EN CARTELERA

EN EL GRAN SILENCIO
(***1/2)


Ernesto Diezmartínez Guzmán
¿Por qué alguien elegiría vivir alejado del mundo, en casi completo silencio, despojándose de toda relación mundana? ¿De dónde vienen, quiénes son, por qué han decidido vivir así los monjes cartujos del apartado monasterio Grande Chartreuse, situado en los Alpes franceses? Estas preguntas las compartía con una acompañante, después de ver el filme documental En el Gran Silencio (Die Große Stille, Francia-Suiza-Alemania, 2005), del cineasta alemán Philip Gröning.

 Estaba a punto de caer en ese feo vicio que es contestarse a uno mismo en voz alta (“Creo que su alejamiento se debe a que han encontrado, a su modo, el sentido de la vida entregándose a Dios en humildad y silencio, y eso  no deja de ser admirable”) cuando mi acompañante me dio sus propias y muy pragmáticas razones, tan válidas como las mías: “esa gente, esos monjes, están huyendo de algo, de alguien: de las responsabilidades, del mundo, de la realidad… Es muy cómodo encerrarse en una celda a rezar”.

 La disparidad de estas reacciones frente a un filme como En el Gran Silencio es natural: lo que uno entiende de una película contemplativa y religiosa como ésta depende más de uno mismo que de las imágenes. Gröning es un documentalista atípico: no investiga, no editorializa, no demuestra, no propone, no alecciona. Sólo observa. Deja que las imágenes hablen, deja que las actividades de los monjes construyan el discurso, deja que el tiempo pase y se repitan las estaciones y sus rituales. Que caiga la nieve, que se derrita, que se evapore y que surja una flor, una planta, el verdor.

 En 1984 Gröning había solicitado al Gran Prior del monasterio Grande Chartreuse su permiso para hacer un documental sobre la vida monástica en ese sitio. Se le respondió que sí, pero que no: que ellos lo llamarían cuando estuvieran listos. Quince años después el Gran Prior se comunicó para otorgarle, finalmente, la venia, pero con algunas condiciones dignas del “dogmático” Lars von Trier de la década pasada: compartir la vida de los monjes sin estorbar en lo más mínimo, no entrevistar a nadie ni interrumpir ninguna ceremonia, no usar voz “en off” narrativa ni música de acompañamiento y sólo echar mano de la luz natural para filmar en el monasterio… El resultado es un muy demandante acercamiento a un modo de vida tan alejado de la modernidad contemporánea que, en ocasiones, me pareció estar viendo un filme fantástico acerca de una civilización extraña y desconocida.

 Filmada alternadamente con cámara digital y una arcaica súper 8 (es fácil notar la diferencia por la súbita expansión del grano de una escena a otra), En el Gran Silencio se desarrolla al ritmo de los monjes: casi tres horas de duración en las que vemos a los cartujos cortarse el cabello, cocinar, conseguir leña, confeccionar un hábito, limpiar un terreno… Estas actividades prácticas se alternan con los rezos constantes y con gozosos momentos de excepción: la comida conjunta una sola vez a la semana, la reunión entre los árboles para platicar sobre la importancia de los símbolos y un insólito abandono casi frívolo: el infantil deslizamiento de los monjes por algunos de los Alpes cubiertos de nieve.

 Pero, ¿quiénes son, pues, estos monjes? De tres en tres, a lo largo de la película, los cartujos aparecen frente a cámara, en primer plano, sin decir una palabra. Algunos parecen inteligentes; otros, no. Alguno tienen la apostura de un profesor universitario con todo y mirada irónica y penetrante; otro aparece con la personalidad de un sencillo leñador de mirada tímida. Gröning deja, de nuevo, que cada uno de nosotros vea lo que quiera ver. Algunos verán a Dios en ellos. Otros vemos un inalcanzable, insondable, misterio.


Escala de Calificación
**** Excelente        *** Muy recomendable     ** Vale el boleto o la renta
* Palomera       + Churrito        ++ Churrote

Comentarios: ernesto@cinevertigo.com

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