LAS VACAS SAGRADAS

LAS VACACIONES DE MONSIEUR HULOT
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Revisando en unas viejas libretas llenas de borradores de reseñas, me encontré con unas líneas escritas por mí hace varios lustros acerca de Las Vacaciones de Monsieur Hulot (Les Vacances de Monsieur Hulot, Francia, 1953), el segundo largometraje del autor total (actor/guionista/cineasta/productor) Jacques Tati. “Un divertido homenaje a los grandes cómicos americanos y muy poco más…”, dice –shame on me- esa brevísima nota escrita –por fortuna, nunca publicada- por un jovencísimo (dizque) crítico de cine al que ahora, 20 años después, no reconozco.

 Y es que después de esa primera revisión, he vuelto a la obra maestra de Tati en varias ocasiones y cada vez, me parece más lograda, más redonda, más perfecta. Con todo, creo entender por qué no me impresionó Las Vacaciones de Monsieur Hulot la primera vez que la vi: acostumbrado a los personajes clásicos del cine mudo hollywoodense (el agresivo romántico/heroico Charlot, el estoico cara-de-palo Buster Keaton, el optimista y siempre echado pa’ delante Harold Lloyd), el profundo humanismo de Tati me habrá parecido, supongo, demasiado simple, poco arriesgado, no lo suficientemente gracioso.

 Algo es cierto: Tati nunca es tan hilarante como el mejor Chaplin y/o Keaton. La encantadora comicidad que surge del siempre educado y torpísimo Monsieur Hulot es de otra categoría: se trata no sólo de una mágica relación con el entorno –lo que lo hace emparentarse con el cerebral humor espacial de Keaton-, sino de su visión amablemente satírica sobre los seres humanos que le rodean. El Monsieur Hulot de Tati –personaje que explotaría el cineasta en tres de sus siguientes (y únicas) cuatro películas más-, ese niño grandote de sombrero y pipa, no encaja en el pomposo mundo de los adultos, lleno de reglas, rutinas y obligaciones. Lo suyo es vivir el momento, sin desafiar a nada ni a nadie -no es Charlot, insisto- y sin cargar con el fatalismo existencial keatoniano.

 La (casi) inexistente trama de Las Vacaciones de Monsieur Hulot nos muestra al solterón del título llegar, en su escandalosa carcacha Amilcar, a un pequeño balneario del norte francés, repleto de turistas galos e ingleses. Desde el momento que arriba al modesto hotel/mesón en donde pasará los siguientes días, sabemos que Hulot está destinado a provocar todas las molestias habidas y por haber, y no por gusto ni por rebeldía: vaya, las más de las veces ni se da cuenta de los estragos que ha causado al mover una silla o al abrir una puerta. Hulot es un inocente en el mejor y más amplio sentido del término y si bien es cierto que a veces fracasa abrumadoramente en lo que quiere hacer –es incapaz de montar un brioso caballo blanco, el bote en el que se sube se colapsa-, en otras ocasiones parece tener un ángel guardián que lo apoya sin que él ni siquiera se dé cuenta (la genial escena en la que la marea le “ayuda” a pintar un bote, por ejemplo).

 Hulot es un espíritu demasiado libre y puro para ese ridículo coronel retirado que está en su elemento al organizar marcialmente un picnic cualquiera, para ese gordazo ejecutivo que no deja de dar órdenes por teléfono aunque tenga a la mujer a y su aburrido hijito por un lado, para esos jugadores de tenis que Hulot derrota una y otra vez con su muy singular saque, para todos esos petimetres clasemedieros que se han ido de vacaciones para seguir repitiendo las mismas rutinas de siempre: comer a una hora, pasear por la playa más tarde, jugar a las cartas en la noche, irse a dormir al mismo tiempo…

 Por eso el final me resulta genuinamente conmovedor: las vacaciones se han terminado y todos se despiden, intercambiando tarjetas, direcciones, números telefónicos. Se prometen verse de nuevo un año después, aquí, como no, donde mismo. Pero a Hulot nadie le habla, nadie lo ve, todos le sacan la vuelta. Miento: no todos. Hulot va y se sienta con un grupo de niños con los que juega a lanzarse arena. Después, una anciana inglesa se despide efusivamente: espera verlo el año próximo. Y, al final, la cereza en el pastel: un hombrecito maduro que se ha pasado toda la película siguiendo a su esposa caminando un par de pasos atrás de ella, llega donde está Hulot y, casi en secreto, le da la mano, de manera entusiasta, con admiración. El hombrecillo ha visto en el espíritu libre de Hulot un modo alternativo de vivir que lo ha conquistado. A nosotros, también, por más que la primera vez que lo conocimos no nos hayamos dado cuenta de ello.


LAS VACAS SAGRADAS

Escala de Calificación

**** Excelente        *** Muy recomendable     ** Vale el boleto o la renta
* Palomera       + Churrito        ++ Churrote

Comentarios: ernesto@cinevertigo.com

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