EN CARTELERA
LA MALDICION DE LA FLOR DORADA
(***1/2)
Ernesto Diezmartínez GuzmánAunque desde su primera película Zhang Yimou (o Yimou Zhang, si se quiere escribir su nombre al estilo occidental) llamó poderosamente la atención de la crítica mundial y del circuito festivalero –su opera prima Sorgo Rojo (1987) ganaría el Oso de Oro en Berlín 1988-, no sería hasta su tercer largometraje, Ju Dou, Amor Prohibido (1990), cuando Zhang le pegaría al premio gordo: su tremebundo melodrama colorido estaría en competencia en Cannes y sería nominado al Oscar 1991. Además de instalarse entre la crema y nata del mundo fílmico, Zhang ganaría fama sobre sus colegas de la llamada Quinta Generación –nombrada así porque fueron la quinta promoción egresada de la Academia Fílmica de Beijing, primera desde el fin de la desastrosa Revolución Cultural- debido a que la gerontocracia china prohibió la distribución nacional de Ju Dou e hizo todo lo posible para que no se conociera su película fuera de China.
Aunque los otros dos prominentes miembros de la Quinta Generación, Chen Kaige (Mi Vida en una Cuerda, 1991) y Tian Zhuangzhuang (El Papalote Azul, 1993) tendrían su dosis de enfrentamientos públicos con la burocracia china, el caso de Zhang fue mucho más conocido, debido en parte a que la obra de este último siempre ha sido más popular y asequible que la de sus compañeros de aula, más austeros en el estilo y más demandantes de atención por parte del hipotético espectador occidental. Lo cierto es que durante algunos años, Zhang era sinónimo de rebeldía e independencia artística frente al totalitarismo comunista/capitalista de la China post-Deng.
Sin embargo, esta situación fue cambiando poco a poco, primero de manera casi imperceptible –La Historia de Qui Ju (1992) era más bien prudente en su crítica al sistema de justicia chino- y luego de forma mucho más clara –Camino a Casa (1999) era ya un canto amoroso a un pasado reciente nostálgicamente engrandecido. Y si alguien todavía negaba que Zhang terminó “vendiéndose” (o plegándose, para que no suene tan feo) al gobierno chino, el repelente discurso político de la muy exitosa Héroe (2002) terminó por despejar todas las dudas: en esta cinta Zhang nos entregó una descardada oda al totalitarismo chino, a través del cual disculpa todo abuso, todo crimen, todo avasallamiento del individuo, por la grandeza de una sola China (entiéndase China continental, Hong Kong, Taiwán y el Tíbet).
Y, ahora, en su décimo-quinto largometraje, Zhang se descara todavía más: aunque espectacularmente desbordada y visualmente adictiva, la Maldición de la Flor Dorada (Man cheng jin dai huang jin jia, China, 2006) propone un siniestro discurso político fatalista/desmovilizador que, seguramente, hizo las delicias del gobierno chino. La trama –sobre una obra teatral que ha sido adaptada en varias ocasiones a la pantalla grande- ha sido llevada de los espacios empresariales de la premisa original (el dueño de una mina, su mujer y los hijos de ellos) al palacio imperial de la dinastía Tang hacia el siglo X de nuestra era.
El Emperador Ping (la súper-estrella Chow Yun-Fat en su primer trabajo con Zhang Yimou) y su segunda esposa, la Emperatriz (la diva Gong Li), se preparan para presidir la anual Fiesta de los Crisantemos. Para ello, toda la familia imperial tiene que mostrar su mejor cara ante los invisibles súbditos. Así, ella tiene que ocultar que durante los últimos años ha sido amante del Príncipe Heredero Wan (Liu Ye), hijo del Emperador con su primera esposa ya fallecida. Por su parte, el Emperador, que algo debe sospechar, ha estado envenenando a la Emperatriz con dosis pequeñas pero mortales de un peligroso hongo de color negro. Para redondear esta edificante historia familiar, el hijo mayor de la Emperatriz –y el de en medio del Emperador-, el Príncipe Jay (Jay Chou), se entera de que su madre está siendo asesinada y toma cartas en el asunto. Silencioso, el hijo menor de la familia, el adolescente Príncipe Yu (Qin Junjie), sabe más de lo que todos suponen.
La historia es exageradamente melodramática, casi telenovelesca –hay varios secretos por descubrir, identidades climáticamente reveladas, relaciones amorosas/sexuales pseudo o francamente incestuosas-, y ello hace que la película bordee, a ratos, los terrenos de la autoparodia. Para fortuna de Zhang –y de sus seguidores-, este coqueteo con el ridículo está balanceado con un terrorismo visual apantallante y por varias secuencias de acción que, de verdad, quitan el aliento.
Zhang le ha echado todos los kilos posibles a la puesta en imágenes. De hecho, pareciera que el cineasta chino usó La Maldición de la Flor Dorada para ganar el encargo de dirigir la ceremonia de inicio y clausura de los Juegos Olímpicos de Beijing: decenas de cortesanas vistiéndose con precisión matemática, miles de hombres tapizando de crisantemos la entrada al palacio imperial, una brillante paleta en dominantes colores vivos, grandilocuencia de los escenarios construidos especialmente para el filme (los más grandes en toda la historia del cine chino), apabullante manejo de multitudes de extras que se mueven (combaten, saltan, viven y mueren) cuando el Emperador (¿Ping o Zhang?) mueve un dedo o levanta una ceja…
Y aunque la acción tarda en llegar, cuando ésta se desata, es imposible despegar los ojos de ella: sicarios vestidos de negro que salen de la nada con terribles ganchos mortales, rebeldes vestidos de color dorado que avanzan implacables aplastando todos los crisantemos a su paso, una persecución a caballo con asesinos que vuelan literalmente por los aires, sangre que mana de todas partes manchando los verdes, amarillos y naranjas intensos del enorme palacio… El espectáculo abruma por lo grandioso, pero estremece por lo totalitario, lo perfeccionista: las multitudes que actúan en este filme son meros objetos en los designios del cruel monarca, interpretado con carisma avasallante por Chow Yun-Fat.
Así pues, como en la patriotera Héroe, en La Maldición… el individuo no cuenta para nada: el Emperador –que es el Estado que es la China unificada que es el Partido Comunista- es intocable, todopoderoso, invencible, inalcanzable. Un discurso fascista que resulta más peligroso en la medida que es, visualmente hablando, irresistible. Leni Riefenstahl estaría satisfecha.
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