DVD verseHITCHER, ASESINO DE LA CARRETERA
Ernesto Diezmartínez GuzmánHace unas semanas se estrenó a nivel nacional el remake Hitcher, Asesino de la Carretera (Meyers, 2007) –que tuve oportunidad de reseñar tanto en REFORMA como en MURAL-, lo que me sirvió de pretexto para revisar la fuente primigenia, que se exhibió en nuestro país a fines de 1986 con el título homónimo de Hitcher, Asesino de la Carretera (The Hitcher, EU, 1986). En un DVD de Región 4 usted puede encontrar la película con el nombre de El Caminante y en Región 1 está disponible en una edición idéntica, ascética, sin extras de ninguna especie, con el formato de pantalla ancha y el sonido 5.1.
Hitcher, Asesino de la Carretera, versión 1986, fue la exitosa opera prima –y a la postre y hasta la fecha, opera magna- de Robert Harmon, un modesto artesano que ha alternado la realización de algunos filmes en la pantalla con la dirección de episodios en series televisivas o de cintas hechas para la pantalla casera. Con mucho, Hitcher sigue siendo, insisto, su mejor película.
Y no se trata, por cierto, de ninguna obra maestra, pero sí resulta muy superior que el reciente remake hembrista y se ubica por encima del promedio de muchos slasher-films de los años 80, si no por su ejecución –correcta, pero no particularmente inspirada- sí por una perversa ambigüedad sadomasoca/homoerótica y por un happy-end anticlimático que, en realidad, no resulta muy feliz que digamos.
Jim Halsey (C. Thomas Howell) es un jovencito que lleva un auto, que no es suyo, de Chicago a California, para entregárselo a su dueño. Por el camino, en alguna solitaria carretera tejana y después de casi estrellarse con un trailer, Jim decide darle a un solitario caminante un aventón, con el fin de que la plática lo mantenga despierto y alerta. Sin embargo, el hombre que Jim levanta contra el consejo de su sacrosanta progenitora (“mi mamá me ha dicho que nunca haga esto”) resultará ser un invencible asesino psicópata que, a las primeras de cambio, le espeta sádicamente al muchacho que le va a cortar los brazos, las piernas y la cabeza. Nomás porque sí, nomás porque quiere, nomás porque le da la gana.
Desde el inicio, queda claro que el asesino serial, que se hace llamar John Ryder (Rutger Hauer, perfecto), quiere algo de su inocente víctima. Qué es exactamente lo que quiere no sabemos bien a bien; por qué Ryder no mata al muchacho en las múltiples oportunidades que tiene, tampoco lo sabemos. El guión de Eric Red juega con la posibilidad de la atracción homoerótica –Ryder finge que Jim es su joven amante para evadir la atención de un trabajador de la carretera- y hay momentos en que Hauer parece anhelar algo parecido a una atención (¿o devoción?) amorosa que Jim no le quiere o no le puede dar.
El desenlace, con toda su ambigüedad, resuelve algunas de estas preguntas: Ryder buscaba, acaso, un heredero; alguien que voluntariamente subiera (¿o bajara?) a su nivel. Así, ya puede sacrificarse: ya ha dejado plantada su semilla.
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