ESE CIERTO CINE
FUEGOS ARTIFICIALES
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Ernesto Diezmartínez GuzmánFuegos Artificiales (Hana-Bi, Japon, 1997), de "Beat" Takeshi Kitano (o Kitano Takeshi, como deberíamos de llamarlo si usamos el modo occidental de anotar los nombres nipones), es el séptimo largometraje del realizador japonés, un popularísimo hombre "show" en el Japón contemporáneo (periodista, actor, columnista político, poeta, conductor de televisión, cineasta y hasta pintor) y admiradísimo maestro (fuera y dentro de su país) de los "yakuza-films", es decir, del cine ultraviolento de gangsters a la japonesa.Celebre comediante durante muchos años, "Beat" Takeshi -como es conocido en Japón-- tuvo su primera oportunidad dramática en la obra maestra de Nagisa Oshima, Furyo (1982), en el papel de un duro sargento nipón. Según palabras del propio Takeshi, tendrían que pasar muchos años para que el público de su país no se riera cuando él aparecía en pantalla. El cine que empezó a dirigir a finales de los 80 le ayudó, seguramente, a construir su nueva figura en el cine japonés de hoy.
Violent Cop (1989), su primera película, y prácticamente todas sus cintas subsiguientes son oscuros filmes urbanos habitados por gangsters (los famosos "yakuza"), policías, boxeadores y traficantes, en un Japón plenamente occidentalizado, años luz del ambiente (pero no tanto de la temática) de la obra de Ozu, el cineasta japonés por excelencia.
Hana-Bi, el título original de la cinta significa Fuegos Artificiales en español. Sin embargo, si separamos los dos términos con los que se forman las palabras, la traducción es más sugerente. Hana significa flores y Bi fuego: la belleza y la violencia, la poesía y la sangre, la ternura y el crimen. Entre estos dos extremos se mueve Takeshi al contar la historia de Nishi (el mismo "Beat" Takeshi), un atormentado policía que, ante la reciente muerte de su pequeña hija, el cáncer terminal de su joven esposa Miyuki (Kayoko Kishimoto) y la invalidez permanente de su compañero Horibe (Ren Osugi), decide dejar el uniforme, robar un banco y, con el dinero del botín, pasar una segunda luna de miel con su cónyuge y, de pasada, alentar el naciente interés en la pintura de Horibe, atado para siempre a una silla de ruedas.
Planeada como una suerte de meditación sobre la vida y su sentido último, y pensada por el mismo Takeshi cuando convalecía de un accidente en moto en el cual casi perdió la vida (accidenten que le sirvió para descubrir su vocación por la pintura: toda la obra de Horibe que se muestra en la cinta es en realidad de Takeshi--, Fuegos Artificiales es una desarmante obra maestra de narrativa visual, a la vez brutal y sugerente, ultraviolenta y delicada, deprimente y optimista.
Takeshi construye en forma no lineal el relato, moviendo virtuosamente la línea narrativa hacia adelante y atrás, y haciendo múltiples digresiones aparentemente sin sentido, aunque al final todas las piezas de este formidable rompecabezas terminarn ocupando su lugar, hasta el más nimio detalle (el triciclo o los zapatos infantiles a la entrada del edificio de Nishi), o hasta el más insignificante diálogo (la escena clave del viajero que le pregunta burlesco a Miyuki porque le echa agua a flores marchitas), como si estuviéramos ante cierta pintura de Horibe/Takeshi, hecha a base de pequeños puntos que, al formar un conjunto, terminan por revelar un paisaje bello y colorido.
Mezcla del estilo trascendental de Ozu, el cine de gansters a la americana y francesa (Nishi es un personaje tan violento como Harry el Sucio y tan estoico como El Samurai de Jean-Pierre Melville) y la hilarante comedia keatoniana (¡esos sublimes y conmovedores "gags" de Nishi y Miyuki conviviendo en el camino en sus últimos días!), Fuegos Artificiales fue la insuperable tarjeta de presentación en nuestro país de uno de los más grandes y auténticos autores del cine oriental contemporáneo (el filme fue el primero de Kitano que mereció distribución comercial en todo el país). Acabemos, pues: Fuegos Artificiales es la obra maestra de uno de los mayores creadores fílmicos de hoy en día.
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