CINE NACIONAL

LOLO
(****)


Ernesto Diezmartínez Guzmán
"Ya estuvo" dice el policía ojete Marcelino (Damián Alcázar extraordinario) para indicar a los rapiñescos periodistas de nota roja que dejen de tomar fotos del cadáver colgante de un desdichado retrasado mental, ahorcado y ejecutado por oscuras manos vengadoras. "Ya estuvo" dice Marcelino, después de haber posado impávido ante los flashes que estallan iluminando el incriminado cuerpo del pobre tonto asesinado. "Ya estuvo" les dice (nos dice), sin permitir que tu tono de voz haga dudar acerca del poder que tiene (que ha tenido, que tendrá). "Ya estuvo", y el sólido primer largometraje del cececeño Francisco Athié ha finalizado.

Se trata de Lolo (México, 1993), la más importante ópera prima prima mexicana de inicios de los 90; se trata de Lolo, el hiperrealista viaje hacia los míseros barrios metropolitanos del de-efe; se trata de Lolo,   el  más  impactante  retrato  de  la  marginación  --social,  económica,  afectiva, existencial-- en los años "felices" de (neo) liberalismo social salinista; se trata de Lolo, una película que apuesta por un estilo austero y honesto, antiespectacular y poco complaciente, un cine de cara a la (peor) realidad, sin regaños moralistas y sin delirantes rollazos ideológicos, un cine radical en su despojamiento melodramático, un cine admirable que se sabe tan marginal como sus protagonistas, un cine "mayor" que sabe sacar provecho de sus exiguos recursos y que ni suda ni se acongoja en su soberbia estilización auditiva y visual.

 Dolores Chimal (Roberto Sosa) es un joven dieciochoañero que trabaja como peón en una fundidora. No es un personaje ejemplar; tampoco es un delincuente nato. Es sólo un obrero, no particularmente inteligente, agresivo o luchón. Si se queja del bajo salario recibido, sus diatribas no tienen dirección precisa alguna, a no ser el grisáceo jefe de personal ("¿A poco a usted le alcanza?") y cuando éste le aconseja estudiar, Lolo responde despreocupadamente: "No, si yo quiero seguir de obrero, lo que jode es que pagan muy poco". Nada de conciencia de clase, nada de rebeliones heroicas, vaya: nada de desahogos albureros a lo Riff Raff (Loach, 1990). Lolo solamente quiere sobrevivir.

 Después de cobrar su exigua quincena, Lolo es asaltado, brutalmente golpeado y confinado en un miserable cuartucho de donde saldrá sin dinero y sin trabajo, pues ha sido despedido por cinco "faltas injustificadas" consecutivas. A partir de este instante, Lolo le ayudará a cargar su desvencijado cilindro al "Alambrista" (Alonso Echanove), el peor-es-nada arrabalero de su cuarentona mamá, doña Rosario (Lucha Villa) a quien en su cumpleaños su hija chava-banda Olimpia (Artemisa Flores) le regala un relojote de oro al que previamente le ha quitado los rastros de sangre delatores ("Se lo quité a una vieja en el centro" le confiesa Olimpia al neutral Lolo). El reloj será el leit-motif argumental, el Mc guffin hitchcockiano que permitirá a Athié hacer deslizar a Lolo hacia las penumbras de la deshumanización extrema.

 En algún momento de apuros, Rosario empeña el reloj con la anciana usurera Doña Luz (Teresa Montoya soberbia). Accidentalmente, en cierta noche Lolo se recarga en la reja de la casa de la vieja y descubre que la puerta está abierta; sin pensarlo dos veces, se introduce a la casa y recupera el reloj, llevándose además un buen fajo de billetes. Para su mala suerte, es descubierto por la gordinflona hermana de la usurera (Teresa Mondragón) a la que, casi como acto reflejo, ultima a jarronazos, dejando culpables señas identificables al pisar los sesos regados con sus flamantes tenis rojos.

 Lolo ha asesinado a la vieja por accidente, no por venganza social. Como el Pedro Armendáriz de El Bruto (Buñuel, 1953), Lolo se convierte en asesino más por casualidad que por otra cosa. Incluso es nulo el remordimiento sentido por el crimen, aun cuando al dejar el cilindro recargado en la entrada de la casa de Doña Luz, incrimine sin querer al "Alambrista". A diferencia del Raskolnikov dostoievskyano, Lolo no se siente aplastado por el crimen cometido y aunque su primo, el policía corrupto Marcelino, lo acose hasta la confesión del asesinato, la solución no es la expiación del pecado sino la transferencia del mismo: Lolo le regala los tenis rojos a Bobo, el tonto del barrio, que será ejecutado y colgado como escarmiento por el grupo de vengativos punks.

 Así, el irredimible Lolo huye con la venia policiaca con Sonia (Esperanza Muzo) --la adolescente que rifara su virginidad en un burdel barriobajero por millón y medio de pesos--, quienes se suben a un flamante camión contaminador de la ruta 100 hacia el cercanísimo infierno defeño. Por último, Rosario arroja al excusado, en aplastante top-shot, el reloj del crimen, como subrayando el valor excremencial del dinero.

 La madurez del primer largometraje de Francisco Athié (ex asistente teatral de Julio Castillo) es notable. No se trata sólo de la sorpresiva --por lo estilizada-- fotografía del también debutante Jorge Medina, en una abanico que abarca el hiperrealismo insoportablemente estático (la conversación de Marcelino y Lolo en la entrada de la casa de este último) o vertiginoso (los reproches maternos al tumefacto Lolo --"Nosotros viviendo de la caridad y tu dejándote asaltar"-- atestiguados por su hermanita llorosa --"Por favor diosito llévame al cielo"), el expresionismo más sofisticado (el asesinato de la vieja nunca visto en la toma, aunque es adivinado por los mecánicos movimientos de Lolo y por el súbito enrojecimiento de la parte superior de la pantalla) y la austeridad fotográfica buñueliana (pocos y funcionales movimientos de cámara, siempre huyendo de la tarjeta postal y de la banalización de la miseria).

No se trata sólo del uso también expresionista del sonido (caso insólito en un cine mexicano que poco se escucha). No se trata sólo del desarmante naturalismo actoral de todo el reparto (salpicado con verdaderos chavos-banda que interpretan a violentos punks). No se trata sólo de la brutal pero precisa edición de Tlacatéoltl Mata (sólo una toma del "Alambrista", vendado y tirado en el suelo de una mazmora, para ahorrarse toda una lamentosa secuencia de tortura física). No se trata sólo del inteligente tono de testigo imparcial que desarrolla Athié a lo largo del filme, evitando siempre caer en juicios moralizantes o aleccionadores.

Es, sobre todo, el rescate cinematógrafo de las tesis nihilistas del mejor Buñuel mexicano cruzado con un sentido de lo popular que puede enorgullecer (¿por qué no?) al mismísimo Ismael Rodríguez. Así, Athié puede mostrarnos, en la misma cinta, los ruegos/reproches de la hija delincuente a su cuarentona madre ("Jefa, hágame el paro") en un tono que roza francamente lo melodramático/populachero ("Prefiero una hija muerta que una hija presa") y poco después (o antes) otros reproches materno-filiales que nos remiten inocultablemente al sardónico tono buñueliano.

 Al final, el cobarde asesino "perdonado" y la adolescente auto-rifada en algún burdel barriobajero, aparecen como la perfecta pareja de la supervivencia mexicana de los modernizadores años noventa salinistas. A los fracasados de antemano ya no les queda ni la fe religiosa ni el optimismo a toda prueba de un Pedro Infante. Sólo la ojetez generalizada es garantía de supervivencia.
 


CINE NACIONAL
Escala de Calificación
**** Excelente        *** Muy recomendable     ** Vale el boleto o la renta
* Palomera       + Churrito        ++ Churrote

Comentarios: ernesto@cinevertigo.com

Regresar