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REQUIEM POR UN SUEÑO


Ernesto Diezmartínez Guzmán
El segundo largometraje de Darren Aronofsky, Réquiem por un Sueño (Requiem for a Dream, EU, 2000), provocó, en el momento de su estreno, feroces debates entre la crítica especializada. En la edición de diciembre de 2000 de la prestigiada revista inglesa Sight and Sound, uno puede leer dos reseñas, una atacando el filme, otra defendiéndolo apasionadamente. En Estados Unidos, igual: para unos, como el influyente cinecrítico Roger Ebert, el filme de Aronofsky es una obra maestra; para otros, como Gavin Smith, el editor de Film Comment –la revista de cine más importante del ese país--, Réquiem para un Sueño es poco menos que basura. Dicho de otra manera, Réquiem... es una película ante la cual es imposible permanecer neutral: entusiasma o provoca repulsión. A un servidor le pasó algo similar: la primera vez que la vi, me fascinó; ahora, cuando la he revisado en un estupendo DVD de Región 1, me hizo sentir mal –aunque me siguió fascinando.

Por tanto, me atrevo a proponer una lectura alterna: Réquiem por un Sueño provoca admiración por su narrativa clásica casi griffthiana, por el uso perfecto de todos sus elementos fílmicos (montaje, musicalización, manejo de cámara y encuadres) y por la impresionante actuación de Ellen Burstyn, en uno de los mejores trabajos de su apreciable carrera. Sin embargo, el cruel, descarnado y desesperanzador retrato de los cuatro personajes centrales de este filme es llevado a tal límite que es imposible afirmar que a uno le ha gustado esta cinta. Sí, es extraordinaria, pero es también un martillazo en la frente.

La historia es muy simple: se trata de la caída al infierno de cuatro personajes, todos ellos adictos. Sarah Goldfarb (Burstyn) es una anciana viuda que es invitada a ir a un programa de televisión y, emocionada, decide tomar pastillas para adelgazar, lo que la lleva directamente a locura. Mientras, su drogadicto hijo Harry (Jared Leto), la ricachona novia de éste, Marion (Jennifer Connolly), y el amigo de ambos, Tyrone (Marlon Wayans), intentan convertirse en “dealers” de heroína, sólo para terminar en la cárcel, mutilados o convertidos en meros pedazos de carne dispuestos a prostituirse por una ración de droga.

La progresión dramática de la cinta es clásica at its best. El desenlace, en el cual atestiguamos, mediante una impecable narración paralela, el fin de los cuatro personajes, es Griffith puro: pasamos del hospital de Sarah a la orgía de Marion, de la agonía de Harry al trabajo carcelario de Tyrone y de vuelta al tratamiento de la anciana viuda, todo ello con un vigor y una seguridad dignos de un gran director de cine (hasta eso: ni los detractores de Aronofsky niegan que el cineasta sabe su negocio). Y en cuanto al aspecto estilístico, el realizador está más desatado que en su alabado debut Pi, el Orden del Caos (1997): excelente manejo de la pantalla dividida, uso subjetivo del sonido, imágenes en ralenti y time-lapse, montaje scorsesiano que intenta capturar el frenesí de la adicción, cámara colocada en el pecho de los personajes para captar visceralmente su dolor y su locura, uso del lente de “ojo de pescado” para transmitir el desordenado mundo en el que habitan estas desafortunadas criaturas, adecuado manejo de energéticos encuadres (top-shots, big close-ups, contrapicadas, etc.) y un hipnotizante leit-motif musical (todo en cuerdas), debido a Clint Mansell, el mismo autor de la magnífica música electrónica de Pi.

Si Pi fue criticada por la preeminencia del estilo sobre la historia, es imposible negar que Aronofsky ha logrado acallar esta crítica: en Réquiem... el estilo es parte fundamental de la historia y no se podrían transmitir algunos elementos de ésta –como las alucinaciones o la angustia que provoca la adicción—sin ese estilo elegido por Aronofsky.

El disco es espléndido (aclaro: sólo el de la Región 1): ofrece el típico making of, los comentarios en audio del director Aronofsky y del cinefotógrafo Matthew Libattique, un grupo de escenas borradas de la edición final comentadas por el realizador, notas de producción, trailers y spots televisivos, las filmografías de todos los involucrados y una invaluable conversación entre el escritor y guionista Hubert Selby Jr. –el creador del infierno visto en el filme—y la actriz Ellen Burstyn.

Un magnífico disco para una película que hay que ver y volver a ver… si le gustan los martillazos en la frente.


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Comentarios: ernesto@cinevertigo.com
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