LA SOMBRA DEL SAHUARO ![]()
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CINE NACIONAL
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Ernesto Diezmartínez Guzmán¿Hay algo más difícil que hacer cine en México? Véase el caso de La Sombra del Sahuaro (México, 2004). La cinta, filmada en locaciones sonorenses y sinaloenses a inicios de 2004, tenía fecha de estreno para marzo de 2005. Pasó marzo, abril, mayo, junio… y, de hecho, todo 2005. El filme terminó siendo exhibido en el Festival Internacional de Cine de Monterrey en agosto de 2006 y luego en el Orange County Latino Film Festival ese mismo año. De hecho, desde octubre de 2006 la cinta –segundo largometraje de Eduardo Barraza y La Plebe Films- está disponible en DVD de Región 1, editado por Vanguard Cinema. Dicho de otra manera: otra cinta nacional más que no alcanzó el favor de nuestros distribuidores nacionales.
Después de ver la película, uno podría argumentar que si La Sombra del Sahuaro no mereció distribución nacional, bien merecido se lo tiene: la cinta, al final de cuentas, es un mal esbozo de hiperviolenta y digitalizada loa hacia el narco y su torcido sistema de valores. Pero no nos desgarremos las vestiduras: sin defender el filme del señor Barraza –que él y su película se defiendan solos- no creo que sea saludable tal ninguneo de nuestros distribuidores fílmicos hacia el cine –bueno, malo, pésimo- que se hace en México. Después de todo, iguales –y hasta peores- películas vemos a lo largo del año, provenientes del vecino país del norte.
Aguaprieta, Sonora. “El Sahuaro” (Eduardo Santamarina, esforzado) regresa a su pueblo después de años de ausencias, sólo para entrar en rivalidad con su hermano Carlos (Marco Pérez) por el amor de Tamara (Alejandra Mena) y, después, con Silverio (Bernardo de la Fuente), el hijo rechazado, cual Fredo norteño, del poderoso capo local, Don Miguel (Jesús Ochoa, en piloto automático).
La trama se alarga de manera tormentosa –más bien, atormentante- hasta sobrepasar las dos horas de duración y lo que podría haber sido un filme valioso –he aquí una cinta que describe y elogia sin recato la vida y la muerte en el ambiente del narcotráfico sonorense- nunca termina por despegar. Eso sí: se presumen efectos especiales computarizados y hasta una balacera con sangre digital que estalla, cual versión norteña de Zatoichi (Kitano, 2003). El director Parra y su guionista Adolfo Franco perdieron la oportunidad de hacer un filme que, sin recato de ninguna especie, alabara el mundo delincuencial como lo hacen las amorales películas urbanas con personajes afro-americanos. De hecho, lo único que sostiene a La Sombra del Sahuaro es su descarnada amoralidad. Lo demás –esa “pequeñez” conocida como narrativa, esa inutilidad llamada “estilo”- brillan por su ausencia.
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