EN CARTELERA

EL HOMBRE OSO
(***1/2)


Ernesto Diezmartínez Guzmán
Si Timothy Treadwell no hubiera existido, Werner Herzog lo hubiera inventado. Treadwell, exsurfero alcohólico y drogadicto regenerado que se reinventó a sí mismo como fanático protector de los osos grizzly, ocupa el centro visual y dramático de El Hombre Oso (Grizzly Man, EU, 2005), trigésimo-segundo filme de Werner Herzog, ese inclasificable y obsesivo cineasta especializado en inclasificables y obsesivos personajes reales y/o ficticios.

 El documental -que se exhibió en la pasada XLVI Muestra Internacional de Cine y que luego se programó comercialmente en todo México a través del ciclo itinerante “Otros Enfoques” de Cinépolis- es más que el absorbente retrato de Treadwell, el entusiasta defensor de los descomunales osos grizzly de Alaska. Como en sus tempranos filmes documentales centrados en  personajes perfeccionistas/obsesivos/inconcientes muy reales (Últimas Palabras/1967, El Extraño Éxtasis del Escultor Steiner/1971) y como en sus obras maestras de ficción protagonizadas por personajes desbordados y delirantes siempre encarnados por Klaus Kinski (Aguirre, la Ira de Dios/1972, Fitzcarraldo/1982 et al), Herzog toma de pretexto la desequilibrada personalidad de Treadwell para entregarnos una provocadora meditación sobre la contradictoria, fascinante y siempre inasible naturaleza humana, enmarcada aquí en el cruel mundo natural.

  Treadwell, devorado junto con su novia por uno de sus amados plantígrados en 2003 en algún lugar del Parque Nacional Katmai de Alaska, pasó 13 veranos consecutivos conviviendo con los enormes grizzly quienes, de hecho, no mostraban demasiado interés en el excéntrico humano. Fue el propio Treadwell quien cruzo la frontera invisible entre los animales salvajes (los osos) y el animal civilizado (él mismo) al ponerle nombres cursis a las descomunales criaturas (Mr. Chocolate, por ejemplo), al acercarse emocionado a tocar el excremento recién depositado de uno de sus “amigos” (“Miren, todavía está caliente”), al colocar su tienda de campaña en medio de una comunidad de grizzlys que hasta tienen peleas épicas a unos metros de distancia de él.

Cámara fija en tripié, cámara móvil en mano, el 80% de las imágenes que vemos de El Hombre Oso, fueron tomadas por el propio Treadwell a lo largo de varios años y rescatadas luego por sus familiares, quienes le dieron permiso a Herzog para que las editara a su manera. Así, complementado con testimonios de los padres, una exnovia y algunos biólogos y conservacionistas, el documental de Herzog se mueve entre los resbalosos terrenos del absorbente autorretrato fílmico, la impecable estética naturalista del mejor programa de National Geographic y la dolorosa reflexión sobre el arte, el cine y la locura que significa llevar demasiado lejos la vocación.
Y, por cierto, ¿vocación para qué? Pareciera que para el martirio, aunque la vacía mirada de uno de los osos represente, en inolvidables palabras de Herzog, la inabarcable indiferencia de la naturaleza. ¿La inabarcable indiferencia de Dios?


Escala de Calificación
**** Excelente        *** Muy recomendable     ** Vale el boleto o la renta
* Palomera       + Churrito        ++ Churrote

Comentarios: ernesto@cinevertigo.com

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