ESE CIERTO CINE
FITZCARRALDO
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Ernesto Diezmartínez GuzmánEl décimo-segundo largometraje del eterno rebelde Werner Herzog, Fitzcarraldo (RFA-Perú, 1982), es la apasionante crónica de una locura… o más bien, de dos. La cinta es una de las dos o tres obra maestras irrebatibles de ficción de Herzog –junto con Aguirre, la Ira de Dios (1977)- y tercero de los cinco encuentros del cineasta con su alter-ego Klaus Kinski.
Perú, inicios del siglo XX. El inmigrante irlandés Brian Fitzgeral, apodado “Fitzcarraldo” (Kinski, por supuesto), desea construir un Gran Teatro de la Ópera en el interior de la selva amazónica e inaugurarlo con el mismísimo Caruso. Como muchos de sus sueños han terminado en rotundos fracasos –un ferrocarril transamazónico, una fábrica de hielo-, Fitzcarraldo tiene que buscar el apoyo de una guapa lenona (Claudia Cardinale), quien le financia su nueva locura: comprar un gran barco de vapor, navegar por una de las afluentes del Río Amazonas, convencer a una tribu de cazadores de cabezas para que ayude, cruzar el delta del río ¡cargando por tierra el barco! y llegar a sí a una zona inaccesible pero rica en caucho. Así, con el dinero ganado en esta increíble hazaña, Fitzcarraldo pretende llevar la Opera a la selva.
La primera locura que mencioné en el párrafo inicial es la de Fitzcarraldo. La segunda es la de Herzog. Filmada en locaciones originales durante nueve meses, Fitzcarraldo, la película, enfrentó una impresionante lista de infortunios: una guerra internacional (la de Perú contra Ecuador) que obligó a mover a toda la gente; otra guerra –esta tribal- que incendió los campos que se iban a usar como sets; dos actores que iba a encarnar a Fitzcarraldo –Jack Nicholson primero; Warren Oates después- que abandonaron el proyecto antes de iniciar la filmación; un tercer Fitzcarraldo –Jason Robards- que tuvo que regresar a Estados Unidos por una disentería; un actor secundario –Mick Jagger- que también dejó a Herzog colgado de la brocha porque tenía un concierto pendiente… Y aunque parezca mentira, cuando el rodaje se reinició, después de todas estas locuras, una sequía histórica hizo que el Amazonas perdiera parte de su afluente, lo que hacía imposible filmar algunas escenas.
Independientemente de estos peliculescos incidentes –narrados en el documental Burden of Dreams (Blair, 1982)-, Fitzcarraldo es un hipnótico filme sobre un hombre tan obsesionado por sus sueños –como el propio Herzog- que éstos se vuelven la realidad misma. Una realidad, por cierto, física, ruda, directa, tanto o más que Aguirre, la Ira de Dios, una cinta con la que Fitzcarraldo tiene claras similitudes, más allá de los salvajes escenarios amazónicos. Una obra maestra.
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