EL CINE QUE NO VIMOS




DOMINGO SANGRIENTO
(***)


Ernesto Diezmartínez Guzmán
Kikujiro (Kikujiro no Natsu, Japón, 1999), octavo largometraje del comediante/cineasta/guionista/auteur-total Takeshi Kitano, permaneció inédito comercialmente en nuestro país a pesar de haber sido exhibido con el nombre de El Verano de Kikujiro en el VII Festival de Verano de la UNAM en agosto de 2000.

 Vista a la distancia, Kikujiro puede parecer una auténtica excentricidad auto-indulgente de Kitano. Sin embargo, aunque el tono de la película es el más ligero de toda su obra, no hay duda que tanto su discurso argumental como el estilístico presumen no pocos elementos íntimos y personales que convierten a Kikujiro en una obra muy cercana a Kitano la persona, a Kitano el cineasta.

 Tokio, tiempo presente. Masao (Yusuke Sekiguchi), un niño criado por su abuela, vive obsesionado por ver a su mamá, a quien sólo conoce por medio de una foto. Llegan las vacaciones de verano y Masao decide ir en buscarla, llevando como reluctante pilmama al anónimo marido de una vecina, un vago, impertinente, torpe y malhablado “yakuza” (el cineasta/guionista Kitano) que acompañará a Masao por los bellos caminos nipones en-busca-de-la-mamá-perdida, parándose por ahí (en un velódromo para apostar y perder hasta la camisa), por allá (en un hotel de lujo en donde se gastarán todo el dinero arrebatado a un pederasta) y por acullá (a la orilla de un arroyo, a jugar como lo que son –un par de niños- con un poeta errante y dos agradables motociclistas, “el Gordo” y “el Pelado”).

 Una especie de lírica road-movie y conmovedora comedia de pareja/dispareja, Kikujiro es, apuntaba en un párrafo anterior, mucho más personal para Kitano de lo que uno podría suponer. En primer lugar, en la historia hay un claro apunte autobiográfico: el irresponsable gangster encarnado por Kitano –y que, al final, sabremos que se llama Kikujiro- es una suerte de retrato distorsionado del propio padre del cineasta, un borrachales llamado Kikujiro, quien nunca estuvo muy presente en la vida de Kitano y que fue obligado, cierta vez, a pasar un verano entero con su hijo. El hecho de que Kitano retrate con tanta simpatía al desmadroso Kikujiro representa una especie de reconciliación con ese padre siempre ausente.

 Y, por supuesto, está el otro elemento que convierte a Kikujiro en una cinta inocultablemente de Kitano. Me refiero a su inconfundible estilo fotográfico, con una cámara que se mueve poco y sólo cuando es estrictamente necesario (foto de su infaltable colaborador Katsumi Yanagishima) y, además, a su muy original montaje (del propio Kitano y su editor de cabecera Yoshinori Oota), conformado por encuadres fijos que son unidos dejando mucha de la información (la más violenta o la más graciosa) a la imaginación del cinéfilo. En suma, estamos ante la interminable sucesión de ingeniosas elipsis logradas a través del corte directo: retazos de un cine no visto pero sugerido/disfrutado/ensoñado.


EL CINE QUE NO VIMOS

Escala de Calificación

**** Excelente        *** Muy recomendable     ** Vale el boleto o la renta
* Palomera       + Churrito        ++ Churrote

Comentarios: ernesto@cinevertigo.com

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