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CINE NACIONAL
SULTANES DEL SUR
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Ernesto Diezmartínez Guzmán
Es una provocación haber empezado Sultanes del Sur (México, 2007) con una voz en off que se pregunta: “¿Qué salió mal?”. Porque la respuesta obvia es: “todo”. O, para ser justos -si exceptuamos el escote que presume Ana de la Reguera en los primeros minutos de la cinta-, casi todo.

 El segundo largometraje de Alejandro Lozano (divertida farsa clasista/racista Matando Cabos/2004, cuya reseña está en este mismo sitio) es un auténtico desastre: casi un estudio de caso de todas las fallas de nuestro precario cine industrial y de ninguno de sus escasos logros. Un cine que aspira a jugar en las grandes ligas hollywoodenses en temática y ejecución, pero que se abisma en la incompetencia, inconsistencia y mediocridad.

 Apropiación torpísima de una fórmula (la heist-movie o cine de asaltos) que exige disciplina y precisión argumental, algo de lo que carece Sultanes del Sur; secuencias de persecución (en auto y a pata) ejecutadas con una cámara aquejada de Parkinson –como lo dicta la moda Bourne-, pero sin el apabullante montaje orientador/desorientador de las acezantes películas de Paul Greengrass; infinidad de diálogos y encuentros que no llevan a ninguna parte y que están ahí, aparentemente, sólo para hacer tiempo; y un desenlace tipo Los Sospechosos Comunes (Singer, 1995) en el que, en unos cuantos segundos, vemos que el menos sospechoso de todos, el mexicanito acomplejado bien interpretado por Silverio Palacios (“¿por qué me mandaron a segunda clase, porque soy moreno?”, “abusado con el racismo, cabrón, soy indio”) resultará ser el chingón de la película, nuestro Keyser Soze totonaca, faltaba más, faltaba menos.

 El filme tiene un inicio prometedor. La secuencia del asalto bancario en la Ciudad de México está bien pensada, no mal montada y hasta presume algunos diálogos interesantes. Pero en cuanto la cuarteta de asaltantes (el catalán Jordi Mollà y los mexicanos Tony Dalton, Ana de la Reguera y Silverio Palacios) llega a Buenos Aires a cambiar los 12 millones de dólares por pesos argentinos, todo el asunto se va al caño. Además de una persecución en auto mal ejecutada –y en calles bonaerenses prácticamente vacías-, tenemos que sufrir algunos diálogos infames (la plática frente al emblemático obelisco debe estar en la antología de los peores diálogos del cine nacional de la década), varias situaciones que no llevan a ningún lado (por ejemplo, la escena en la que Dalton llega a la estación de policía a preguntar por el jefe gangsteril Pablito Benes/Óscar Alegre) y alguna escena tan mal concebida (la entrega del dinero al “Tejano”/Celso Bugallo por parte de Tony Dalton) que uno termina sintiendo pena ajena.

 Déjeme extenderme en este último asunto, el de la entrega del dinero. Llega Dalton con la mochila atascada de millones de dólares a entregársela al siniestro mafioso “El Tejano”, quien guarda de rehén a Ana de la Reguera. “El Tejano” está cuidado por varios guaruras que, uno supone, están armados con algo más que resorteras. Sin embargo, Dalton llega, entrega el dinero y le pide al “Tejano” que deje su arma a un lado pero ¡se olvida de pedirle lo mismo a los guaruras! Por supuesto, cuando se suelta la tracatera, los matarifes del “Tejano” sacan sus fuscas y empiezan a disparar a lo loco.

 El ejemplo descrito es uno entre muchos elementos absurdos que contiene la trama. Y no me quejo porque la historia esté alejada de la realidad: sé que lo que estamos viendo es cine y, se supone, fantasía. Es más, permítame una pequeña digresión: se cuenta que en El Bueno, el Malo y el Feo (1966), el serio actor de método Eli Wallach cuestionó al director Sergio Leone diciéndole que era imposible que su personaje, Tuco, disparara su revólver metido en una tina de baño. “Señor Leone”, le decía Wallach, “el arma no se puede disparar porque va a estar mojada”. Leone, imperturbable, le contestó: “Eli, es una película, tú dispara y ya”.

 Tenía razón Wallach, por supuesto, pero mucha más razón Leone. La escena es absurda (¿cómo puede disparar su arma Tuco si se está metido en una tina llena de agua?), pero el punto es que nadie se da cuenta de ello porque la película es tan emocionante que no le da a uno tiempo de pensar en lo plausible que resulta esta o aquella situación. Lo mismo sucede con el cine de Hitchcock: está lleno de elementos increíbles, pero eso no tiene le menor importancia porque uno está atrapado por la lógica interna de la trama, por más disparatada que ésta sea.

 Este es el gran problema con Sultanes del Sur: el filme es tan torpe en su ejecución, tan poco emocionante en sus escenas de acción y con personajes tan sosos y tan mal escritos, que uno se entretiene descubriendo las innumerables (malas) costuras de la película. Apenas así, la verdad, se puede llegar al final en el que surge, victorioso, Silverio Palacios, el mexicano morenito, malhablado y nada confiable. Si un servidor había acusado de racista y clasista al anterior filme de Lozano Matando Cabos, esta vez no puedo escribir lo mismo. Ahora es todo lo contrario: el naco es el ganón. Naco es nice.


CINE NACIONAL
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Comentarios: ernesto@cinevertigo.com

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