EL CINE QUE NO VIMOS


MUÑECAS
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Ernesto Diezmartínez Guzmán
Muñecas (Dooruzu/Dolls, Japón, 2002), el décimo largometraje del comediante y conductor televisivo vuelto irrebatible autor fílmico Takeshi Kitano (Kids Return/1996, Fuegos Artificiales/1997, El Capo/2000), fue exhibida, en su momento, en el X Festival de Verano de la UNAM, pero nunca mereció corrida comercial en nuestro país –aunque en la actualidad, puede encontrarse en un modesto DVD de Región 4.

 La cinta inicia con una obra teatral de muñecos llamado “bunraku”, un espectáculo originalmente nipón, en el que vemos a los propios manipuladores de los muñecos en escena, algunos con el rostro cubierto, otros con la cara impasible, moviendo a sus personajes frente al público. El artilugio está a la vista de todos, sin subterfugios de ninguna especie: no hay hilos colgando del techo, no hay manos que salgan desde abajo. El artificio es claro y Kitano, al hacerlo aún más evidente, nos invita desde el principio a no confundir nada de lo que veamos con la realidad.

 De esta manera, de las imágenes de la obra teatral bunraku “El Correo del Infierno” (1711), de Monzaemon Chikamatsu, pasamos a una suerte de adaptación/extensión en “acción viva” de tres trágicas historias de amor y una sola visión verdadera. El ambicioso joven Matsumoto (Hidetoshi Nishijima) abandona en el último instante a su novia ricachona para rescatar del manicomio a su antiguo amor Sawako (Miho Kanno), quien quedó en estado catatónico cuando Matsumoto la traicionó. El viejo mafioso Hiro (Tatsuya Mihashi) regresa al parque a buscar a la novia que dejó atrás hace décadas, sólo para encontrarse con que ella, Ryoko (Chieko Matsubara), ya envejecida, sigue esperando fielmente a que regrese su novio juvenil, como en una de las más bellas/desgarradoras canciones serratianas. En el tercer relato, la cantante Haruna (Kyoko Fukada) se retira del ambiente del espectáculo después de sufrir un accidente automovilístico y uno de sus más devotos fans, Nukui (Tsutomu Tageshige), decide hacer un impresionante sacrificio para poder estar con ella.

 Por más que la trama, escrita por el propio Kitano, haya sido sugerida por la mencionada obra tradicional de muñecos, la película es una amalgama evidente de influencias fílmicas europeas que el director de Violent Cop (1989) no puede (¿no quiere?) ocultar. Así, las criaturas de Kitano se entrecruzan muy kieslowskianamente (los enamorados casi autistas se encuentran con unos personajes que luego irán a visitar al yakuza envejecido mientras el fan de Haruna será vecino de la enloquecida Ryoko, novia del ya mencionado mafioso), Hiro ve su doloroso pasado cobrar vida frente a sus ojos en una cita directa del clásico bergmaniano Fresas Silvestres (1957), y el relato se disloca temporal y objetiva/subjetiva-mente abrevando de la narrativa nueva-olera europea de hace casi medio siglo.

 No sólo son claras las influencias. También lo son las decisiones estéticas/estilísticas en la puesta en imágenes. Sólo un par de ejemplos: 1) los dos amantes vagabundos, Matsumoto y Sawako, pasan por las cuatro estaciones como muñecos vivientes y, más aún, del otoño pasan al invierno sin corte alguno, arrastrando hojas caídas y llevándolas a un paisaje de nieve que está frente a ellos, como si estuvieran en un artificioso escenario de teatro “bunraku”; y 2) las imágenes de Haruna cantando su mayor éxito musical lo vemos a través de un encuadre televisivo, con todo y su iluminación, encuadres y estética elementales. Dicho de otra manera: Kitano, el manipulador de los muñecos, se muestra ante nosotros sin disimular el artificio. Más bien lo presume, lo acentúa. ¿No hacen eso muchos de los más grandes cineastas?


EL CINE QUE NO VIMOS

Escala de Calificación

**** Excelente        *** Muy recomendable     ** Vale el boleto o la renta
* Palomera       + Churrito        ++ Churrote

Comentarios: ernesto@cinevertigo.com

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