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GUARDIANES DE LA NOCHE
Ernesto Diezmartínez GuzmánA esta saga llegué tarde. Me refiero a la trilogía fantástico/alegórica que inició con Guardianes de la Noche (Nochnoy Dozor, Rusia, 2004), continuó con la estrenada hace unas semanas –y reseñada por mí en REFORMA y MURAL- Guardianes del Día (Bekmambetov, 2006) y terminará, supuestamente, con Guardianes del Crepúsculo, que se estrenará en Rusia en este mismo año. En todo caso, cuando mi implacables editoras de REFORMA y MURAL me asignaron reseñar la ya mencionada Guardianes del Día, no tuve más remedio que ir al videoclub más cercano y rentar Guardianes de la Noche, que encontré en un sencillo DVD de Región 4 que no tiene extras de ninguna especie, pero sí ofrece el formato widescreen y el sonido 5.1.
La verdad, no puedo afirmar que me había perdido de ver una obra maestra, pero también es cierto que esta derivativa cinta, tercera película de Timur Bekmambetov, tiene una virtud innegable: el hecho de que el filme está dirigido por un cineasta que tiene una incansable imaginación y muy pocos escrúpulos para tomar de aquí y de allá las referencias que le interesan. De la lista interminable de saqueos/homenajes hay un par que figuran más que claramente: el enfrentamiento entre las fuerzas del Bien y del Mal (los “Otros de la Luz” y los “Otros de la Oscuridad”) que terminará en una confrontación paterno-filial al estilo de la saga de Star Wars; y la división entre seres extraordinarios que pueden optar por proteger o amenazar a los seres humanos, como otra reciente trilogía, la de los X-Men.
Después de un prólogo medievalista (deudor de la oooootra saga fundamental, la de El Señor de los Anillos/Jackson/2001-2002-2003) en el cual los Otros de la Luz y los Otros de la Oscuridad pactan una tregua que ha durado hasta nuestros días, la trama nos ubica en el Moscú de inicios de los 90, cuando el joven Anton Gorodetsky (Konstantin Khabensky) va a visitar a una bruja con la idea de hacer regresar a su novia embarazada, que lo abandonó para irse con otro hombre. Esta decisión no sólo cambiará la vida de Anton –quien descubrirá que es un “Otro”, es decir, que tiene poderes extraordinarios- sino que dará pie a que la milenaria tregua entre los “Otros” de la Oscuridad y los de la Luz se rompa, pues él, sin darse cuenta, ha provocado un peligroso desequilibrio entre las muy parejas fuerzas sobrenaturales.
Exitosísima en la exUnión Soviética –se trata de la película rusa más taquillera de la historia, superada después por su secuela, Guardianes del Día-, Guardianes de la Noche ha sido leída, tanto por locales como por extranjeros, como una clara alegoría de la caótica Rusia post-comunista. Los “Otros de la Oscuridad”, los malos, tienen un aire de mafiosos y nuevos ricos, manejan automóviles lujosos y viven en departamentos dignos de Madrazo o de Fox; los “Otros de la Luz”, los buenos, son pobretones, desgarbados y ocultan su identidad tras su trabajo en el equivalente ruso de la Comisión Federal de Electricidad: son servidores públicos, pues.
El asunto tiene su gracia: dos discursos por un mismo boleto. Por un lado, un energético y entretenido saqueo del cine hollywoodense fantástico/de-acción/de-aventuras de fin e inicios de siglo; por el otro, un nostálgico lamento por los valores ya desaparecidos del Estado Benefactor comunista, derruidos en el abusivo post-comunismo/post-capitalismo de la Rusia contemporánea.
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