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LABERINTO DE MENTIRAS


Ernesto Diezmartínez Guzmán
Y sigo poniéndome al día con películas que se me pasaron en el momento del estreno y que ya están disponibles en DVD. Ese es el caso de Laberinto de Mentiras (Separate Lies, GB, 2005), la notable opera prima de Julian Fellowes, el veterano actor secundario y ocasional pero brillante guionista, ganador del Oscar 2002 por el guión original de Gosford Park (Altman, 2001). Laberinto de Mentiras está disponible para su renta en un modesto DVD de Región 4 que no ofrece más que la pantalla completa, no tiene un solo extra y apenas si presume el sonido dolby estéreo. Ni modo, pero la cinta, de todas formas, vale la pena ser revisada.

 Sobre una novela de Nigel Balchin adaptada por el mismo Fellowes, he aquí que la placidez de la bella campiña inglesa se desvanece cuando el serio y profesional abogado James Manning (Tom Wilkinson, injustamente ninguneado en la temporada de premios de 2005, acaso porque todo mundo está acostumbrado a sus notables actuaciones) sospecha que el esposo de su criada fue atropellado por el cínico heredero Bill (Rupert Everett), hijo del encumbrado Lord del lugar. Bill no niega el accidente, pero no está dispuesto a entregarse. Manning trata de persuadirlo, lo que llevará a que el sobrio abogado perfeccionista se sumerja en el laberinto de mentiras del título en español, uno en el cual está metida, también, su joven esposa Anne (Emily Watson, espléndida).

 En su debut como director, Fellowes tuvo la suerte de contar con un reparto a prueba de balas. ¿Hay alguien mejor que Wilkinson para encarnar al hombre maduro que, de improviso, descubre que toda su vida es un fracaso? ¿No nació Everett para interpretar al típico y descarado dandy wilderiano? ¿No está en su elemento Emily Watson al interpretar mujeres que, detrás de su apariencia apacible, esconden una pasión indomable?

El tino de Fellowes es haber hecho un perfecto casting, haber elegido como su fotógrafo al especialista en dramas burgueses y bellos paisajes campiranos Tony Pierce-Roberts y, por supuesto, en el propio guión escrito por el cineasta. Habla muy bien de él –y acaso de la novela original de Balchin, no leída por un servidor- que, en la medida que avanza la historia, uno nunca sabe cómo van a reaccionar los personajes, qué decisiones van a tomar, qué van a decir o cómo van a terminar.

El final en puntos suspensivos podrá ser, es cierto, anticlimático, pero es justo y fiel para una historia en donde la moral, la ética y la compasión –qué excéntricos temas para el cine contemporáneo- están siempre en el centro. Sin duda, nos recuerda Fellowes, la vida es difícil, compleja. Y más lo es cuando uno es incapaz de compartir el dolor con otros, cuando uno está ciego y sordo ante las emociones de los demás.


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Comentarios: ernesto@cinevertigo.com
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