EL CINE QUE NO VIMOS


SUNSHINE STATE
(***)


Ernesto Diezmartínez Guzmán
Sunshine State (EU, 2002), el décimo-tercer largometraje del cineasta independiente John Sayles, es una vuelta a los temas que siempre le han interesado: el estudio de una comunidad multirracial a través de una docena de personajes, la crítica al capitalismo feroz y sus consecuencias, la historia que juega un papel fundamental en la vida de todas las criaturas dramáticas… Éstas han sido las constantes temático-ideológicas del neoyorkino Sayles en filmes-mosaicos como La Masacre de Matewan (1987), Fuera de Línea (1988), Ciudad de la Esperanza (1992), Estrella Solitaria (1996) o Limbo (1999), en donde la vida de un puñado de individuos resulta, siempre, en una desencantada crónica del american-way-of-life.

 En esta ocasión, Sayles no se interesa en la metrópolis (como en Ciudad de la Esperanza) ni ambienta su filme en el pasado (como en La Masacre de Matewan, Fuera de Línea y, hasta cierto punto, Estrella Solitaria). Como en su película anterior, Limbo –en mi opinión, su filme más perfecto hasta la fecha--, Sayles se va a la costa, a una pequeña comunidad americana, en donde varios personajes se ven confrontados con la voracidad capitalista al mismo tiempo que tratan de arreglar su vida, encarando problemas que dejaron sin solucionar en el pasado.

Delrona Beach, Florida, el estado de la luz del Sol, como dice el título en inglés. Marly (Edie Falco de Los Sopranos), la claridosa dueña de un motel en decadencia, se niega a vender sus tierras a una poderosa compañía inmobiliaria, más por respeto a su anciano padre que por amor al citado motel; mientras, al otro lado de la isla, Desiree (Angela Bassett), una mediocre actriz de “infomerciales”, regresa a la casa materna en Lincoln Beach por vez primera en 25 años. Desiree había abandonado el hogar debido a que, cuando era una adolescente, su novio la embarazó. Entre ella y su madre Eunice (Mary Alice) las cosas no han marchado bien desde entonces y, por la fría recepción materna, no parece haber muchos cambios. Por supuesto, también Lincoln Beach entra en los planes de la compañía inmobiliaria que quiere apoderarse de todos esos terrenos.

La narrativa de Sayles es tan fluida e impecable, como de costumbre. Su estilo parece sencillo, pero no lo es: exige una cuidadosa puesta en imágenes, precisos movimientos dentro del encuadre y un grupo de actores experimentados que expresen con soltura los cargados diálogos escritos por el propio cineasta neoyorkino. Una secuencia típica de Sayles muestra a un grupo de personas conversando sobre algo mientras caminan; la cámara los sigue de cerca, como si fuera un participante más de la plática. No obstante, en cierto momento, la cámara se detiene para ver a otros personajes que se han cruzado en el camino del primer grupo. Ahora, la cámara sigue a estas nuevas criaturas dramáticas en su conversación y no sería raro que, en el final de esta secuencia, Sayles volviera a toparse con el primer grupo o que, incluso, se interesara en un tercer conjunto de personas.

 La puesta en imágenes descrita le permite a Sayles darnos a conocer a un buen número de personajes al mismo tiempo que nos transmite grandes cantidades de información. Por supuesto, para muchos, este tipo de cine resulta cansado por su abundancia de personajes y conversaciones (Sunshine State tiene unas 50 partes habladas), pero habría que aclarar que nunca el cine de Sayles resulta sobredialogado: lo que sucede es que, al igual que Woody Allen, el director de Limbo descansa su fuerza dramática en el peso de las palabras, en cómo se dicen y cuándo se dicen.

 Sunshine State resulta una película redonda, aunque nos deja la impresión de que pudo haber resultado más rica e interesante. Hasta el momento, las dos cintas más logradas de Sayles (en mi opinión, Ocho Fuera de Línea y Limbo) tienen una dimensión personal extra; es decir, además de la historia y la crítica sociopolítica, aspectos que el cineasta domina, en el mejor cine de Sayles aparecen historias individuales complejas y fascinantes, que hacen aún más pertinente el “gran cuadro” económico y social. En Ocho Fuera de Línea, por ejemplo, está el amor por el béisbol de “el descalzo Jackson”, un prodigioso pelotero corrompido por ignorancia y mala fortuna; la tragedia del béisbol es, en Ocho Fuera de Línea, la tragedia de ese legendario deportista.

En Limbo, la pequeña sociedad pesquera de Alaska que está sufriendo cambios impresionantes, se entiende mejor frente a la difícil formación de una nueva familia, enfrentada al reto literal de la supervivencia. En contraste, en Sunshine State, la dimensión personal de los personajes protagónicos (Desiree y Marly) es mucho más convencional (la complicada relación madre-hija en un caso; una desencantada historia de amor en otro) y no tiene un ápice de la fuera mítica-histórica que la cinta requería. De cualquier manera, es reconfortante ver a Sayles en plena forma. No será Sunshine State su mejor película pero es, sin duda, otra pieza más en el fascinante mosaico del pasado y el presente americano –con todo y sus vicios y contradicciones—que ha venido construyendo Sayles desde hace 15 años. Y esperemos, la verdad, que lo siga haciendo por muchos años más.

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 Sunshine State nunca se estrenó en México, para variar, pero se ha exhibido en la televisión de paga y está disponible para su renta y venta en DVD.


EL CINE QUE NO VIMOS

Escala de Calificación

**** Excelente        *** Muy recomendable     ** Vale el boleto o la renta
* Palomera       + Churrito        ++ Churrote

Comentarios: ernesto@cinevertigo.com

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