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PRINCESAS

Ernesto Diezmartínez Guzmán
Exhibida con más pena que gloria hace unos meses en México, ya llegó en un modesto DVD de Región 4, Princesas (España, 2005), el más reciente largometraje del más militante y solidario cineasta español contemporáneo, Fernando León de Aranoa (duro melodrama Barrio/1998; documental zapatista Caminantes/2001, tragicomedia social Los Lunes al Sol/2002). El disco es ascético –trailer original, galería de fotos, sonido estéreo y, eso sí, por lo menos formato widescreen-, pero la película vale mucho la pena si no pudo revisarla al momento del estreno. (Y si ya la vio, no es mala idea volverla a ver).

 Como sus émulos muy alcanzables, el británico Ken Loach (Riff-Raff/1990, Mi Nombre es Joe/1998, Lejos de Casa/2000) y el francés-marsellés Robert Guédiguian (Marius y Jeannette/1997, Un Lugar en el Corazón/1998), León de Aranoa ha exhibido, especialmente en Los Lunes al Sol y en Princesas, el mismo “imperdonable” defecto que sus colegas ya mencionados: una infinita e invencible, simpatía por sus personajes perdedores, aplastados, echados a un lado por fuerzas que no alcanzan a comprender ni, mucho menos, a dominar. Frente a ello no queda más que –con cierto dejo de fatalismo- la celebración, la solidaridad y la alegría. A pesar de todo, a pesar de todos.

 Caye (Candela Peña, ganadora del Goya 2006 a Mejor Actriz) es una chaparrita prostituta madrileña que, a pesar de una inicial rivalidad con una piruja dominicana e ilegal, Zulema (la puertorriqueña Micaela Nevárez, Actriz Revelación en el Goya 2006), logra entablar con ella una auténtica amistad que logra vencer el desprecio que las compañeras maduronas de Caye sienten por la salerosa caribeña. Así, las dos mujeres que ahorran euro sobre euro para cumplir sus respectivos sueños (Caye ponerse unas tetas prominentes que le consigan más clientes, Zulema traer a su hijito que se quedó en Santo Domingo con la abuela) se convertirán en las princesas del título, aunque sea por un día, aunque sea por unas horas, aunque sea –en una regocijante escena clave- gracias a un paseo en limusina que las dotará de una desafiante aunque efímera dignidad.

 Bien acompañada por la pegajosa música de Manu Chao, Princesas no teme caer en la franca complacencia con sus criaturas dramáticas. Al contrario: desde el principio y hasta sus varios finales consecutivos –la venganza de Zulema sobre su macho golpeador/chantajista, el sacrificio esperado/esperable de Caye, el regreso a la tierra de la morenaza princesa, el epílogo familiar en puntos suspensivos- es claro de qué lado está León de Aranoa. Y, es cierto, uno podría criticarlo por su blandura y su sensiblería pero, la verdad, no me da la gana. Me da la gana, más bien, solidarizarme, como lo hace León de Aranoa, con Caye y con Zulema.


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Comentarios: ernesto@cinevertigo.com
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