EL CINE QUE NO VIMOS
L' ANGLAISE ET LE DUC
(***)


Ernesto Diezmartínez Guzmán
Por azares del destino y de los dioses cinematográficos, ha llegado a México L’Anglaise et le Duc (L’Anglaise et le Duc, Francia-Alemania, 2001), el más reciente largometraje del (ya octogenario) maestro Eric Rohmer, el excinecrítico de Cahiers du Cinema en la era de Chabrol y Godard, el admirador y estudioso de Murnau y Hitchcock y, sobre todo, el gran creador de la más grande serie de filmes temáticos en la historia del cine francés. De hecho, si uno olvida la trilogía de Kieslowsky Tres Colores: Azul, Blanco y Rojo (93-94-94), no existe otro cineasta en Francia (¿en toda Europa?) que se haya dado a la tarea de construir una serie de obras basadas en la vida cotidiana moderna y sus ironías, a través de sus “cuentos morales” (seis filmes del 62 al 72), sus “comedias y proverbios” (seis cintas del 80 al 87), y sus “cuentos de las cuatro estaciones” (cuatro películas del 90 al 98).

Después de una larga y prolífica carrera en los terrenos del cine y la televisión, parecía que Rohmer, después de su celebrado Cuento de Otoño (1998), no podía hacer ya algo nuevo o sorprendente. Habría que decir que tampoco la sorpresa forma parte de su obra: “auteur” en el más amplio sentido del término, Rohmer ha hecho más o menos las mismas películas desde hace rato. Sus cintas, recordemos, tratan menos sobre lo que la gente hace y más sobre lo que gente piensa; es un cine –para decirlo en sus propias palabras—“de pensamientos y no de acción”; un cine que –para efecto de las modas en boga—le puede parecer a muchas personas francamente anacrónico. Por todo ello, sorprende que la nueva cinta de Rohmer eche mano de la más avanzada tecnología disponible –la digital, por supuesto--, pero no para construir un relato pueril con efectos especiales vacíos al modo del cine de Lucas y seguidores, sino para darle un sentido artístico que nadie hubiera imaginado.

Francia, en plena Revolución Francesa. Lady Grace Elliott (Lucy Russell), antigua cortesana del Príncipe de Gales y del Duque de Orleáns (Jean-Claude Dreyfus), vive en París, atestiguando los horrores cometidos por los revolucionarios. Fiel monarquista, Grace logra salvarle la vida a un aristócrata en apuros y se enfrenta en continuos duelos verbales a su examante el Duque de Orleáns quien, a pesar de ser parte de la realeza y primo del destituido Luis XVI, apoya a la Convención Revolucionaria. Es obvio que a pesar de sus abismales diferencias políticas, Lady Elliott y Orleáns aún se aman, y el destino volverá a reunirnos cuando los dos caigan de la gracia de la Revolución en plena “Época del Terror” de Robespierre.

L’Anglaise… tiene varios problemas “muy graves”. Por principio de cuentas, uno tiene que estar acostumbrado al parco estilo teatral y sobredialogado de Rohmer; luego, el espectador tiene que tener algunos conocimientos básicos de la historia de Francia en ese turbulento periodo revolucionario; y, además, aunque se menciona la guillotina y se habla de disturbios y barbaridades, no hay mucha sangre ni violencia con la cual entretener al respetable. Estamos, en otras palabras, frente a otra obra mayor del sobrio Rohmer de siempre, y quien quiera ver sangre, sexo y decapitaciones, debe buscar en otro lado.

Pero, ¿en donde cabe la tecnología digital que mencione en líneas anteriores? En un increíble artilugio que sólo al octogenario Rohmer se le pudo haber ocurrido: la cinta fue filmada totalmente en interiores, en un estudio –algo no muy común en Rohmer, cuyo trabajo en exteriores con el fotógrafo Néstor Almendros fue muy famoso--, y cuando los personajes caminan por las calles de París o transitan por los caminos de la campiña francesa, lo que vemos como fondo son una serie de “acuatintas” –cerca de 40, al parecer—que nos muestran edificios, puentes, calles, paisajes, bosques… Así, mientras los personajes permanecen en interiores, vemos como se mueve normalmente entre las cuatro paredes de sus habitaciones; en cuanto “salen”, el mundo exterior adquiere una condición de realista “irrealidad” imaginada y pintada por Jean-Baptiste Marot, quien hizo sus 40 obras basándose en mapas de la ciudad y en otras pinturas de artistas de la época. El resultado es, realmente, fascinante.

Ah, un último asunto. Rohmer comete, también, otro pecado “políticamente incorrecto”. Es obvio que el cineasta galo no simpatiza mucho con la Revolución Francesa ni los crímenes cometidos por sus siniestros líderes como Robespierre. La escena del “juicio” de Lady Eliott (una farsa que buscaba, de plano, su ejecución) podría ser muy graciosa si no fuera genuinamente horrenda. Ante la vista de este filme, queda más clara una declaración del cineasta, reproducida por Philip Horne en Sight and Sound (febrero, 2002): “Políticamente, soy un reformista más que un revolucionario”. En vista de los resultados de muchas otras revoluciones –la cubana, la rusa y la mexicana—es difícil estar en desacuerdo con él.

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 L’Anglaise… sólo se ha exhibido en el país en cine-clubs y en la televisión cultural y de paga.


EL CINE QUE NO VIMOS
Escala de Calificación
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Comentarios: ernesto@cinevertigo.com

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