LAS VACAS SAGRADAS
PERRO BLANCO
(***)
Sam Fuller pertenece al cine, no a la literatura ni a la sociología", escribió alguna vez el influyente cinecrítico gringo Andrew Sarris. Tal vez sea esa la razón por la cual durante mucho tiempo la crítica americana (des)calificó al cine de Fuller como "crudo", "áspero", "visceral", "primitivo" e... "inculto".

 Y tal vez no estén tan lejos de la verdad. Cuando en el Hollywood de los cincuenta y del primer lustro de los sesenta, el modelo a seguir era el cine perfecto de Mankiewicz, Zinnemann, Ford, Kazan, Wyler, Cukor y el "non plus ultra" de la perfección cinematográfica David Lean, Sam Fuller acometía con un vigor que a la postre resultaría indomable, una serie de pequeñas películas ignoradas tanto por la crítica "seria" como por el gran público: minimalistas westerns heréticos, atípicos ejemplos de film-noir americano, cintas bélicas fervientemente anticomunistas, un insólito thriller de manicomio -Delirio de Pasiones (1963)- y un truculento melodrama negro -El Beso Amargo (1964)-, las cuales ya configuraban, a mediados de los sesenta, una obra lo suficientemente sólida y coherente para empezar a ver a su realizador desde otra óptica distinta.

 No obstante, su cine fue siempre demasiado bárbaro, poco sutil, nada cuidadoso. Un cine físico y no reflexivo; un cine hecho con las vísceras y el corazón, más que con la cabeza. Un cine no apto, decididamente, para los gustos estandarizados del Hollywood de ayer, del Hollywood de hoy. Un cine deudor del sensacionalismo periodístico (Fuller fue reportero de nota roja en su juventud) y de la estética del comic. Un cine que, más que "inculto", podría calificarse de poco refinado. Un cine que tiene sus raíces bien plantadas en el cine mismo, en su ritmo y estética, más que en el teatro o en la literatura. Un cine, pues, autosuficiente.

 Perro Blanco (White Dog, EU, 1981), el vigésimoprimer largometraje del sempiterno rebelde Sam Fuller, es una inmejorable muestra del estilo y la narrativa del realizador que terminó autoexiliado en Europa.

 Una joven actriz en ascenso (Kristy McNichol) atropella a un hermoso perro-lobo de color blanco al que, luego de llevarlo a curar, adopta. Poco después, la muchacha descubre que el animal es un "perro blanco", es decir, un perro entrenado por el KKK para atacar y matar negros. Horrorizada, lleva al animal con un entrenador de fieras -negro por añadidura- que tratará, infructuosamente, de re-educar al feroz "perro blanco".

 Inexplicablemente enlatada varios años por la pusilánime compañía productora -la Paramount- debido a las aún más inexplicables acusaciones de racismo en su contra, Perro Blanco puede verse ahora como la perfecta "cinta-summa" fulleriana en la que se puede encontrar un fluido y diríase atlético uso de la cámara, alternando con una música puntual y precisa del maestro Morricone. Aunque menos "áspera" que muchas otras de sus cintas -la cámara funcional y elegante de Bruce Surtees domina sobre la impetuosa narrativa fulleriana, aquí más contenida- Perro Blanco es un filme de ritmo acezante que explota arrolladoramente en sus bien planeadas escenas climáticas, que descubren a un Fuller menos primitivo de lo que la leyenda afirma.

 Es en la temática de la cinta, el racismo y la dificultad para combatirlo, en donde Fuller desliza un discurso ideológico que difícilmente se podría tachar de ultraderechista. Cuando hacia el final de la cinta, uno descubre al fascista entrenador del "perro blanco" -un amable anciano de rostro y maneras paternales- Fuller deja claro que el enemigo a derrotar no necesariamente lleva una capucha blanca con las tres K's grabadas en la tela, y que la re-educación para la tolerancia es más complicado de lo que uno podría pensar y acaso es tarea imposible, cuando el daño ya está hecho.


LAS VACAS SAGRADAS

Escala de Calificación

**** Excelente        *** Muy recomendable     ** Vale el boleto o la renta
* Palomera       + Churrito        ++ Churrote

Comentarios: ernesto@cinevertigo.com

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