EL CINE QUE NO VIMOS

RINGU
(***)


Ernesto Diezmartínez Guzmán
Programada varias veces en televisión en el canal de cable Cinemax y disponible en un modesto Disco Versátil Digital multirregión, Ringu (Japón, 1998), el filme de horror más exitoso en la historia de Japón, es una de esas cintas que debe verse aunque sea para saciar la curiosidad cinefílica.

La trama de Ringu es, en líneas generales, idéntica a la de su refrito El Aro (Verbinski, 2002). Está, por supuesto, el vídeo maldito y la llamada telefónica anunciando la muerte en siete días; está la investigación de una joven periodista, Reiko Asakawa (Nanako Matsushima), que la lleva a ella misma a estar condenada a muerte, al igual que su examarido Ryuji  (Hiroyuki Sanada) y el pequeño hijo de ambos, Yoichi (Rikiya Otaka); está el viaje a una isla en donde Reiko y Ryuji descubrirán la existencia de Shizuko (Masako), una mujer con poderes extrasensoriales que se suicidó 40 años atrás; está el desenvolvimiento de la verdad, cuando los jóvenes divorciados se enteran de la existencia de una hija de Shizuko llamada  Sadako (Orie Izuno), con mayores poderes mentales que su propia madre; está la célebre escena del pozo, en donde se desenterrará –literalmente—el gran misterio del filme y, está, también, el mismo desenlace en punto suspensivos, un final que pide a gritos una secuela (de hecho, Cinemax ha exhibido Ringu 2, filmada cuando la primera cinta estaba aún en la cartelera nipona, y también la “precuela” Ringu 0, realizada en el 2000).

Como podrá haberse dado cuenta, El Aro es un fidelísimo remake –en la forma, por lo menos—de Ringu. En todo caso, es en el espíritu y en sus inclinaciones temáticas en donde las dos versiones se separan. Ahí donde Ringu abreva de una típica historia japonesa de fantasmas (al inicio se mencionan otros casos similares, ubicando a Sadako entre una de muchas leyendas idénticas) y de una ansiedad muy nipona relacionada con la tecnología (el vídeo, los teléfonos y la fotografía como instrumentos del mal), la versión estadounidense, en contraste, le debe más al tema típicamente occidental que nos afirma que la raíz de todo mal se encuentra en la familia y en las enfermizas dinámicas que pueden aparecer en su interior. Con este giro, El Aro termina pareciéndose más a El Bebé de Rosemary (Polanski, 1968) o El Exorcista (Friedkin, 1973), por lo menos en el sentido de que se alimenta de los mismos temores que este par de clásicos del cine de horror: ¿cómo será el hijo que voy a tener?, ¿en qué se ha convertido mi hijo?, ¿por qué mi hijo no es lo que yo esperaba?

 El hecho de que en El Aro el infantil hijo de la periodista tenga un peso mucho más grande que en Ringu, ayudan a darle este sutil –pero muy importante—giro dramático a la película dirigida por Verbinski. En Ringu, además, lo irracional es aceptado sin mayores problemas –los dos divorciados tienen poderes o visiones que les hacen ver el pasado de manera directa, sin la coartada de los sueños—y el desenlace, aunque muy similar, tiene una resolución más limpia y mucho menos anticlimática.

 En todo caso, debo decir que Ringu y El Aro son dos lecturas distintas de una misma historia y que, para bien y para mal, la versión hollywoodense se sostiene aun con sus servidumbres efectistas. La película nipona, por su parte, es bastante más sobria en su puesta en imágenes, no tiene efectos especiales de maquillaje –por lo menos no muy notables—y la aparición de Sadako en la televisión resulta, por su “naturalismo”, mucho más impactante.


EL CINE QUE NO VIMOS

Escala de Calificación

**** Excelente        *** Muy recomendable     ** Vale el boleto o la renta
* Palomera       + Churrito        ++ Churrote

Comentarios: ernesto@cinevertigo.com

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