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INTIMIDAD
Ernesto Diezmartínez GuzmánOtra más encontrada en los botaderos, a precio de ganga, aunque en edición ascética (pantalla completa, sonido 2.0, sin extras). Me refiero a Intimidad (Intimacy, Francia-GB, 2000), séptimo largometraje del veterano director operístico/teatral, pero también cineasta, Patrice Chéreau (La Reina Margot, 1994).
Sobre un par de textos del ubicuo escritor/dramaturgo/guionista londinense Hanif Kureishi -en concreto, su novela homónima Intimidad (Ed. Anagrama) y uno de los cuentos de su libro Amor en Tiempos Tristes (Ed. Anagrama)-, he aquí un crudo y desesperanzado relato de pasión y amor fallidos, en una suerte de extrapolación sensual del sublime melodrama clásico Breve Encuentro (Lean, 1945), aquél memorable filme en el que dos desconocidos (Celia Johnson y Trevor Howard) se enamoraban a primera vista, perdidamente, uno del otro.
Claro que Intimidad tiene diferencias importantes con respecto a Breve Encuentro: en la cinta de Chérau, por ejemplo, la mujer casada vaya que sí cae en la tentación de engañar a su marido. De hecho, cada miércoles se encuentra con su apasionado amante en el cuchitril en donde él vive y, desesperados, los dos ejecutan unos encuentros amorosos/sexuales tan explícitos (desnudos completos y frontales, con erección masculina incluida y felación en primer plano) que el filme aparece, por lo menos en el inicio, como una versión “intelectual” de cualquier cinta de porno “duro”.
Sin embargo, Intimidad es mucho más que sexo. Además de que los dos protagonistas, Claire y Jay (la neocelandesa Kerry Fox y el actor teatral Mark Rylance), no tienen el cuerpo “perfecto” para una cinta pornográfica típica, muy pronto la trama se concentra en hacer explícito –más que los encuentros sexuales- el grado de desesperanza en la que viven los dos personajes: ella, actriz teatral mediocre, atada acaso por mera costumbre a su gordazo y comprensivo marido taxista (espléndido Timothy Spall); él, trabajando de barman mientras hace algo mejor –así lleva seis años-, después de haber abandonado a esposa e hijitos nada más porque sí.
Otra cosa: el sexo no significa lo mismo para los dos. Mientras ella lo ve como una válvula de escape de su domesticada vida familiar, para él, el puro sexo carnal, sudoroso, intenso, resulta no ser suficiente. Lo interesante del filme de Chéreau -y de los textos de Kureishi, en general- es que revierte la idea extendida de que la mujer siempre busca más cercanía emocional que el hombre, quien se conforma con un buen acostón sin responsabilidades de ninguna especie. Para Kureishi, los hombres somos más complicados que esta simple imagen… y la mujer, ni se diga.
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