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EL MAGO DE OZ
Ernesto Diezmartínez Guzmán¿Se necesita algún pretexto para comprar o rentar un clásico en DVD? Por supuesto que no. Y si ese clásico es El Mago de Oz (The Wizard of Oz, EU, 1939), no sólo NO se ocupa un pretexto, sino que es obligatoria la revisión de la cinta por lo menos una vez al año, con el fin de desintoxicarnos de mal cine y de regresarnos momentáneamente al ideal estado infantil.Aunque hay otros musicales más redondos en su discurso temático, en su realización, incluso en sus números musicales –como Cantando Bajo la Lluvia--, El Mago de Oz conserva una imbatible aura de leyenda y ha creado --y criado—una merecida veneración entre diferentes generaciones de cinéfilos en todo el mundo, una devoción apenas comparable a la que muchos tenemos por esa sublime cursilería llamada Casablanca. La película ha propiciado la aparición de una docena de secuelas y/o aproximaciones, tanto a la cinta de 1939 como a las historias originales escritas por L. Frank Baum, y ha sido citada innumerables veces, lo mismo en cierta fantasía paranoica de Scorsese (Después de Hora) o en el primer Batman de Tim Burton. El trágico destino de su estrella, Judy Garland, es otro motivo para la perpetua fascinación que provoca esta película, y el inmortal tema de Arlen y Harburg Over the Rainbow, interpretada por una Garland mirando ensoñadora hacia el cielo, pareciera, a la distancia, un irónico y cruel comentario sobre la difícil vida que tendría la madre de Liza Minelli a partir de este filme.
Por fortuna, desde hace tiempo circula en nuestro país una edición de colección de este filme, asequible en tiendas especializadas o, incluso, en supermercados. El DVD de El Mago… es invaluable porque ofrece un documental sobre la filmación de la película, una serie de escenas borradas en su presentación original, notas de producción, varias entrevistas, un corto sobre la entrega del Oscar de 1940 en donde El Mago de Oz ganó tres estatuillas, interesantes fotografías, trailers originales, comerciales radiofónicos, ensayos de las canciones interpretadas en la cinta y otros “extras” más.
La trama de El Mago de Oz tiene la misma premisa de Alicia en el País de las Maravillas: la soñadora niña Dorothy Gale (Garland, que no era ya ninguna niña y que tuvo que ser vendada para esconder sus generosos pechos), quien vive en una pobre granja de un Kansas en blanco y negro, sueña con un lugar mejor, en donde los sueños se hagan realidad ("Over the Rainbow"). Un tornado lleva a Dorothy, con todo y casa, al mágico mundo de Oz, en donde conocerá a los divertidos y pomposos “munchkins” ("Munchkinland") y a la Bruja Buena Gilda (Billi Burke), para luego enfrentarse, sin querer, con la Malvada Bruja del Oeste (extraordinaria Margaret Hamilton).
Dorothy, quien posee ciertas zapatillas mágicas que desea la Bruja Malvada, decide buscar al poderoso Mago de Oz para que éste la regrese a ella sana y salva a Kansas. En el camino, Dorothy se encontrará con un Espantapájaros (el notable bailarín Ray Bolger) que desea tener un cerebro (“If I Only Had a Brain”), un Hombre de Lata (Jack Haley) que desea tener un corazón (“If I Only Had a Heart”) y un León Cobarde (espléndido Bert Lahr) que desea tener valor (“If I Only Had the Nerve”). Los cuatro amigos –acompañados de un perrito ladilla llamado Toto—se dirigirán, entonces, a buscar al Mago de Oz para que cumpla todos sus deseos (“We’re off to see the Wizard”).
Estamos ante las más disfrutable película fantástico-musical hollywoodense de todos los tiempos y ante ella no hay más que optar por una posición de ingenuidad y goce. Ahora que si quiere usted un análisis original del filme –sin que por ello se renuncie a ser conquistado por la gracia de la película—permítame citar una de las interpretaciones que hace el escritor indio-británico Salman Rushdie en su delicioso ensayo titulado, precisamente, The Wizard of Oz (Brittish Film Institute, Londres, 1992): para Rushdie, las aventuras de Dorothy en el fantástico mundo de Oz es una suerte de alegoría sobre “la dicha de irse de casa, de dejar lo gris y entrar al color, de hacer una nueva vida en un lugar ‘dónde no hay problemas’. ‘Over the Rainbow’ es –o debería de ser—el himno de todos los inmigrantes del mundo...” (p. 23). Para un escritor nacido en la India, criado en Inglaterra y que ha pasado los últimos años viviendo de incógnito sin tener un hogar permanente, es más que obvio el cúmulo de sugerencias que puede ofrecer una película cuyo personaje principal tiene una zapatillas color rubí que le permiten ser “intocable” y que entona una canción cuya letra habla de un lugar “en donde los sueños que tú te atreves a soñar se hacen realidad”.
¿Qué? ¿No lo convenció la original y personalísima lectura de Rushdie? No se preocupe: estoy seguro que Dorothy y sus amigos SI lo van a convencer, sin necesidad de coartadas intelectuales.
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