ESE CIERTO CINESPLENDOR
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Ernesto Diezmartínez GuzmánPrácticamente de manera paralela, dos películas italianas de finales de los años ochenta mostraron que el amor incondicional al cine, a su magia, sus actores y actrices, podía llegar a niveles que rayan en lo sublime o en lo cursi. La muy exitosa y oscareada Cinema Paradiso (Tornatore, 1989) fue una de esas cintas. Splendor (Ídem, Francia Italia, 1989), dirigida por el maestro Ettore Scola, fue la otra.
Al igual que Cinema Paradiso, Splendor es un viaje por el terreno de la nostalgia, cuando asistir a las salas de cine era una ceremonia y en el espectador dominaba la mas desarmante ingenuidad. En los dos filmes, tanto Tornatore como Scola se regodean reviviendo una ¿mítica? época feliz, anterior tanto a la televisión como a la crítica fílmica institucionalizada o a la cinefilia pomposa y nemotécnica. Una época, vaya, en donde la gente que asistía mucho a ver cine no se hacía llamar cinéfilo sino, humildemente, cinero.
El filme de Scola comparte con Cinema Paradiso la misma visión amable y tierna hacia la época retratada y los protagonistas, aunque por el desarrollo de la trama y por sus personajes no hay en Splendor ningun niño encantador como el Totó de Tornatore, el filme de Scola es menos autoindulgente y cursi y, de hecho, permea, por el contrario, un agudo sentido del humor.Splendor se desarrolla alrededor de la vidas de sus tres personajes principales: Jordan (el divino Marcello Mastroianni, tan encantador como siempre), el dueño de un pequeño cine pueblerino llamado precisamente Splendor, quien había sido iniciado desde la infancia en el oficio de "cinematografista", acompañando a su padre con un modesto cine trashumante por las aldeas italianas de los años veinte; Luigi (Massimo Troisi el futuro cartero de Neruda), el proyeccionista del Splendor, primo lejano de la Mia Farrow de La Rosa Purpura del Cairo (Allen, 1985), más feliz en su relación con las estrellas de la época (la Bergman, la Loren, la Monroe, et al) que con las mujeres de carne y hueso que conoce; y la siempre sonriente Chantal (Marina Vlady), compañera de toda la vida tanto de Jordan como del Splendor, trabajando como la coqueta acomodadora del cine, toda ella enfundada en un ajustado vestido rojo causante de los más lúbricos sueños de todos los adolescentes fellinianos del pueblo.
Los personajes son simples, básicos; no parecen sufrir nunca y toda su vida esta construida alrededor de su admiración por los fantasmas vistos y compartidos todas las noches en la pantalla grande del Splendor. Scola dirige en un tono directo y menor, sin alardes estilísticos o pretensiones alegóricas como en El Baile (1982), y sin la ironía casi rabiosa de Pasión de Amor (1981), dos de sus cintas más notables de esa década.
Scola remata este agradable relato con una secuencia de clara vertiente capriana, tan artificiosa como emotiva: una multitud de jóvenes se sientan en las butacas del Splendor para evitar que el cine sea destruido, espléndida paráfrasis fílmica del sublime happy end de Qué Maravillosa es la Vida (Capra, 1946), la obra maestra de todos los tiempos entre las feel good movies hollywoodenses y en cuya compañía no desmerece gran cosa el desenlace de Splendor.
ESE CIERTO CINEEscala de Calificación
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