EL CINE QUE NO VIMOS
PRISIONER OF PARADISE
(***)


Ernesto Diezmartínez Guzmán
Si usted es un auténtico cinéfilo, recordará sin duda El Ángel Azul (von Sternberg, 1930), aquel clásico melodrama alemán de entre-guerras en el cual un respetado profesor encarnado por Emil Jannings, es transformado en un patético hazmerreír por su mancornadora esposa, una inmoral cantante de cabaret interpretada por Marlene Dietrich. En un importante papel secundario, como el mago y maestro de ceremonias Kiepert, aparecía Kurt Gerron (1897-1944), un talentoso y respetado hombre del espectáculo de la Alemania de los años 30.

Un auténtico profesional del teatro, famoso actor y reputado cineasta, Gerron fue, además, una de las figuras centrales del cabaret berlinés de la época. De hecho, el regordete artista tuvo el honor de formar parte del “ensemble” que montó por vez primera la Opera de los Tres Centavos de Bertorld Brecht y, nada menos, fue el primero en cantar en el escenario la celebérrima canción de Mack, the knife. Prisoner of Paradise (EU-Canadá-Alemania-GB, 2003), filme nominado al Oscar 2003 como Mejor Documental, es la fascinante biografía de este fascinante personaje: Herr Gerron.

Dirigida por Malcolm Clarke y Stuart Sender y narrada con insuperable elegancia por Ian Holm, he aquí la historia de cómo el versátil artista berlinés fue avanzando lenta pero consistentemente en el mundo del espectáculo germano desde los años 20 del siglo pasado hasta bien entrada la década de los 30, cuando el nombre de Gerron era sinónimo de arte, buen gusto y éxito económico. El problema es que Gerron era judío, así que a la llegada de los nazis al poder, mientras muchos de sus colegas huyeron hacia Francia o Gran Bretaña –y de ahí a Hollywood, como Peter Lorre—el brillante Gerron decidió, contra todo sentido común, quedarse en Alemania. Cuando el régimen hitleriano cerró el cerco alrededor de los artistas e intelectuales judíos que hacían teatro y cine, Gerron se refugió en un cabaret, hasta que ahí también le fueron cerradas las puertas.

Gerron –ese “gigante con mente de niño”, como lo llama una de las ancianas entrevistadas—terminó huyendo a Holanda, en donde hizo varias películas y, además, volvió a sus orígenes cabaretiles, tan caros para él. Por una serie de razones inexplicables (acaso miedo, algo de orgullo, simple estupidez) Gerron no aceptó viajar a América cuando pudo hacerlo, de tal manera que cuando los nazis invadieron Amsterdam, el tipo terminó como prisionero en Westerbork para luego ser enviado a Theresienstadt, una especie de “paraíso” carcelario checoslovaco “habitado” por artistas, intelectuales y científicos judíos que no habían podido (o querido) huir de la amenaza hitleriana.

La estancia de Gerron en Theresienstadt será, de hecho, el centro de Prisoner of Paradise. Ahí, en ese “idílico” campo de concentración, entre niños, mujeres y ancianos que partían a diario a Auschwitz, Gerron recibió la encomienda de dirigir un documental propagandístico titulado “El Führer les da una Ciudad a los Judíos” (1944), en donde se pretendía demostrar que el Tercer Reich trataba de forma benévola a sus prisioneros y que los testimonios acerca de abusos o crímenes en contra de ellos no eran más que mentiras. Así, Gerron se dio a la tarea de realizar uno de los más escalofriantes filmes pro-nazis: uno dirigido por un prisionero judío que mostraba cómo los habitantes de Theresienstadt eran, en realidad, muy felices bajo la paternal protección de sus verdugos.

¿Por qué aceptó hacer esto Gerron?: esta es la pregunta que no atinan a responder los directores Clarke y Sender. ¿Fue una manera de sobrevivir a como diera lugar, como uno de los entrevistados asegura? Si fue así, no resultó: Gerron fue enviado a Auschwitz, en donde fue asesinado a fines de 1944, paradójicamente un día antes de que Himmler diera la orden de cerrar ese campo de exterminio.

Queda flotando una explicación mucho más inquietante: que las razones que motivaron a Gerron a participar en esa descomunal farsa –nunca estrenada, por cierto—no fue el miedo sino la absorbente pasión por su arte. Acorralado, perseguido, prisionero, humillado, Gerron hizo teatro, cine y cabaret ahí donde lo dejaron en las condiciones que fueran. Si no huyó a América, uno alcanza a entender, es porque no tenía asegurado un lugar prominente en Hollywood. Lo más probable es que habría tenido que picar piedra como cualquier novato: ¡él, una de las figuras centrales del mundo del espectáculo por 20 años en Alemania! No, él no podía hacer eso: él prefirió quedarse en Europa y trabajar, aunque sea apuntado con un fusil.

Lo más terrorífico de todo es saber que la mayoría de esos sonrientes niños, mujeres y jóvenes judíos que vemos en ese horrendo filme nazi, fueron enviados a Auschwitz en cuanto Gerron terminó la película. Como le sucedió al propio Gerron, por supuesto, a quien algunos sobrevivientes recuerdan subiéndose dignamente al vagón que lo llevaría a la muerte. No suplicó, no lloró, no volteó a ver a nadie. Fue su última gran actuación.

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Prisoner of Paradise se ha exhibido solamente en la televisión de paga.


EL CINE QUE NO VIMOS

Escala de Calificación

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Comentarios: ernesto@cinevertigo.com

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