EN CARTELERA

HARRY POTTER Y LA ORDEN DEL FÉNIX
(**)


Ernesto Diezmartínez Guzmán
Para Mariajosé Amaral

 El no ser un lector de la monumental obra de J. K. Rowling –sólo he leído Harry Potter y la Piedra Filosofal- me da la ventaja de juzgar cada una de las películas por lo que son, independientemente de la fidelidad o no a la fuente primigenia. No obstante, el ser un lego harrypotteriano también tiene sus desventajas: por ejemplo, el sufrir el regaño de no pocos censores que no entienden cómo he podido vivir sin escudriñar literariamente las aventuras del mago adolescente y sus inseparables amigos, enemigos y maestros.

 Sin embargo, más allá de ser o no lector de la obra de la señora Rowling, las deficiencias de la más reciente cinta de la serie, Harry Potter y la Orden del Fénix (Harry Potter and the Order of the Phoenix, EU-GB, 2007), saltan a la vista. El lector potteriano, sin duda, las disculpará, les encontrará justificación y hasta las explicará, alegando que la muerte de cierto personaje central es realmente muy dramática en la novela –pero en la película no lo es tanto- o que la aparición/desaparición/participación de otros personajes (como el Hagrid de Robbie Coltrane o el Remus Lupin de David Thewlis) tienen algún sentido en el extenso libro de 870 páginas –sólo que en la cinta no lo tienen en realidad.

 El más corto de todos los filmes potterianos (“sólo” dura 139 minutos) es, también, el más decepcionante: el guión del debutante en la serie Michael Goldenberg  (las demás adaptaciones fueron escritas por Steve Kloves) falla inevitablemente al llevar a la pantalla el más extenso de los libro de la señora Rowling. Goldenberg no logra transmitir el sentimiento de cierre -que, en mayor o menor media, sí lo hicieron los anteriores filmes- y su desenlace resulta anticlimático. No ayuda tampoco, es cierto, que el director televisivo David Yates (alabado por la teleserie State of Play/2003 y el telefilme The Girl in the Café/2005) aparezca aquí como un cineasta funcional, eficiente, pero poco inspirado.

 Y, con todo, debo aceptar que, de todas maneras, quedan varios elementos que hacen más que visible, hasta para un apóstata potteriano como yo, esta quinta entrega de las aventuras de los mágicos escolapios de Hogwarts: en primer lugar, el intachable reparto formado por actores británicos de renombre (¿cuándo van a aparecer Derek Jacobi, Vanesa Redgrave, Christopher Lee y Peter O’Toole, por cierto?); luego, el atestiguar el creciente desarrollo físico e interpretativo del juvenil trío protagónico (Rupert Grint esta vez opacado, una sólida Emma Watson, un convincente Daniel Radcliffe); y, finalmente, el claro subtexto político que es parte central de la trama de Harry Potter y la Orden del Fénix.

 Y es que en esta ocasión Harry tiene que enfrentarse no sólo a su maléfico alter-ego, ya-sabe-usted-quién (Ralph Fiennes), sino a la nueva profesora de Artes Oscuras, Dolores Umbridge (Imelda Staunton), quien es enviada por el gobierno a acallar las “peligrosas fantasías” del acosado Potter (no, no existe Lord Voldemort;  y ya entrados en gastos: sí, sí había armas de destrucción masiva en Irak; sí, las elecciones mexicanas de 2006 fueron limpísimas) y a poner orden en Hogwarts, pues según la fascistoide Umbridge, la mano benevolente del paternal Dumbledore (Michael Gambon) ha llevado a la perdición al colegio: sus maestros no cumplen con todos los requisitos burocráticos, los estudiantes opinan y hablan de más y, ¡horror de horrores!, ellos y ellas se besan y abrazan en los pasillos, como adolescentes hormonales que son.

 Así, con una sonrisa perpetuamente congelada, tan falsa como genuinamente irritante, la Umbridge de la espléndida señora Staunton le roba la película no sólo al joven Radcliffe sino a los demás actores de la cinta quienes –con la excepción de Helena Bonham-Carter y su histérica encarnación de la malvada Bellatrix Lestrange- ven como la ex Vera Drake (Leigh, 2004) se come impunemente el filme cada vez que entra a cuadro (acaso por eso, en el desenlace, nos enteramos de su fin a través de una nota del periódico: si volvía a aparecer, capaz que les volvía a ganar el mandado a todos).

 Al final de cuentas, algunas de las deficiencias que enlisté en los párrafos anteriores se pueden deber, intuyo, a que Harry Potter y la Orden del Fénix, el libro, es un texto de transición hacia nuevos derroteros de los personajes. Eso puede explicar el sentido de irresolución que tiene el apresurado final que me dejó con un extraño sabor de boca: no me terminó de gustar el platillo y, de todas maneras, quería más.



 
Escala de Calificación
**** Excelente        *** Muy recomendable     ** Vale el boleto o la renta
* Palomera       + Churrito        ++ Churrote

Comentarios: ernesto@cinevertigo.com

Regresar