ESE CIERTO CINE

MULHOLLAND DRIVE
(****)


Ernesto Diezmartínez Guzmán
Nunca he sido un fiel seguidor de la obra de David Lynch. Quiero decir que, aunque he visto prácticamente todas sus películas –y algunas, como El Hombre Elefante (1980) y Terciopelo Azul (1986), me han gustado mucho--, siempre me ha parecido un cineasta sobrevalorado al que sus fans le perdonan todo: el mortal aburrimiento de Dunas (1984), los delirios mamilas de Salvaje de Corazón (1990), la narrativa abstracta y sin sentido de A la Orilla del Camino (1997). Nada de eso se puede anotar con respecto a Mulholland Drive: Sueños, Misterios y Secretos (Mulholland Dr., EU-Francia, 2001), una auténtica obra maestra que justifica y con creces los desatados elogios que los admiradores de Lynch han dicho sobre toda su obra desde hace 20 años.

 Desde finales de los 90, Hollywood ha jugado con narrativas divergentes y ambiguas tanto en los terrenos del mainstream (El Club de la Pelea, Una Mente Brillante) como en el llamado cine independiente (Amnesia). Las puestas en imágenes de estas películas parten de la mayor subjetividad posible: el punto de vista de un esquizofrénico, de alguien que tiene doble personalidad, de un tipo que no tiene memoria. Por su parte, Lynch mismo, en Eraserhead (1977) y en A la Orilla del Camino, siguió las inconstantes reglas del mundo de los sueños para crear un mundo fílmico enfermizo, perturbador, imposible de asir con la razón y la lógica.

 Mulholland Drive es la continuación de esta tendencia, pero llevada a un nivel de virtuosismo sin parangón en la filmografía del propio Lynch o de cualquier otro cineasta del Hollywood contemporáneo. La historia inicia en Los Ángeles, en la carretera Mulholland del título, una noche cuando una guapísima morena (la sinaloense Laura Elena Harring) es bajada a punta de pistola de una limusina, acaso con el fin de ejecutarla. Un accidente automovilístico le salva la vida a la mujer, quien termina refugiándose en una casa que acaba de dejar su dueña, de viaje al exterior. A esa misma casa llega, al día siguiente, la inocente rubia Betty Elms (Naomi Watts), quien viene de Ontario a convertirse en estrella de cine. Betty cree que la mujer –que se hace llamar Rita aunque no recuerda cuál es su nombre—es amiga de su tía, la dueña de la casa. Aunque muy pronto se dará cuenta que no es así, de todas maneras ayudará a “Rita” a saber quién es, porqué alguien quiso matarla y porqué tiene varios fajos de dólares en su bolso de mano.

 Mulholland Drive fue, originalmente, un programa piloto de televisión que realizó Lynch para la ABC. Sin embargo, los ejecutivos rechazaron el programa (por raro, por oscuro, por lento) y le dieron a Lynch la libertad que hiciera con él lo que quisiera. Bendita oportunidad: el director de Una Historia Sencilla (1999) recibió el apoyo de los productores Alan Sarde y Pierre Edelman más un buen presupuesto de la compañía francesa Studio Canal Plus y terminó como quiso (¿como soñó?) no el programa de televisión sino una película independiente, la mejor que ha hecho en toda su carrera.

 El piloto televisivo acababa cuando las dos investigadoras amateurs descubrían el cadáver de una tal Diane Selwyn, una mujer que tenía, aparentemente, una conexión desconocida con “Rita”. A partir de este momento, ocurre un giro narrativo que le debe tanto a Buñuel (hay una cajita misteriosa al estilo de Viridiana/1960) como a Lewis Carroll y su Alicia en el País de las Maravillas, pues Betty entra –y nosotros con ella—a una especie de portal que cambia radicalmente todo la fragmentada realidad que hemos visto durante casi dos horas. Lo que sigue –la última media hora—puede verse como un vano intento de explicar los cambios de tono, los vacíos argumentales, los muchos momentos crípticos que hemos presenciado en todo el filme, aunque, a decir verdad, también puede leerse este extraordinario tercer acto como una puesta al absurdo de las dos primeras horas del filme.

 Como nunca antes con alguna película de Lynch, Mulholland Drive exige varias vistas del espectador no sólo para captar los incontables detalles que uno va descubriendo cada vez que se aprecia la cinta sino porque ya descubiertos sus secretos –por lo menos, la mayoría de ellos—aún queda el placer de ver desarrollarse una fascinante película que  inicia como film-noir, sigue como comedia de enredos, continúa como historia de amor que no se atreve a decir su nombre, tiene un episodio de porno suave, sólo para terminar en el terreno del horror y la pesadilla. Sin duda, una de las mejores películas de inicios del siglo.



ESE CIERTO CINE

Escala de Calificación

**** Excelente        *** Muy recomendable     ** Vale el boleto o la renta
* Palomera       + Churrito        ++ Churrote

Comentarios: ernesto@cinevertigo.com

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