EL CINE QUE NO VIMOS
SARABAND
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Ernesto Diezmartínez GuzmánNunca estrenada comercialmente, Saraband (Ídem, Suecia-Dinamarca-Noruega-Italia-Finlandia-Alemania-Austria, 2003), es el filme con el que, supuestamente, se despide del séptimo arte el clásico viviente Ingmar Bergman (Uppsala, Suecia, 1918). Y he escrito supuestamente porque aunque Bergman ha dicho que Saraband es su última película, eso mismo dijo al finalizar el telefilme Después del Ensayo (1984) para luego dirigir ocho cintas más para la televisión sueca, entre ellas, precisamente, Saraband. Saraband es la continuación de Escenas de un Matrimonio (1973) –usted puede encontrar la reseña en la sección de vacas sagradas- treinta años después del último encuentro del investigador universitario y fallido poeta Johan (Erland Josephson) y la abogada especializada en divorcios Marianne (Liv Ullman). Casados por más de diez años, Johan y Marianne se divorciaron y siguieron su camino cada quien por su lado: él terminó heredando una fortuna que le dio una inesperada estabilidad económica; ella se casó de nuevo, fracasó otra vez y siguió trabajando en lo que sabe: hacerse cargo de los desastres existenciales de los demás. Las hijas de ellos viven alejadas: una, geográficamente, pues vive en Australia con su marido; la otra, mentalmente, pues hace tiempo que está internada en un hospital psiquiátrico, sumergida en la catatonia.
¿Por qué Marianne ha decidido visitar a su exesposo? En el prólogo y frente a la cámara, Marianne nos confiesa que no sabe explicar ese impulso. Al llegar a la remota cabaña rural en la que vive Johan, ella y él no revivirán las interminables y feroces discusiones que cortaban el ambiente en Escenas de un Matrimonio –pareciera que todo ha sido dicho mucho tiempo atrás-, sino que Marianne será la testigo/intermediaria de otra serie de problemas existenciales y de poder entre Johan y su otra familia, centrados en la tirante relación de éste con su mediocre hijo violonchelista Henrik (Börje Ahlstedt) quien, a su vez, chantajea a su propia hija, Karin (Julia Dufvenius), ella sí una música con talento, para que no lo abandone.
Estructuralmente, la narrativa sencilla, ascética, funcional de Bergman –muy similar a la de Escenas de un Matrimonio, de hecho- está dividido en diez “duetos” y un “solo” (el inicial, con Marianne hablándonos de frente) en los cuales los personajes mostrarán sus miserias, sus temores, sus odios, sus rencores. El término “saraband” –o mejor dicho “zarabanda”, que es el nombre correcto en español- se refiere a una danza muy de moda en el siglo XVII en la corte francesa. Johan Sebastian Bach usó, en sus suites para violonchelo –precisamente el instrumento usado por Henrik y Karin- los acordes de este tipo de danzas, siempre en el tercer movimiento que, dicen los que saben de música, es el más grave, el más expresivo, el más serio, de las suites de Bach.
Así pues, en estas diez graves “zarabandas” veremos el profundo desprecio de Johan hacia su hijo, el odio de éste hacia aquél, la extraña relación ¿incestuosa? de Henrik y Karin, la afabilidad engañosa de Johan hacia su nieta, la franqueza que nace entre la muchacha y la anciana Marianne, y así hasta llegar a un desenlace extrañamente cálido, casi positivo, tratándose de Bergman: el regreso de Marianne al hospital en donde está recluida su hija para sentarse y, por vez primera, tener un genuino contacto con ella. Acaso nunca es demasiado tarde para demostrar una pizca de amor. Bergman, a sus casi 90 años de edad, es lo que nos dice en Saraband.
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Saraband está disponible en un buen DVD de Región 4 con widescreen, sonido estéreo y un pequeño documental de 14 minutos sobre Bergman y la pequeña isla en la que vive, solitario.
EL CINE QUE NO VIMOS Escala de Calificación
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