CINE NACIONAL

21 GRAMOS
(***)


Ernesto Diezmartínez Guzmán
Cuando se estrenó Amores Perros (2000) fui uno de los pocos críticos de cine mexicanos que se atrevió a ponerle uno que otro “pero” al –de cualquier forma—impresionante debut de Alejandro González Iñárritu. Pensé –y lo sigo pensando, aunque tal vez necesite ver la película una vez más—que la opera prima de “el negro” es muy dispareja (magnífica primera parte, regular episodio intermedio, muy fallido tercer acto) aunque, también es cierto, su vigor narrativo logró enmascarar muy bien sus defectos (en especial, el melodramatismo extremo de su desenlace).

21 Gramos (21 Grams, EU, 2003) es el segundo filme de González Iñárritu, primero hollywoodense, y ante él me veo de nuevo colocado entre la minoría con respecto a la idea que tengo del filme. Para acabar pronto: creo que 21 Gramos es mejor película que Amores Perros. Es decir, más redonda, mejor acabada, más interesante, mejor actuada y hecha con mayor seguridad (acaso, con demasiada seguridad, por González Iñárritu y su guionista de cabecera Guillermo Arriaga le terminan echando un exceso de crema a sus tacos).

 Al igual que en Amores Perros, el pretexto para que tres personajes que no tienen nada que ver se conozcan es un accidente automovilístico. Un exconvicto convertido en fanático religioso (Benicio del Toro), una exdrogadicta regenerada con esposo arquitecto y dos hija preciosas (Naomi Watts) y un profesor de matemáticas que espera agonizante un transplante de corazón (Sean Penn) entrecruzan sus vidas cuando el primero atropella a la familia de la segunda. Así, el corazón del arquitecto pasa al cuerpo del profesor quien, al comprar un poco tiempo más de vida, se da a la tarea de buscar a la familia del donante. Cuando el profesor conoce a la viuda –quien ha vuelto al alcohol y a las drogas—se enamora de ella y, luego, los dos se dan a la tarea de buscar al culpable de todo: el exconvicto que, por su parte, ha abandonado a su familia, pues no soporta la culpa que carga.

Con la paleta sucia y deslavada del inevitable Rodrigo Prieto y la edición sincopada del especialista Stephen Mirrione (montajista de Tráfico/Soderbergh, 2000), 21 Gramos es un rompecabezas narrativo/estructural cuya justificación es, por supuesto, discutible. ¿Realmente se necesitaba contar la historia de la manera en la que la vemos en pantalla?: por supuesto que no. La melodramática trama de Arriaga bien pudo haberse narrado de forma lineal (de hecho, CUALQUIER historia puede contarse de manera lineal, incluyendo las de Casta de Malditos, Pulp Fiction o Amnesia), pero tengo la idea que eso hubiera destruido la parte más interesante del filme.

Y es que, en realidad, 21 Gramos es la película de un show-off, como dicen los vecinos del norte. Es decir, la cinta de un narrador postmoderno más interesado en la forma que en el fondo, más inclinado a jugar con la manera en la que desarrolla la trama que en la historia en sí, más preocupado en presumir lo bien que está manipulando a sus personajes y sus historias que en cualquier otra cosa. Es un logro extraordinario que a pesar de todo ello, los tres actores –en especial Naomi Watts— puedan mostrar algo de su talento y doten de cierta verosimilitud a estas marionetas cinematográficas, manejadas no por un cruel destino o por un terrible azar, sino por la imaginativa y sugerente edición de Mirrione dirigida por González Iñárritu. Por supuesto, la explicación final de qué son los 21 gramos en ese monólogo mamila de Sean Penn está de más (como estuvo de más el mensaje telefónico de El Chivo en el desenlace de Amores Perros), pero es innegable que, después de todo, González Iñárritu ha sobrevivido a su debut hollywoodense. Ha sobrevivido, de hecho, a pesar de sí mismo, sus pretensiones y sus ambiciones. No es poca cosa.


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Escala de Calificación
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Comentarios: ernesto@cinevertigo.com

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