EN CARTELERA

BAILE CALIENTE 2: NOCHES DE HAVANA
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Ernesto Diezmartínez Guzmán
El que quiera azul celeste… que haga churros. O, para decirlo de otra manera: ¿Quieres ser el co-estelar en Criminal (2004), producida por Steven Soderbergh? ¿Sí? ¿Y qué tal ser dirigido por Steven Spielberg y aparecer junto a Tom Hanks y Catherine Zeta Jones en Terminal (2004)? ¿A poco no te gustaría? ¿Verdad que sí? Nomás que antes, mi querido Diego, hay que pagar derecho de piso: hay que actuar en un bodriazo que ni siquiera se va a estrenar comercialmente (Vampiros: Los Muertos/Wallace, 2002), poner ojitos de “mexican curious” en un algún western decente (Pacto de Justicia/Costner, 2003) y, para demostrar que puedes hacer de todo, encarnar a un bailarín en la Cuba pre-castrista (¿pre-castrada?) en Baile Caliente: Noches de (sic) Havana (Dirty Dancing: Havana Nights, EU, 2004).

 Honestamente, nunca me ha convencido como actor el joven chilango Diego Luna. De hecho, tampoco me convenció en esta película pero, por lo menos, esta vez me cayó muy bien. Y es que, a decir verdad, si hay un motivo para ver este inane remake de Baile Caliente (Ardolino, 1987) ese es, en gran medida, atestiguar el honesto esfuerzo de Luna por trascender las estulticias de este filme. En una trama tan convencional (una gringuita desabrida aprenderá que el son, el mambo, la guaracha y el cha-cha-cha son la octava maravilla del mundo, al mismo tiempo que despierta al amor y al sexo acompañada de un mesero cubano) y con una realización tan plana (¡un musical sin una sola coreografía que valga la pena!), no hay de otra más que ver a Luna echarle todos los kilos de encanto a su blandengue personaje, que no es valiente revolucionario, ni sex-symbol, ni latin-lover, ni nada.

No podemos culpar al veinte-añero Luna del desastre que es Baile Caliente II. Se ve que hace lo que puede. Por ejemplo, el muchacho no sabe bailar, es cierto, pero igual tampoco baila su co-protagonista, la jovencita Katey Miller. De hecho, nadie baila en esta película, ni siquiera Patrick Swayze en un cameo de pena ajena. Incluso el propio director Guy Ferland lo sabe, así que nunca veremos en long-shot un baile completo de Diego y Katey. En su lugar, por lo menos lucen el diseño de producción de Hugo Luczyc-Wyhowsky y la cámara de Anthony B. Richmond, quienes hacen pasar de manera convincente las locaciones puertorriqueñas como la Cuba de 1958, a punto de librarse del corrupto Batista para caer en las garras totalitarias de Fidel. Bendito sea Dios.
 


Escala de Calificación
**** Excelente        *** Muy recomendable     ** Vale el boleto o la renta
* Palomera       + Churrito        ++ Churrote

Comentarios: ernesto@cinevertigo.com

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