LAS VACAS SAGRADAS

TRES COLORES: ROJO
(****)


Ernesto Diezmartínez Guzmán
Y ahora, el color rojo; y ahora, la fraternidad. Tres Colores: Rojo (Trois couleurs: Rouge, Francia-Polonia-Suiza, 1994), décimotercer largometraje del cineasta polaco Krzysztof Kieslowski, es un extraordinario punto final a una serie fílmica ya ineludible en el cine contemporáneo. Como en las anteriores partes de la trilogía, Kieslowski deja claro que lo que en verdad le importa es reflexionar sobre los valores íntimos, personales --no tanto sociales-- relacionados, en esta ocasión, con la fraternidad.

Valentine Dussaut (Irène Jacob, la protagonista de La Doble Vida de Verónica/Kieslowski, 1992), una joven y guapa modelo, atropella accidentalmente a la perra de un misántropo juez retirado, Joseph Kern (Jean-Louis Trintignant jodido, avejentado y maravilloso). El amargado anciano se entretiene espiando la vida de sus vecinos a través de un aparato que interviene las llamadas telefónicas. A partir de este encuentro, entre el viejo juez y la joven modelo, se desarrolla una extraña y conmovedora relación fraternal. Mientras tanto, cruzándose siempre por el camino de Valentine, pero sin que ninguno de los dos se dé cuenta de ello, Auguste Bruner (Jean-Pierre Lorit), un joven estudiante de leyes que termina graduándose de abogado, descubre que su novia (Frédérique Feder) lo está engañando.

Toda la obra kieslowskiana --sobre todo a partir del Decálogo-- descansa sobre una fascinante red de conexiones y coincidencias: sobre el destino, la voluntad de Dios o el azar puro y surrealista, dependiendo de la lectura que se le quiera dar. Lo cierto es que en Rojo las vidas de Valentine, Auguste y Kern se entrelazan de forma inquietante, influyendo  cada uno de ellos en la vida de los otros y sin darse cuenta en lo absoluto. Como en La Doble Vida de Verónica --con Veronique, la francesa, y Veronika, la polaca--, Kern y Auguste son almas gemelas. Los dos estudiaron leyes, los dos pasaron su examen recepcional gracias a una maravillosa coincidencia (por accidente se abrió un libro en una página en donde estaba la respuesta de una pregunta crucial), los dos fueron engañados por las mujeres que amaban. Sólo que esta vez la distancia entre ellos no está marcada por las lenguas o los países sino por los años. Kern es Auguste, con cuarenta años más. Es obvio que Kern se ha enamorado de Valentine y, a través de ella y su fraternidad, se ha redimido; es obvio también que Kieslowski nos deja deseando que la muchacha se encuentre por fin con Auguste para que, de esta manera, Kern pueda aspirar al amor de Valentine a través de su alma gemela. La redención de Auguste es posible; todavía está a tiempo de salvar su vida, de no transformarse en un oscuro y misántropo juez amargado.
 
Por supuesto que Kieslowski no nos asegura que esto suceda. Auguste y Valentine forman parte de los únicos siete sobrevivientes de un terrible naufragio sucedido en el Canal de la Mancha. En las últimas imágenes del filme, pues, los dos, por fin, coinciden. Pero qué ironía. Lo hacen en medio de una tragedia mayor: más de 1300 personas han muerto ahogadas. Si ellos dos se enamorarán o no es algo que, evidentemente, nunca queda claro. Entre los otros cinco sobrevivientes del naufragio están Julie (Juliette Binoche) y Olivier (Benoît Régent), los dos protagonistas de Azul; y Karol (Zbigniew Zamachowski) y Dominique (Julie Delpy), los dos de Blanco, ¿por fin felizmente juntos?

Este final nos permite ver toda la trilogía desde otro punto de vista. Pareciera que lo que hemos estado viendo es, de hecho, una sola película de casi seis horas de duración y con personajes que se han estado cruzando continuamente sin darse cuenta de ello. Julie --de Azul--visita el Palacio de Justicia e interrumpe el juicio de divorcio que Dominique --de Blanco-- ha interpuesto contra Karol. Ahí, Julie conoce a la amante de su marido muerto, que trabaja como asistente de algún juez, trabajo antiguo de Joseph Kern --de Rojo. Michel, el nunca visto amante de Valentine --de Rojo-- visita Polonia --la tierra de Karol (de Blanco)-- en donde le roban todo su equipaje (¿por cierto, no sería la misma banda que robó la maleta donde viajaba Karol?)... Y así podríamos continuar hasta el hartazgo. Pero más allá del juego cinéfilo y la trivia, Kieslowski deja claro que nuestras vidas no son más que un mero juguete de designios inescrutables, acaso divinos, acaso azarosos.

Un último detalle deja más clara esta posición (tan cercana a la de Buñuel o a la de Hitchcock, dos almas gemelas de Kieslowski): en las tres cintas, los protagonistas ven a una persona anciana luchar por meter una botella en la basura. Julie la ve a lo lejos y no hace nada por ayudarla. Karol la ve pero tampoco la ayuda; sólo le sonríe, amistosamente. Valentine la ve y actúa: toma la botella y la echa al bote de basura. Este pequeño detalle, solidario, fratenal, ayuda a entender la ambigua posición humanista/escéptica de Kieslowski. Ayudar al prójimo como lo hace Valentine puede resultar banal para el Universo frío e impersonal en el que vivimos, pero nos ayuda, indudablemente, a ser mejores.

Claro que esto último es una lectura personal. Kieslowski, con su habitual sorna, agregaría: "sólo es una vieja que no puede meter una botella en el bote de basura, ¿para qué buscarle más explicaciones?".


LAS VACAS SAGRADAS

Escala de Calificación

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Comentarios: ernesto@cinevertigo.com

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