ESE CIERTO CINETIEMPO DE MENTIR
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Ernesto Diezmartínez GuzmánEn el reciente 27 Foro Internacional de la Cineteca se exhibió Bienvenidas al Paraíso (2005), la más reciente película de Laurent Cantet. Casi desconocida en México –hasta donde sé, sus dos primeras cintas Al Filo del Tiempo/Los Sanguinarios (1997) y Recursos Humanos (1999) no salieron de los circuitos culturales-, la obra de Cantet puede atisbarse en nuestro país solamente a través de su tercer largometraje, Tiempo de Mentir (L’Emploi du Temps, Francia, 2001), disponible en un modestísimo DVD y programado de vez en cuando en la televisión de paga.
Sobre un caso real sucedido en Francia en la década de los 90 –un tipo, despedido de su empleo, engañó a sus amigos haciéndolos creer que el dinero que le daban iba a parar a inversiones en “mercados emergentes”-, he aquí el opaco relato desquiciante de cómo el amable, educado y siempre bien vestido Vincent (el chambeador actor televisivo/cinematográfico/teatral Aurélien Recoing, perfecto en el papel) no le dice a su (no tan) despistada mujer (Karin Viard) que ha sido despedido de su chamba en donde estuvo once años y, en su lugar, se inventa un nuevo trabajo ubicado en Ginebra en una institución internacional de Naciones Unidas.
Vincent es un natural para engañar a quien se deje no tanto por su carisma (inexistente) o por su encanto (bajo cero). El tipo es un hombre común cuya seguridad descansa en la corbata que llega, el saco que porta, el maletín que carga. Cuando empieza a timar a sus excompañeros de escuela, lo hace sin esfuerzo alguno: la apostura clasemediera, burocrática, oficinista, de Vincent es más convincente que la enredosa explicación de cómo se va a invertir el dinero que sus camaradas le dan. Si un hombre bien vestido y con un carro de cierto tamaño dice que trabaja en la ONU, que gana tanto dinero y se queja de las responsabilidades de su trabajo, ¿por qué no creerle?
Sin embargo, lo interesante de Tiempo de Mentir no radica en la estrategia que sigue Vincent para engañar a (casi) todos –su mujer, sus hijos, sus padres, sus amigos-, sino en los motivos que tiene para hacerlo. Es claro que Vincent monta esa ilusión no sólo para seguir con un apacible estilo de vida que le ha dado a su familia después de casi dos décadas de trabajo, sino porque su existencia misma –la de Vincent- depende de lo que hace: el hacer convertido en el ser. Si haces lo que un ejecutivo, eres un ejecutivo. Y si eres un ejecutivo, tienes un lugar en la sociedad: te admiran tus camaradas, te abraza tu mujer y puedes pararte frente a tu estricto padre ricachón.
El vacío existencial de Vincent no tiene fondo ni siquiera en ese engañoso happy-end que parece demasiado abrupto pero que si se piensa dos veces, es mucho más inquietante y cruel de lo que uno hubiera esperado.
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