REPORTE ESPECIAL
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Ernesto Diezmartínez Guzmán
El XXII Festival Internacional de Cine en Guadalajara ha ido creciendo año tras año en secciones competitivas (ahora fueron cinco: largometraje iberoamericano y mexicano, documental iberoamericano y mexicano, además de una sección de cortometrajes) y en paralelas (filmes mexicanos fuera de competencia, cintas europeas presentadas en San Sebastián, cortos alemanes, cine contemporáneo…), además de ciclos-homenaje (esta vez dedicados a Pedro Almodóvar, Costa-Gavras, Vicente Leñero, Nelson Pereira dos Santos, al cine de ciencia ficción mexicano chafita) y varias funciones especiales que no son más que pre-estrenos dizque de postín.He aquí, pues, a bote-pronto, algunos apuntes del cine que pude ver en el pasado Festival. Alguno es extraordinario, otro es bueno, otro es malo, otro es pésimo. No podía ser de otra manera.
Una pregunta, nada más para iniciar: ¿por qué el cine mexicano es incapaz de crear personajes femeninos tan atractivos, complejos y contradictorios como el que encarna Carla Ribas, la protagonista del espléndido melodrama carioca La Casa de Alicia (O Casa de Alice, Brasil, 2007)? ¿Será que no existen mujeres así en México? ¿O será que no queremos verlas?
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En todo caso, admiramos el trabajo del director Chico Teixeira en su primer largometraje de ficción –su experiencia documental se nota en el tono realista de su narrativa, en sus tomas largas pero no elaboradas, en su ágil cámara en mano- y en un género –el melodrama femenino- difícil de desafiar en sus añejos convencionalismos. El guión del propio Teixeira se niega toda salida fácil, feliz y/o aleccionadora: Alice es una mujer guapa aun con sus 40ytantos años a cuestas, su infiel marido taxista y sus tres hijos varones que, en el mejor de los casos, la ignoran.Alice no es ninguna santa: tiene un affaire pero no la mueve el revanchismo. Lo hace por algo más puro y simple: el deseo de otra vida. Quiere sentirse amada y deseada, quiere dejar de pensar en sus inútiles hijos, quiere quitar de su vista a su marido plasta. Y si en el camino para lograr esto tiene que mentir o engañar, Alice no lo piensa dos veces. Ella lo dice muy claro en cierto momento clave: “no soy una mujer difícil”. Alice no puede darse ese lujo. Ya tiene una vida demasiado complicada.
(Por cierto, un servidor auguró, en su reseña para MURAL, que Ribas era la candidata perfecta para ganar el Mayahuel a la Mejor Actriz y así fue una semana después).
Y a propósito de vidas complicadas como la de Alicia. También vi otro tipo de complicaciones, pero menos interesantes, en Malos Hábitos (México, 2007), la bien hechecita pero pomposa opera prima del exitosísimo publicista Simón Bross. El escenario es un México apocalíptico en el que las torrenciales lluvias han provocado la desaparición o muerte de cientos de personas. Matilde (Ximena Ayala), una monja que se puso los hábitos para cumplir una promesa hecha a Dios cuando niña, empieza a dejar de comer como forma de penitencia/sacrificio, mientras su flaquísima hermana casada, Elena (Elena de Haro), vive obsesionada por perder peso y hacer adelgazar a su bonita pero regordeta hija Linda (Elisa Vicedo, notable).
A la película de Bross no le duele nada en el aspecto visual: sus imágenes no dejan de presumir cierta complejidad (el plano secuencia que inicia en un baño y termina en la mesa de un restaurante), inteligencia (el full-long-shot de la casa transparente en la que viven Elena y su marido arquitecto) y hasta sentido del humor (la toma de las gordazas saltando bajo el agua), pero las dos historias paralelas del sacrificio de Matilde y la tortura de Linda nunca logran despegar dramáticamente –con todo y que la joven actriz Vicedo llega a ser conmovedora. Al final, hay un guiño inocultable a esa obra maestra alegórica que es Cría Cuervos (Saura, 1976), pero es otro detalle argumental –como la infidelidad del marido de Elena- que termina cayendo en el vacío. Como la película misma.
Nada de vacía fue la cinta que vi a continuación. Me refiero al segundo largometraje documental de Everardo González, Los Ladrones Viejos: Las Leyendas del Artegio (2007), una fascinante travesía por el universo de un grupo de ancianos ladrones que, confiesan, hacían su “trabajo” por gusto, por emoción, por orgullo. Es cierto que alguno se justifica diciendo haber sufrido hambres y privaciones (“nunca supe lo que era un cumpleaños”), pero ese mismo afirma abiertamente que ha vivido como ha querido, sin disculparse de nada, aceptando existencialmente que lo bueno y lo malo que ha tenido se debe a las decisiones que ha tomado.
González echa mano con sentido del humor, con dramatismo, con inteligencia, de innumerables imágenes documentales, fílmicas y televisivas, además de una magnífica banda sonora (Luis Alcaraz, Los Ángeles Negros, Pérez Prado et al) y las intercala con maestría con las entrevistas a las auténticas estrellas de su película: los viejos ladrones Jorge Calva “el Fantomas”, Arcadio Ocampo “el Xochi”, Raymundo Moreno “el burrero” y la leyenda viviente Efraín Alcáraz “el Carrizos”, un articuladísimo zorrero (es decir, ladrón de casas) que “trabajó” siempre con una regla inviolable: nunca usar la violencia.
La mirada de González es, sin duda, muy complaciente –como lo fue en su opera prima La Canción del Pulque (2002)-, pero esto no es un defecto sino una posición moral, justiciera y, finalmente, política. Cuando nos enteramos que “el Carrizos” llegó a robar la casa de Echeverría (“le tuve que regresar todo”) o en la celebérrima Colina del Perro (“me robé todo: centenarios, joyas, dólares, y no le regresé nada”), una franca sonrisa aparece en nuestro rostro. Y es que, como el mismo "Carrizos" dice en una entrevista televisiva: “Yo no soy ratero, soy ladrón”. Es cierto: los rateros salen de Harvard o tienen hijastros incómodos.
Un documental menos ambicioso pero de todas formas muy disfrutable fue el de Agustín “Oso" Tapia y Anna Soler Cepriá, Los Días sin Joyce: Un Diario Imaginario (México, 2006) que recorre las páginas de un diario íntimo en el cual comparten sus confesiones, alegrías, sueños y tristezas dos viejos enamorados fallecidos en 1975.
Se trata de las vidas del ingeniero británico William Parker, apasionado de las máquinas y el cine, y su esposa fotógrafa Joyce, quienes llegaron a Agangueo, Michoacán, en los años 30, para quedarse a vivir el resto de la vida. Cineastas amateurs (en el mejor sentido del término), William y Joyce retrataron durante décadas rostros, costumbres, trabajos y diversiones del pueblito michoacano con genuina simpatía, curiosidad y amor. Las imágenes rescatadas por Tapia y Soler son lo mejor de un sencillo documental intimista que está a punto de ser echado a perder por la amelcochada voz en off de Ofelia Medina que, aunque nunca sale a cuadro, vaya que se sobreactúa. Qué novedad.
La que sí fue novedad –por lo menos para mí- fue darme cuenta que el entrañable abuelo Monster, Al Lewis (1923-2006), fue un activista social y político de izquierdas que, a sus más de 70 años de edad, tenía un programa de radio neoyorkino en donde invitaba a sus conciudadanos a comportarse como auténticos americanos, es decir, los animaba a dudar, a preguntar, a disentir.
Goodbye America (España, 2006), el más reciente documental del especialista brasileño Sergio Oksman, nos muestra a un Al Lewis completamente desconocido: un ancianísimo “abuelo Monster” que habla de los crímenes de Kissinger, vomita la cobardía de los señores de la guerra que nunca han ido al frente (Lewis dice haber ido a la Segunda Guerra Mundial), recuerda a su admirada Madre Coraje que alguna vez se enfrentó con un periódico a un abusivo policía y rememora el oscuro periodo macartista para contar una vergonzosa anécdota de Gary Cooper, todo ello mientras un amable maquillista lo prepara para una de las muchísimas apariciones en las cuales, casi hasta el final de sus días, seguía explotando la nostalgia por el gruñón abuelo vampiro que encarnó en el celebérrimo sitcom Los Monsters (1964-1966).
Lúcido, divertido, desfachatado, conmovedor, Lewis habla, habla y habla, mientras aparecen imágenes de archivo de la teleserie que lo hizo famoso, escenas documentales de la Segunda Guerra o de las protestas anti-Vietnam en las que él participó. En cierto momento, Lewis le pregunta al maquillista, riéndose, ¿te estoy aburriendo? Por supuesto que no, abuelo Monster. Por supuesto que no.
Entrañable también, aunque en otro sentido, es el primer largometraje documental de la veterana Guita Schyfter (Novia que te Vea/1993, Sucesos Distantes/1994). Su filme, Laberintos de la Memoria (México, 2006) inicia con la imagen de una tortugas caminando hacia el mar, mientras la voz en off de Angélica Aragón nos informa que muchos años después, esos mismos animales, quién sabe cómo, regresarán a la playa de su nacimiento.
Así, ella misma, judía nacida en Costa Rica de una madre lituana y un padre ucraniano, hará el camino de regreso por la memoria de sus ancestros, de Centroamérica a Europa Central pasando por Nueva York y Nueva Jersey, buscando afanosamente la ilusoria certeza de su propio origen. Al mismo tiempo, Schyfter nos muestra, paralelamente y con respeto, la historia de Teté, una chiapaneca adoptada primero por una antropóloga estadounidense y luego por su madrina, una académica cubana, quien se la llevó a vivir a la isla. Ya cuarentona, la cubana-mexicana regresará a México en búsqueda de su madre biológica, lo que disparará una interminable y laberíntica vuelta a los orígenes, pues la progenitora biológica mexicana tiene también una historia enterrada que iluminar.
El documental tiene varios finales y eso termina por impacientar un poco, pero el genuino sentimiento de la señora Schyfter –nunca sentimentalismo- termina por ganar la partida. O, por lo menos, la ganó conmigo.
Hacia el tercer día del Festival, un servidor empezó a hacer agua. “It’s hard out there for a pimp”, dice el tema de la canción-tema de Ritmo de un Sueño (Brewer, 2005) y, parafraseando el mencionado rap, qué duro es ser crítico de cine en un Festival –el que sea-, pues siempre estás con el tiempo contado. Hay que ver tal película, escribir de ella y tratar de no perder la otra que se exhibe en diez minutos. Y peor es cuando las cintas se empalman. Ah, cómo sufre uno (ajá).
Eso me pasó con Polvo de Ángel (México, 2007), el más reciente largometraje del mazatleco Óscar Blancarte. Apenas si pude ver 45 minutos de su estrambótica película que lo mismo parodia la idea de los súper-héroes que echa mano de la animación tradicional, del ánime o del cómic. La trama –lo que vi de ella, en todo caso- está centrada en un defensor de la humanidad, Sacro (Julio Bracho) que, acompañado de un cazador de ángeles, Caos (Jorge Zárate) quiere ¡matar a la muerte!
Sería injusto y hasta contrario a toda ética decir algo en contra de una película de la que sólo pude ver la mitad. En todo caso, lo que sí es innegable es que Blancarte no tiene miedo de caer en el ridículo y que eso, tratándose de cualquier manifestación artística, no es un defecto sino una virtud.
El culpable de que haya visto la mitad de Polvo de Ángel fue Jonás –“el orgullo de mi nepotismo”- Cuarón y su Año Uña (México, 2007), cinta que se exhibió casi a la misma hora que la del paisano sinaloense. Para ser francos, me gustó la frescura de la cinta, sus diálogos/monólogos y su conmovedor descubrimiento de Chris Marker y La Jetée (1962).
También me gustó, aunque por otras razones, Olor a Caño (O Cheiro do Ralo, Brasil, 2006), segundo largometraje de Heitor Dalia. El agrado no proviene, por cierto, de su personaje central, el misántropo, misógino, abusivo y, al mismo tiempo, vulnerable y patético Lorenzo (impresionante Selton Mello), el treinta-añero dueño de una tienda de compra/venta de objetos usados.
Estamos ante una comedia escatológica del absurdo en la cual Lorenzo parece deslizarse a la locura por el fétido olor que sale del baño de su oficina. Con su mantra “la vida es dura” repitiéndolo a cada instante, Lorenzo hace compras absurdas –rechaza una pluma de oro pero compra un rastrillo para recoger hojas secas-, abusa verbalmente de una flacucha drogadicta, insulta a uno que otro cliente y abraza a otro, y adquiere lo que será su máximo fetiche: un ojo de vidrio que le servirá como una especie de portal para ver de otra manera el mundo que le rodea y, en especial, el suculento trasero de cierta mesera de nombre impronunciable.
Con todo y la atractiva banda sonora y su narrativa ágil y funcional, Olor a Caño vale lo que logra Mello en su notable encarnación de un tipejo que llega a ser profundamente desagradable y genuinamente conmovedor sin que haya contradicción alguna en ello. En MURAL escribí que no me parecía mal candidato para el Mayahuel a Mejor Actor y tuve la oportunidad de encontrármelo en una cafetería y decírselo. Días después, ¡brujo, brujo!, Mello ganó, en efecto, el Mayahuel respectivo por su interpretación de ese villano vulnerable, atractivo, conmovedor y repulsivo.
Y a propósito de malosos uno de los más grandes villanos en la historia de nuestra América Latina contemporánea –y vaya que hay competencia en ese departamento- es el todopoderoso ministro/consejero/cómplice del fujimorato Vladimiro Montesinos, el hombre que llegó a ser considerado, sin mucha exageración, como el verdadero amo del Perú. Montesinos aparece, personificado y entre las sombras en Mariposa Negra (Perú-España, 2006), el más reciente largometraje del prolífico y consistente Francisco J. Lombardi (La Ciudad y los Perros/1985; Caídos del Cielo/1990; No se lo Digas a Nadie/1998).
Basado en la novela Grandes Miradas de Alonso Cueto, Lombardi logra, con respecto al caso Montesinos, lo que don Mario Hernández fue incapaz con el bienintencionado churro Cementerio de Papel (2006): un thriller político y militante no mal tramado, decentemente interpretado y, al final de cuentas, genuinamente emocionante dentro de los parámetros del género que se trabaja.
La historia, ambientada en el Perú del 2000, está centrada en una joven profesora de escuela (preciosa Melania Urbina), comprometida con un honesto juez que es asesinado, supuestamente, en una orgía gay. Haciendo pareja con una cínica periodista amarillista (Magdyel Ugaz, subrayando demasiado los clichés de su personaje), la maestra Gabriela se convierte en una especie de obsesiva Condesa de Montecristo que planea detalle a detalle su venganza en contra de quienes asesinaron a su novio. Y la muchacha apunta hacia mero arriba: hacia las alturas en donde despacha el siniestro “Doctor” Montesinos.
Y si un archi-villano ocupa el centro (in)moral del efectivo thriller de Lombardi, una quinteta de héroes enmascarados son los protagonistas de Súper Amigos (México-Canadá, 2007), segundo largometraje documental de Arturo Pérez Torres. Los cinco súper-héroes son, por orden de aparición, Súper Animal –defensor de los derechos de los animales-, Súper Barrio Gómez –azote de los abusivos casatenientes-, Ecologista Universal –protector de la naturaleza-, Fray Tormenta –el más práctico de todos: desde hace 20 años mantiene un casa para los niños de la calle a través de la lucha libre- y Súper Gay –el orgulloso activista homosexual.
El documental tiene aspectos visuales plausibles –las transiciones narrativas usando el lenguaje del cómic son muy buenas- y tiene momentos conmovedores (la ayuda de Súper Gay a una mamá que le mataron a su hijo homosexual) y algunos francamente regocijantes (casi todo lo que se refiere a Súper Animal) pero, también, me pareció que Pérez Torres perdió la oportunidad de profundizar en los motivos del “nacimiento” de cada uno de sus súper-héroes (uno fue alcohólico, otro drogadicto, a Súper Gay le asesinaron su pareja, Marco Rascón renunció a la militancia partidista para dedicarse a ser Súper Barrio), lo que le hubiera dado otra dimensión a una película que termina enterrada, a veces, por un súper-anecdotario más bien trivial.
Mucho más trivial, eso sí, fue lo que vi a continuación. Déjeme le explico: es la misma historia de siempre en el cine mexicano: aparece un debutante con una cinta extraordinaria, desaparece del mapa por un tiempo y, cuando regresa, años después, está irreconocible... en el mal sentido del término. Y eso fue lo que le pasó, por desgracia, a Alejandro Springall, quien nos entregó hace casi una década la entrañable Santitos (1999) –uno de las mejores operas primas de los 90- y, ahora, la fallidísima Morirse Está en Hebreo (México-EU, 2007).
Moishe (Sergio Klainer), un viejo bon-vivant judío, viudo, con amante “gentil” (Blanca Guerra, aún guapa), muere en plena pachanga. Sus dos hijos (insufrible Raquel Pankowsky y David Ostrosky) organizan, entonces, la obligatoria “shiva”, la tradición judía que prescribe cómo y de qué manera debe desarrollarse el duelo durante siete largos días. Por supuesto, esto será el pretexto de una dispareja serie de viñetas en donde veremos lo que pasa en cualquier reunión familiar típica: pleitos, reconciliaciones, hipocresías, gritos, llantos y hasta la puesta en práctica de cierto adagio que, por lo visto, también es popular entre los judíos (“a la prima se le arrima”).
¿Qué le pasó a Springall? En Morirse Está en Hebreo desapareció el humor, la gracia, la simpatía, la engañosa simplicidad de Santitos. Su segundo largometraje es un esbozo de comedia que nunca logra cuajar: hay personajes que aparecen y desaparecen arbitrariamente (el lascivo alemán de dos metros o el amigo de Moishe que llega a cobrar un dinero), situaciones argumentales que se resuelven a la brava (alguien entra y sale de la cárcel así nada más) y gags vergonzosamente fallidos (como el numerito de la señora Pankowsky y su diente caído, por ejemplo).
Al final, dos ángeles barbados (Max Kerlow y Enrique Cimet), que han estado midiendo la virtud del fallecido Moishe toda la película, dan su propio veredicto. Temo que yo no puedo ser tan generoso con este filme de Springall como lo fueron esos fantasmales seres con Moishe. Y créame que no me da gusto escribirlo.
Otra sorpresa, pero ésta muy agradable, fue Dos Abrazos (México, 2007), opera prima del egresado del CCC Enrique Begné. La espléndida banda sonora de Antonio Fernández Ros –que me recordó, por su tono, los trabajos de Mark Mothersbaugh para Wes Anderson- es uno de los elementos que une las dos historias que están contenidas en esta cinta. En una de ellas, un adolescente (Giovanni Florido) inicia una amistad con una cajera (Maya Zapata) mayor que él. En la segunda, un taxista lacónico (Jorge Zárate, muy bien), le ayuda a una muchachita (Ximena Sariñana) a lidiar con la muerte de su padre.
El otro elemento unificador en Dos Abrazos es la notable sensibilidad narrativa que demuestra Begné. Y algo más: mucho tiene que agradecer el cineasta debutante al espléndido guión de la especialista en vidas solitarias y cruzadas Paula Markovich que, con inteligencia, logra hacer conmovedor hasta un tonto chiste de gallegos.
Rápidamente otros apuntes sobre dos cintas notables mexicanas que me tocó revisar: Párpados Azules (México, 2007), del debutante Ernesto Contreras –mi favorita para ganar el Mayahuel, como en efecto sucedió- y El Violín (México, 2005), exhibida fuera de concurso y dirigida por Francisco Vargas Quevedo. Esta última cinta fue, sin duda, junto con Los Ladrones Viejos, lo mejor que vi en Guadalajara 2007, un año que, curiosamente, marcó un sorpresivo repunte de calidad en el cine mexicano en competencia.
Por primera vez en muchos años, en Guadalajara pude ver varias cintas nacionales más que dignas: los documentales Los Ladrones Viejos (González, 2007), Los Laberintos de la Memoria (Schyfter, 2007), Los Días sin Joyce (Tapia y Soler, 2006) y los Súper Amigos (Pérez-Torres, 2007); y las ficciones El Violín, Párpados Azules, Dos Abrazos, Año Uña (Cuarón, 2007) y hasta la derivativa pero redondita Partes Usadas (Fernández, 2007), que ganaría el Mayahuel a Mejor Opera Prima.
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Los Premios
¿Será que los jurados leyeron mis reseñas en el diario jaliciense MURAL o fue pura casualidad que mis propuestas para los ganadores de los premios Mayahuel fueron exactamente las que ganaron? Sea lo que sea –y lo más probable es que todo haya sido casualidad-, alimenta bien el ego que casi todo lo que reseñamos bien en MURAL terminó siendo premiado, como sigue:Sección Iberoamericana de Ficción:
Mejor Filme y Mejor Guión: Párpados Azules, Premio Especial del Jurado: la brasileña La Casa de Alicia (Teixeira, 2007), Mejor Actriz: Carla Ribas por La Casa de Alicia, Mejor Actor: Selton Mello por la brasileña Olor a Caño (Dhalia, 2006, Mejor Director: Paulo Caldas por la ¡también! brasileña Desierto Feliz (2007) y Mejor Opera Prima Iberoamericana: Lo que Sé de Lola (Francia-España, 2006), de José Rebollo.Sección Mexicana de Ficción:
Mejor Filme: Malos Hábitos (Bross, 2006), Mejor Director: Enriqué Begné por Dos Abrazos y Mejor Opera Prima Mexicana: Partes Usadas.Sección Iberoamericana de Documental:
Mejor Filme: la cinta brasileira Accidente (Guimaraes y Lobato, 2006) y Mención Especial para Los Ladrones Viejos.Sección Mexicana de Documental:
Mejor Filme: Los Ladrones Viejos y Mención Especial para Los Súper Amigos.
*****Últimos apuntes:
1) No podría haber estado más de acuerdo con todos los premios –a excepción del Mayahuel a Malos Hábitos, que debió haber sido para Párpados Azules o Dos Abrazos.2) Así como en los años anteriores el cine argentino avasalló por su calidad, variedad e inventiva, este festival fue para el gran país carioca. Algo están haciendo bien en la tierra de la samba.
3) Ojalá que no sea gloria de un día, pero lo que vimos este año en Guadalajara fue vivificante en cuanto a cine mexicano se refiere. Ver media docena de cintas nacionales más que decentes en menos de una semana es todo un acontecimiento. En lo personal, no recuerdo haber vivido esta experiencia en mis casi 20 años de crítico de cine.
REPORTE ESPECIAL
Comentarios: ernesto@cinevertigo.com