EL CINE QUE NO VIMOS
KAIRO
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Ernesto Diezmartínez GuzmánVirtualmente desconocido en nuestro país –ninguna de sus más de 20 películas se ha estrenado comercialmente en México-, el cine de Kiyoshi Kurosawa se abre paso entre los aficionados al cine oriental a través del DVD importado. Así llegó a mis manos Kairo (Japón, 2001), su cinta número 19, refriteada por Hollywood con el nombre de Pulse.
Estamos en Tokio, tiempo presente. Michi (Kumiko Aso) llega a visitar el departamento de su amigo Taguchi (Kenji Mizuhachi), quien debía entregarle un disco de datos desde hace varios días. Esa visita desatará la trama de Kairo, escrita por el propio cineasta, quien nos entrega el retrato de un Tokio apocalíptico, lleno de fantasmales muertos-en-vida solitarios y alienados, acosados por los fantasmas de muertos-muertos igual de infelices, quienes aparecen en la esquina de una biblioteca, en la pantalla de la computadora, en los más oscuros rincones de la casa…
Kurosawa –nada que ver, por cierto, con el maestro Akira- plantea un escenario genuinamente aterrador en el que no existen diferencias de ningún tipo entre vivos y muertos. Éstos contactan a aquéllos y de inmediato los contagian de desesperanza: la vida no vale la pena vivirla porque es imposible derrotar a la soledad y al vacío. La muerte no resuelve nada: sólo alarga la infinita agonía existencial. La amistad y el amor tampoco sirven para maldita la cosa. ¿Para qué molestarse en desarrollar relaciones con los demás?, se pregunta alguien en un momento clave de la película: lastimas a alguien o bien sales lastimado. No vale la pena.
Por lo que he escrito pareciera que Kairo es más un filme de Antonioni que un cinta de horror. Pero no es así: en todo caso, es la perfecta fusión de las inevitables preocupaciones sociales/existenciales del siglo XX y XXI –la hiper-tecnologización, el vacío vital, el nihilismo- con una horrífica puesta en imágenes que no necesita de sangre derramada, mutilaciones o decapitados para hacer que cerremos los ojos, aterrorizados. Los efectos especiales de Kurosawa son tan arcaicos como efectivos: una siniestra mancha en la pared, unos cuantos jump-cuts dejados ver por ahí y por allá, una mujer de negro que avanza con insoportable lentitud hacia uno, unos ojos que nos escudriñan fijamente, una espléndida banda sonora y lo más importante: un enorme Tokio completamente desierto.
Al ver esa inabarcable soledad (no hay nadie en la calle, nadie en el metro, nadie en la escalera, nadie en el teléfono, nadie a nuestro lado) el horror se apodera de uno. La ciudad no ha sido atacada por zombis sino por algo mucho peor: por el invencible vacío existencial. Por la insoportable noción de que estamos completamente solos.
EL CINE QUE NO VIMOS Escala de Calificación
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