SIN REMITENTE ![]()
Masiocine
CINE NACIONAL
(**1/2)
Ernesto Diezmartínez GuzmánSin Remitente (México, 1995) fue el cuarto largometraje de Carlos Carrera quien, contra viento y marea, ha logrado, mal que bien, bien que mal, ir construyendo una meritoria filmografía en un país donde hacer cine es casi un milagro. ¿Casi?: es un milagro.
Don Andrés Altamirano Gallardo (el ya fallecido Fernando Torre Lapham, magnífico en su octogenario debut como actor protagónico) es un anciano empleado de correos que sufre cada noche por las destrampadas fiestecitas de su vecina de arriba, la novata fotógrafa de nota roja Mariana (Tiaré Scanda… ¿dónde está, por cierto?). En venganza por haber pasado varias noches en vela, el viejo le poncha las llantas al vochito de la mujer; ella, como respuesta, fragua una cruel revancha: le escribe encendidas y misteriosas cartas de amor, cartas firmadas por una atormentada mujer anónima, cartas -por supuesto- "sin remitente". La presencia de un detective "transa" y de una prostituta inescrupulosa redondearán la historia que inicia como ligera comedia de equivocaciones y termina como solemne tragedia kieslowskiana.Vuelto a un apreciable nivel estilístico después de su lamentable La Vida Conyugal (1992), Carrera entregaba aquí una aceptable película sobre el amor fallido e imposible, una suerte de resumen temático y estilístico de su entonces joven filmografía, una tempranera cinta-summa si las hay. Hagamos historia: La Mujer de Benjamín (1990) era la crónica de la madurez emocional de un tonto de pueblo, enamorado perdidamente de una jovencita; La Vida Conyugal narra en tono de sátira de humor negro los instintos homicidas que nacen en el seno de un matrimonio; en el laureado corto animado El Héroe (1993), ganador de la Palma de Oro en Cannes 94 y su mejor filme hasta el momento, se presenta el terrible destino de un hombre bueno y de bien en una ciudad cruel y deshumanizada.
En Sin Remitente están presentes, pues, todas estas obsesiones temáticas/estilísticas: el crecimiento/resurgimiento emocional de un personaje que no sabía o que ya había olvidado lo que es el amor, el tono satírico con el que retrata a todos los personajes de la cinta (el periodista ojete y machín -Luis Felipe Tovar- que está asignado a enseñarle el oficio a Mariana, el adúltero compañero de trabajo -Guillermo Gil- de don Andrés, la prostituta materfamilia -Luisa Huertas- que se convierte en el objeto amoroso del desafortunado anciano, el corrupto agente del ministerio público -Alvaro Carcaño-, et al), y el destino trágico de un hombre bueno y de bien, encarnado esta vez en el personaje de don Andrés. También están ahí el típico humor macabro de Carrera, su gusto por lo grotesco (¡esa antológica visita a la morgue!), su inocultable veta expresionista (muy clara en sus cortos animados) y su persistente misoginia ("Cuando un hombre mata a su mujer le da de comer a muchas personas", dice el compañero de Mariana en cierto diálogo clave).
Por otra parte, Carrera reafirmaba en ese entonces –algo que volvería a hacerlo en cintas posteriores- su condición de buen director de actores logrando personificaciones excelentes no sólo en el caso del veteranísimo (pero virtualmente desconocido) Torre Lapham sino también en Luisa Huertas y Guillermo Gil, dos perpetuos actores de cuadro que aquí tuvieron la oportunidad de hacerse notar un poco más.
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