EL CINE QUE NO VIMOS
SWEET SIXTEEN
(***)

Ernesto Diezmartínez Guzmán
Quién sabe por qué, pero la ganadora del Mejor Guión en Cannes 2002, nunca llegó a estrenarse en México. Me refiero a Sweet Sixteen (Sweet Sixteen, GB-Alemania-España-Francia-Italia, 2002), del eterno combatiente social/fílmico Ken Loach. El director inglés, hay que recordarlo, es un auténtico bicho raro: hace un cine abiertamente político y militante, de clara tendencia izquierdista y, aunque esto podría resultar una desventaja (es decir, que Loach cayera en la tentación del mero panfleto), la realidad es que el talentoso cineasta ha construido una filmografía que puede ser todo, menos tendenciosa, convencional, facilona. Dicho de otra manera, el cine de Loach está muy lejos de los choros izquierdosos que tanto se usan en el peor cine militante latinoamericano.

 La diferencia entre Loach y sus similares de este continente (digamos, del señor Aristarain) es que el británico ha sabido mejor que nadie insertar el realismo más indignante en una clásica narrativa melodramática, al estilo, ¿por qué no decirlo?, de los folletines decimonónicos (Zola, Dickens, et al) que denunciaban la explotación, la crueldad y la miseria, al mismo tiempo que mantenían interesados al público lector con personajes completos y complejos, que vivían y sufrían aventuras emocionantes. Dicho de otra manera, el cine de Loach vale lo que vale, no porque coloca muy conocidos puntos en muy vistas íes, sino porque lo hace manejando a la perfección el arte cinematográfico, de tal forma que hace el milagro de que, a veces, creemos que está siendo original.

 La historia de Sweet Sixteen (escrita por el colaborador habitual de Loach, Paul Laverty) está repleta de conexiones con otros filmes. La relación entre el serio y responsable Liam (notable Martin Compston) y el impulsivo Pinball (William Ruane) nos remite a las scorsesianas Calles Peligrosas (1973), mientras que la elevación y caída de Liam como aprendiz de ganster es similar a la de los clásicos filmes de mafiosos de los años 30 (digamos, El Enemigo Público/Wellman, 1931). Y no se diga el desenlace con Liam caminando por la playa, idéntico al legendario epílogo de Los 400 Golpes (Truffaut, 1959). La verdad, es lo de menos el dicho de Laverty, quien ha afirmado que la historia de Sweet Sixteen la obtuvo al entrevistar a varios delincuentes juveniles en Escocia: el hecho es que el resultado cinematográfico, dirigido magistralmente con Loach, ocupa muy justamente un espacio entre todos los filmes mencionados.

 El camino que sigue Liam hacia su autodestrucción y aislamiento resulta inevitable no porque lo marcan las convenciones genéricas, sino por Loach, certero como es al retratar los mecanismos sociales de competencia/explotación, deja claro que no hay muchas rutas alternativas para Liam, un inquieto adolescente que sueña con comprarle la casa ideal a su mamá, presa y drogadicta. En el mundo en el que nació y creció Liam, no hay escape alguno y el único que existe (trabajar por un sueldo miserable, como su luchona hermana Chantelle/Annmarie Fulton) no le interesa. Inteligentemente, más allá de lanzarse en contra del cruel “sistema”, Loach muestra a los culpables con nombres y apellidos: la familia de Liam (su padrastro, su abuelo, su propia madre), sus amigos y socios y, por supuesto, él mismo. No hay determinismo alguno: si Liam ha elegido el camino del crimen, es porque sabe que es bueno para eso: no se droga, es serio y responsable, obedece órdenes, etcétera. Si el sueño se convierte en pesadilla es porque en el seno familiar está la raíz de la destrucción: Liam soñó en trascender a todos, pero su familia y él mismo se encargarán de arrastrarlo hacia abajo.

 Filmada con eficacia por Loach en locaciones escocesas de Glasgow, narrada en un estilo limpio y nada enfático, y actuada por un grupo de intérpretes debutantes y/o no profesionales, Sweet Sixteen nos muestra al mejor Loach de siempre: un cineasta comprometido con los pobres, los fracasados, los marginales, los expulsados. Un cine inteligente que, aunque está del lado de los desposeídos, no los mira de manera condescendiente. Loach está a un lado de sus personajes; pero no se hace de la vista gorda. Los entiende, pero no los disculpa. Y, sobre todo, no le avienta discursos al respetable. No se puede pedir más.


EL CINE QUE NO VIMOS

Escala de Calificación

**** Excelente        *** Muy recomendable     ** Vale el boleto o la renta
* Palomera       + Churrito        ++ Churrote

Comentarios: ernesto@cinevertigo.com

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