ESE CIERTO CINE
MASACRE EN CADENA
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Ernesto Diezmartínez Guzmán¿Sirven de algo los remakes? La mayoría de las veces, no. Y menos cuando son como el vomitivo refrito La Masacre de Texas (Nispel, 2003) estrenada hace varios años en nuestro país, con todo y “precuela” del 2006 dirigida por un tal Jonathan Liebesman. En todo caso, si algún beneficio puede obtenerse del bodriazo de 2003 –y la no tan mala precuela del año pasado- es que los jóvenes cinéfilos se preocupen por buscar la película original que, cuando se estrenó en México, llevó el título de Masacre en Cadena.
Esto viene a cuento porque Zima Entertainment ha editado la cinta en DVD de Región 4 con el nombre de La Masacre de Texas (The Texas Chain Saw Massacre, EU, 1974). El disco, es cierto, es más bien modesto (filmografías, notas de producción, galería fotográfica y párele de contar) pero, por lo menos, la copia es impecable, la pantalla está en formato ancho y el precio es bastante accesible.
Masacre en Cadena fue la opera prima semi-industrial de Tobe Hooper, quien después de dirigir esa enfermiza obra maestra, no ha realizado nada tan trascendente, con todo y que su teleserie La Hora del Vampiro (1979) fue un eficaz replanteamiento del universo de los chupa-sangres y que Poltergeist (1982), producida por Spielberg, tuviera bastante éxito taquillero.
Masacre en Cadena (o La Masacre de Texas, versión 74) es mucho menos violenta de lo que cualquier joven cinéfilo amante del gore se imagina. Es claro que Hooper no estaba tan interesado en el derramamiento de sangre sino en la creación de un ambiente genuinamente torcido y perturbador. La trama sigue a cinco muchachos que, varados en alguna parte del caluroso territorio tejano, son tratados como viles pedazos de carne por una familia de carniceros caníbales. El retrato que Hooper nos entrega de las tres generaciones de que conforman esta muy “bonita familia” (el momificado abuelito que no puede sostener un martillo, el papá histérico y golpeador, los dos hijos asesinos –uno de ellos el emblemático “Cara-de-cuero” con motosierra en ristre) se mantiene en el terreno de un fascinante/repulsivo gran-guiñol que, aun hoy, hace aún más terrible la violencia adivinada.
Hay muchos subtextos en la cinta de Hooper pero dos son los más evidentes: los grotescos caníbales como ejemplo de la perversidad anidada en cualquier familia nuclear campirana y los muchachos sacrificados cual alegoría política de los miles de jóvenes americanos muertos en Vietnam (recuérdese que el filme se estrenó en 1974). Por lo mismo, el desenlace, con “Leatherface” rugiendo, delirante, en la solitaria carretera, aún provoca escalofríos. Estamos ante Moloch, reclamando más víctimas, más sacrificios, más sangre…
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