ESE CIERTO CINEMADRE E HIJO
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Ernesto Diezmartínez Guzmán¿"Yo destruyo la naturaleza real
para crear la mía"
A. Sokurov
Madre e Hijo (Mat y syn, Rusia-Alemania, 1997), del cineasta siberiano Aleksandr Sokurov, es una de la cintas más bellas, originales y arriesgadas estrenadas en México a fines de los 90. Sokurov, con una extensa obra en el cine de ficción y en el documental a lo largo de poco más de 20 años, apapachado en los más importantes festivales del mundo y aplaudido por gente de la talla de Scorsese o Paul Schrader es, para algunos, un digno heredero del legado de Andrei Tarkovsky. Tal vez se esté exagerando con esta afirmación, aunque para disputarla habría que haber revisado la obra del ruso –algo harto difícil, pues su cine apenas si es conocido en México.
Madre e Hijo dura apenas 71 minutos, apenas si tiene diálogos y la acción es mínima. Un hijo (Aleksei Ananishnov) cuida a su madre agonizante (Gudrun Geyer) en el ultimo día de vida de ella. Él la carga en su regazo cual bebé --La Piedad con los sujetos cambiados de posición--, la cuida, le habla con cariño, la pasea en brazos por los alrededores y luego llora con desesperación su muerte.
El filme no tiene personajes sino arquetipos: la casa donde están los dos es una diminuta choza rodeada por una maravillosa naturaleza; ella es una madre sin nombre, el es un hijo anónimo.
La muerte aparece y los separa. Punto. Más que buscar explicaciones simbólicas facilonas –la madre es una Rusia agonizante, el hijo es el pueblo, etcétera--, hay que dejarse llevar por la arrebatadora belleza del filme, más deudor de la pintura y de la poesía que del cine narrativo propiamente dicho.Sokurov, admirador irrestricto de los pintores románticos alemanes y del realismo ruso del siglo XIX, concibió su filme como una serie de cuadros que abrevan de la estética ya mencionada. Con un complejo sistema de espejos, lentes anamórficos, vidrios pintados con diminutos pinceles orientales, y la virtuosa cámara de Aleksei Fedorov, Sokurov nos entrega un filme insólito en la forma. Pocas veces el cine reclama para sí su condición ineludible de arte visual antes que narrativo como lo hace en Madre e Hijo.
Más allá de un formalismo precioso pero vacío, el filme de Sokurov REALMENTE transmite el dolor de la pérdida ante la muerte de un ser querido. La secuencia final, cuando la cámara fija toma el cuello del hijo --cuello que parece estirarse hasta lo imposible gracias a la deformación lograda por los lentes usados--, mientras una pequeña mariposa descansa entre los dedos yertos de la madre muerta, es una imagen dolorosa, absorbente y poética. Una elegía fílmica ante la cual se agotan los adjetivos.
ESE CIERTO CINEEscala de Calificación
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