Catherine Zeta-Jones, magnífica), quien desconocía los “trabajitos” de su marido, se hace cargo con increíble determinación del “changarro”. Mientras tanto, un honesto juez de Ohio, Robert Wakefield (Michael Douglas, excelente), es nombrado el nuevo Zar de las Drogas en Estados Unidos, y mientras viaja a Washington, Tijuana y la Ciudad de México, tiene que lidiar con el hecho de que su propia hija (Erika Christensen) consume toda droga habida y por haber con singular fruición. Mientras, en Tijuana, un sombrío policía judicial mexicano, Javier Rodríguez (el oscareado Benicio del Toro con un acento entre español y cubano –el único prietito en el arroz de la cinta), entra a trabajar para el corrupto General Salazar (Tomás Milián) –es decir, el General Gutiérrez Rebollo--, el Zar Antidrogas de México, quien trabaja en realidad para el poderoso capo Porfirio Madrigal (léase Amado Carrillo), que dizque ha muerto en una operación de cirugía plástica.

 El guión oscareado de Gaghan, escritor de Los Simpson y de NYPD Blues, pone el dedo en la llaga purulenta: el problema de las drogas va mucho más allá del hecho criminal o de la corrupción y descomposición social que provoca (en los dos lados de la frontera, por cierto, en la corrupción mexicana, y en el deterioro social de los barrios negros estadounidenses). Las drogas son un problema porque NOSOTROS –no ellos, no el otro, no el de enfrente—somos parte del mismo: la mujer embarazada que lleva vida en su interior pero que es capaz de ordenar la muerte de alguien con una fiereza inhumana; la escolar privilegiada y brillante que cae en el abismo de las drogas ¿por aburrimiento?; la madre de ella que en su juventud probó toda droga posible; el marido de la anterior, un hipócrita político que trata de parar el tráfico de estupefacientes pero que se echa sus whiskeys dobles con singular alegría; el judicial mexicano que se siente impotente porque no puede hacer nada y que se piensa un traidor cuando se asocia con la DEA, más para vengar la muerte de su amigo que por un limpio afán justiciero.

 De inmediato, en varios diálogos claves que tiene Wakefield con sus asesores, con su antecesor en el puesto, con varios políticos tan inútiles como autosuficientes, es claro que lo que estamos viendo es una guerra perdida: el dinero del narco es superior ¡al presupuesto de Estados Unidos!, ¡no hay una sola idea nueva para combatir el tráfico de drogas!, ¡la tercera parte de los estudiantes norteamericanos consumen de vez en vez algún tipo de estupefaciente! El guión de Gaghan no deja salida alguna: se trata de una guerra perdida porque se lucha contra uno mismo y contra las leyes del mercado, el tótem indestructible del neoliberalismo económico. ¿Querían libre comercio?: ahí lo tienen, incluyendo el comercio libre de drogas.

 Finalmente, la realización de Soderbergh –justicieramente oscareado—es perfecta en su definición estética y estilística. Cada segmento está dirigido con un estilo fotográfico diferente (la cámara es del propio Soderbergh bajo el pseudónimo de Peter Andrews): la historia de los Wakefield está dirigida en un estilo clásico, funcional; la de Helena en un estilo limpio, periodístico; la de Rodríguez, con una nerviosa cámara en mano y la imagen sobre-expuesta a la luz, con un filtro amarillento que muestra la desolada frontera como un auténtico infierno, una genuina tierra de nadie –bueno, más bien, tierra de los Arellano Félix y del Chapo Guzmán y de los descendientes del finado Amado Carrillo.

 El filme de Soderbergh y Gaghan es el acercamiento más serio y más sobrio al tráfico de drogas entre México y nuestro vecino del norte. No tiene desgarramientos de vestiduras ni azotes de ningún tipo: si algunos quisieron ver en ella un tufillo de moralismo puritano es que no han entendido el sentido más profundo del filme. Y es que si Tráfico propone que la única solución posible parece estar en la familia, es que DENTRO de ella está el enemigo. Las otras batallas, ganadas o perdidas, son lo de menos. Pueden servir para construir un campo de béisbol en medio de la polvorienta tierra mexicana o para colocar un micrófono en la casa de un capo escurridizo, pero nada más. Nada más. Nada, en realidad.
Nada de nada.



ESE CIERTO CINE

Escala de Calificación

**** Excelente        *** Muy recomendable     ** Vale el boleto o la renta
* Palomera       + Churrito        ++ Churrote

Comentarios: ernesto@cinevertigo.com

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