ESE CIERTO CINECAFÉ LUMIÈRE
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Ernesto Diezmartínez GuzmánCafé Lumière (Kôhî jikô, Japón-Taiwán, 2003), décimo-sexto largometraje (primero japonés) del gran cineasta chino-taiwanés Hou Hsiao-hsien (o Hsiao-hsien Hou, si se quiere escribir su nombre al estilo occidental) ha sido exhibido en México en los circuitos culturales y está disponible desde hace tiempo en DVD nacional.
Nacida a partir de un encargo de la casa productora nipona Shochiku para celebrar el centenario del maestro japonés Yasujiro Ozu (1903-1963), Café Lumière inicia como un simpático pastiche temático/visual del cine de Ozu. La primera imagen es un contrapicado de un paisaje de Tokio. Vemos los típicos claves telefónicos que segmentan el límpido cielo japonés, los trenes que cruzan el encuadre y su sonido rítmico, mecánico, reconocible. Lentamente, con las largas tomas fijas tan caras a Ozu (pero también al propio Hou), con los personajes que hablan a espaldas de la cámara o hasta fuera de cuadro, nos vamos enterando de una sencilla trama que podría conectarse con alguna de las últimas del maestro japonés.
Yôko (Yo Hitoto), una joven escritora de apenas 23 años, vive sola en Tokio y tiene una amistad platónica con el dueño de una librería de segunda, el amable Hajime (Tadanobu Asano), quien tiene la obsesión de grabar los sonidos de los trenes que atraviesan la ciudad. Yôko, nos enteramos cuando ha avanzado media hora de la cinta, está embarazada de su novio taiwanés con el que no quiere casarse. Los papás de ella (en especial su monosilábico padre, tan típico de cine de Ozu) no saben cómo reaccionar ni qué hacer. Ella parece tener todo más claro.
Aunque, repito, el estilo visual es muy similar al de Ozu y su trama de rasgos melodramáticos nos remite a alguna película del cineasta homenajeado (en especial a Una Tarde de Otoño/1962, en donde un viudo trata de casar a su hija de 24 años), Café Lumière toma una perspectiva muy diferente a la del cine del maestro japonés. La clave está en que los protagonistas no son aquí la vieja generación incapaz de articular el presente –la escena del papá comiendo y tomando sake en el piso de la hija es conmovedora por todo lo que él no puede decir-, sino la pareja de Yôko y Hajime, quienes están destinados a cruzar sus vidas, como los innumerables trenes cuyos sonidos graba el apacible librero. No hay, como en Ozu, un lamento a las tradiciones perdidas, sino la serena aceptación de las bellas casualidades de la vida diaria. Qué bien haberme topado contigo en el tren. Qué bien que estés aquí, conmigo, ahora.
ESE CIERTO CINEEscala de Calificación
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