EN CARTELERA
LOCOS POR EL BAILE
(**1/2)
Ernesto Diezmartínez GuzmánEn el archicovencional pero palomero melodrama juvenil Toma Mi Mano (Friedlander, 2006), Antonio Banderas encarna a un carismático profesor de baile de salón que, a través de los ritmos del fox-trot, el tango, la rumba, el merengue y el swing, atrae al “buen camino” a un grupo de problemáticos niños neoyorkinos. La fórmula melodramática-edificante del “maestro milagroso” es seguida con precisión milimétrica aunque, para ser justos, la mencionada cinta –estrenada en México en junio de 2006 y disponible en DVD de Región 4 desde más de un año- no resulta más que una suerte de “remake” más o menos fiel de la realidad mostrada en el celebrado filme documental Locos por el Baile (Mad Hot Ballroom, EU, 2005), opera prima de Marilyn Agrelo.
En su documental, Agrelo renuncia a todo protagonismo explícito –no hay voz narrativa “en off”, no se nota la presencia de la cineasta en las diversas entrevistas- y de esta manera se acerca de manera muy sutil al montaje de una “verdad realista” que atisbamos a través de la eficaz cámara de Claudia Raschke. Así, somos testigos no sólo del entrenamiento de varios equipos de baile provenientes de escuelas públicas neoyorkinas, sino de las opiniones de niños y niñas –todos ellos entre 10 y 12 años- acerca de los más diversos temas: el baile mismo, su familia, su futuro, el sexo opuesto, las drogas, la pobreza…
Los adultos tienen mucha menos importancia en la cinta –los padres de familia aparecen como personajes secundarios-, a no ser por los testimonios claves de algunos de los maestros de baile, quienes defienden con vehemencia este programa educativo que les enseña a los escolares, en apenas 10 semanas de entrenamiento exhaustivo, a ser “pequeñas damas” y “pequeños caballeros”. Es decir, a comportarse con amabilidad, a ser responsables de ellos y de su pareja, y a imbuirlos de seguridad en sí mismos, algo muy importante si se está en el trance de dejar la niñez para pasar a la adolescencia.
La estructura del documental de Agrelo es muy convencional –como lo era el remake ficticio ya mencionado-, así que hacia su desenlace nos ubicaremos con los equipos finalistas para verlos concursar por el trofeo de la ciudad, bailando a ritmo del clásico Historia de un Amor o de los acordes de Glenn Miller y su inevitable In the Mood. Y, por supuesto, acompañaremos hasta el final a los ganadores, pero también a los perdedores, bañados en llantos y frustración.
Aunque, en lo personal, la cultura competitiva estadounidense siempre me ha parecido cuestionable en su obsesión por el triunfo a toda costa –“el segundo lugar es el primer perdedor”, dice medio en serio, medio en broma, uno de los profesores-, no se puede negar que los argumentos de los maestros acerca de la bondad del programa son más que convincentes, y que los niños que participan en él se muestran dedicados, concentrados y llenos de energía y de pasión. No es un logro menor hacer que un grupo de pre-adolescentes se muestren tan interesado por algo… por lo que sea.
En una de entrevistas, uno de los profesores habla de una incorregible niña “problema” que, desde que entró al programa de “ball-room dancing”, no ha sido enviada ni una sola vez a la dirección de la escuela. “Bailar”, dice uno de los maestros, “los hace distintos, los hace mejores”. Si, puede que sea cierto: nadie puede portarse mal si baila bajo el influjo de la voz de Sinatra y de su The Way You Look Tonight.
Escala de Calificación
**** Excelente *** Muy recomendable ** Vale el boleto o la renta
* Palomera + Churrito ++ ChurroteComentarios: ernesto@cinevertigo.com