EN CARTELERA
DESAYUNO EN PLUTÓN
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Ernesto Diezmartínez GuzmánHacia la mitad de la más reciente película del prolífico cineasta irlandés Neil Jordan, Patrick “Gatita” Braden (prodigioso Cillian Murphy) es golpeado brutalmente por un policía británico (Ian Hart, calvo y orejón, cual hermano menor de Salinas de Gortari) para que confiese su inexistente responsabilidad sobre un atentado terrorista sucedido en un antro londinense en donde Patrick/Patricia/”Gatita” ya se había ligado a un galán. Patrick está dispuesto a confesar, por supuesto, pero a su modo: así, mientras habla con los policías torturadores, se imagina vestido como castigadora femme-fatale, penetrando en una célula terrorista irlandesa y derrotando a toda la runfla de malosos con su sex-appeal, el contoneo de sus estrechas caderas y su letal perfume que derrama entre los villanos con un preciso atomizador. Mientras esto sucede en la mente de “Gatita” –y frente a nosotros, en la pantalla del cine- escuchamos una pegajosa tonada pop clásica sesentera/setentera que parece haber sido escrita especialmente para este momento fílmico.
Esta secuencia descrita es uno de los muchos momentos brillantes que ofrece Desayuno en Plutón (Breakfast on Pluto, GB-Irlanda, 2005), el décimo-cuarto largometraje de Neil Jordan que, con esta cinta –adaptación de una novela de Pat McCabe-, vuelve a terrenos similares a los ya explorados en su obra mayor Juego de Lágrimas (1992). Es decir, estamos otra vez en los terrenos de la homosexualidad, el travestismo y la sangrienta lucha política irlandesa. Sin embargo, ahí se acaban las similitudes: Desayuno en Plutón es, en su tono y su discurso, diametralmente opuesto a Juego de Lágrimas.
Irlanda, años 60. Patrick, abandonado por su propia mamá (Eva Birthistle) cuando era un bebé, es recogido por el padre –en más de un sentido- Bernard (Liam Neeson), quien lo envía en adopción a la familia de una ruda trabajadora de un “pub”. Cuando su mamá postiza ve a Patrick vestido de mujer, lo amenaza con maquillarlo, ponerle un vestido y mandarlo a desfilar por las calles de County Cavan, Irlanda. La respuesta, encantadora, desarmante, del infantil Patrick es: “¿Me lo prometes?”
En estas primeras escenas –con la fabulesca participación de un par de petirrojos que fungen como una especie de plumífero coro- está planteado el tono en el que se contará episódicamente la vida de Patrick/Patricia/”Gatita”, aburrido y hastiado de la excesiva “seriedad” con que todos ven la vida, angustiado porque sus medias se han roto después de haber sobrevivido de milagro a un bombazo, sonriente y obsequioso ante sus desconcertados torturadores que terminarán genuinamente preocupados por su seguridad, conmovido hasta las lágrimas porque al ir a buscar a su mamá perdida encontró por fin a un papá que lo aceptara y, por supuesto, abierto siempre al amor de quien lo quiera querer, sea un roquero de segunda (Gavin Friday), un mago de tercera (el infaltable actor-fetiche de Jordan, Stephen Rea) o hasta un elegante viejecito que se le acerca para decirle, casi con timidez: “puedo pagarte”.
Patrick vive en su propio mundo y si la realidad no se acomoda a lo que él sueña, pues peor para la realidad. Este es el tono narrativo que usa Jordan para seguirle los pasos a “Gatita”: un acercamiento lúdico, gozoso, juguetón. Por más que Patrick tenga frente a sí la violencia, la muerte, la tragedia, el rechazo, Jordan resiste la melodramatización de las aventuras de su héroe/heroína, pues hacerlo sería traicionarlo/la. Y, por lo mismo, la treintena de episodios en los que se divide la película, están acompañados de una irresistible antología musical de los años 60/70 que harán la delicia de todos los nostálgicos de esas décadas de mi infancia: Childen of the Revolution, Feelings, Honey, Chirpy Chirpy Cheep Cheep, Tell Me What You Want… Es imposible salir del cine molesto después de haber escuchado esa música y después de haber compartido un par de horas con esta irresistible/ingobernable “Gatita”.
Escala de Calificación
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