EN CARTELERA
PARIS TE AMO
(**)
Ernesto Diezmartínez GuzmánLas cintas colectivas formadas por varios segmentos dirigidos por distintos cineastas florecieron en la Europa de la segunda postguerra, pero tuvieron sus mejores años a la sombra del “cine de autor”, después de los años 60. Boccaccio 70 (1962) -con cuatro capítulos realizados por Fellini, De Sica, Monicelli y Visconti- ha sido, acaso, el ejemplo inmejorable, aunque ni esta cinta pudo sacudirse la inevitable maldición de que uno de los segmentos fuera muy superior a los demás (en este caso, la inolvidable La Tentación del Dr. Antonio, de Fellini).
De hecho, los ejemplos han abundado antes y después de Boccaccio 70, en diferentes décadas y lugares: en Europa, Estados Unidos, México, Corea, Hong Kong y puntos intermedios. Sin pretensión de ser exhaustivos, recordamos a bote pronto, Amor en la Ciudad (1953) –del infaltable Fellini, Antonioni, Lattuada, Risi, Zavattini, Maselli y Lizanni-, Historias Extraordinarias (1968) –otra vez de Fellini, Malle y Vadim, sobre relatos de Edgar Allan Poe-, Amor, Amor, Amor (1965) –de Barbachano Ponce, Gurrola, Mendoza y los dos Ibáñez, Juan y José Luis- y, más recientemente, Historias de Nueva York (1989) –de Allen, Scorsese y Coppola-, Tres (2002), -de Chan, Kim y Nimibutr- o Eros (2004) –de Wong, Antonioni y Soderbergh.
En el largo desarrollo de esta fórmula, apareció también el ómnibus-film, es decir, la cinta que ya no tiene dos, tres, cuatro o seis episodios, sino una docena, quince, dieciocho, con sus respectivos cineastas, guionistas y equipos técnicos. Si la inconsistencia es inevitable en los filmes de “capítulos” o “episodios”, es más notable (y sufrible) cuando la película está realizada a través de la visión no de cuatro o cinco cineastas, sino de diez o catorce. En este sentido, los ómnibus-film son, pues, desafiantes por lo irremediablemente disparejos y tienden a ser aun más fallidos que los meros filmes de episodios: 12 Directores para 12 Ciudades (1989) -de Antonioni, Zefilleri y una decena más de colegas-, Septiembre 11 (2002) –de Loach, Imamura y nueve directores más- y, ahora, París, Te Amo (Paris, je t’aime, Francia-Liechtenstein, 2006), una cinta colectiva cuyo pretexto son los barrios y las locaciones emblemáticas de París, la Ciudad Luz.
Estamos, pues, ante 21 cineastas que dirigen 18 segmentos (de 5 a 7 minutos de duración) que son 18 historias de amores, desamores, encuentros, desencuentros, extravagancias, mamonerías y una que otra genialidad… En orden ascendente de preferencias, están la ñoñería insoportable del amor mímico de Sylvain Chomet en “Tour Eiffel”, la jaladota del cinefotógrafo de Wong Kar-wai, Christopher Doyle, en “Porte de Choisy”, y la cursi reconciliación de los recién casados propiciada por el fantasma de Oscar Wilde (el cineasta Alexander Payne, nada menos) en “Père-LaChaise”, de Wes Craven.
Luego, seguirían un conjunto de segmentos banales, ni fu ni fa, historias de amores que inician, que siguen o que nunca empiezan, pero que no me podrían haber importado menos: “Montmartre”, de Bruno Podalydes; “Quais de Sein”, de Gurinder Chadha; “Faubourg Saint-Denis”, de Tom Tykwer; “Quartier ded Enfants Rouges”, de Olivier Assayas; “Place de Fêtes”, de Olivier Schmitz; y “Quartier de la Madeleine”, de Vincenzo Natali.
Después, un conjunto de segmentos que apenas si se separan de los anteriores no por ambiciones sino por una superior ejecución del cineasta o de sus actores, como el realizado en elegante plano-secuencia “Parc Monceau”, de Alfonso Cuarón; el gozoso re-encuentro nostálgico de Gena Rowlands y Ben Gazzara en “Quartier Latin”, de Gerard Depardieu y Frederic Auburtin; el ping-pong actoral de los monstruos Bob Hoskins y Fanny Ardant en “Pigalle”, de Richard LaGravanese; y la dolorida fantasía de una mujer (Juliette Binoche) que acaba de perder a su hijo en “Place des Victories”, de Nobuhiro Suwa.
Y, finalmente, el motivo para ver esta disparejísima –y, en conjunto, fallida- película: cinco segmentos –no más de 30 minutos en conjunto- que van de lo notable a lo genial: el delicado flechazo amoroso gay en “Le Marais”, de Gus van Sant; el conmovedor viaje de una inmigrante latinoamericana (Catalina Sandino Moreno) que deja a su bebé en una guardería para luego atravesar toda la ciudad con el fin de cuidar al bebé de su patrona en “Loin du 16ème”, de Walter Salles y Daniela Thomas; la paradójica historia de amor in extremis que nos entrega la especialista Isabelle Coixet en “Bastille”; y la patada en los huevos que le dan los hermanos Coen a la idealizada Ciudad Luz –con todo y su enigmática Mona Lisa- en la hilarante “Tuileries”, con el infalible Steve Buscemi como un pobrediablesco turista gringo abusado por una calenturienta pareja de amantes apasionados.
Al final –y literalmente, pues es el último segmento de la cinta- llega la genialidad: “14th Arrondissement”, de Alexander Payne, con Margo Martindale cual hermana gemela existencial del Jack Nicholson de Las Confesiones del Sr. Schmidt (Payne, 2002). Martindale encarna a una madura cartera americana que, voz en off de por medio, nos transmite su exclusiva experiencia parisina: estudio francés, ahorró lo que pudo, y ahora, durante una semanita, deambula sola y su alma recorriendo París a pata, zampando hamburguesas en su cuarto y comida china en algún restaurantito, visitando tumbas famosas (de Jean Paul Sartre y su enamorada “Simón Bolívar”, de nuestro cadáver exiliado Don Porfirio) y pensando en su propia e insignificante vida. Una amable sátira –valga el aparente contrasentido- que deja más huella que la similar de los hermanos Coen, pues Payne va por más que la pura carcajada: en su mirada hay solidaridad, comprensión, entendimiento… Los minutos de Payne son una suerte de cinta-summa mínima de su cómico y conmovedor éthos fílmico, uno de los mejores en el cine hollywoodense contemporáneo y acaso el más interesante de su generación.
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