LAS VACAS SAGRADASFIEBRE DE SANGRE
(*** 1/2)En esta sección llamada “Vacas Sagradas” está disponible el análisis –los comentarios, vaya, dejemos de ser pedantes por un momento- de algunos de los filmes dirigidos por un grupo de cineastas fundamentales en la historia del séptimo arte. Un grupo de directores al que podríamos llamar, sin temor a equivocarnos, clásicos. Y es que, supongo, a estas alturas del juego no puede haber muchas polémicas si gente como Bresson, Pabst, Hitchcock, Fassbinder, Kubrick, Chaplin, Ford o Kurosawa merecen tal calificativo, por lo menos en una de sus acepciones: “aquello que es modelo y digno de imitación en cualquier arte o ciencia”.
Sin embargo, he agregado un par de nombres no precisamente canónicos a esta lista: Alan Dwan y Las Arenas de Iwo Jima (1949) –reseñada en esta misma página web- y, ahora, Henry King (1888-1982), con Fiebre de Sangre (The Gunfighter, EU, 1950), su enésima película, pues nunca se supo cuántos filmes realmente dirigió desde su seguro debut como cineasta, en Little Mary Sunshine (1916) –de hecho, se supone que antes de esta cinta de 46 minutos, dirigió episodios de algunos seriales fílmicos, pero no se sabe exactamente cuáles ni cuántos. Fiebre de Sangre es, en todo caso, su largometraje 35, aunque sólo si contamos los realizados en su época sonora, iniciada en 1930 con Hell Harbor, una película de piratas cuya estrella femenina fue Lupe Vélez.
King había entrado al cine a inicios de los años 10 del siglo pasado y rápidamente había pasado de actor secundario a protagónico y, a mediados de esa década, a dirigir sus primeras películas sin abandonar por completo su discreta carrera actoral. Ya en 1921 había dirigido su primer filme realmente importante, Tol’able David (1921), a los que siguieron melodramas muy exitosos como Romola (1924), Stella Dallas (1925) –luego vuelta a hacer en 1937 por King Vidor con Barbara Stanwyck- y The Winning of Barbara Worth (1926), en la cual tuvo su primer papel un extra altísimo, delgado, llamado Gary Cooper.
Para algunos historiadores, la obra silente de Henry King es la mejor de su larga y prolífica filmografía, pero su etapa sonora no desmerece en títulos notables como el melodrama Ramona (1936), con Loretta Young; el western Jesse James (1939) con Henry Fonda y Tyrone Power; The Song of Bernadette (1943), que le dio su único Oscar a su actriz protagónica Jennifer Jones; o Twelve O’Clock High (1949), la primera de las seis colaboraciones de King con Gregory Peck, quien sería su actor preferido en sus últimos años como director, de 1949 a 1959.
Bajo contrato por la 20 Century-Fox desde 1930 y hasta el final de su carrera, en 1962, King dirigió Fiebre de Sangre sobre el guión oscareado de William Bowers y el también cineasta André de Toth. Por su franco discurso anti-violencia y la decodificación y cuestionamiento de los mitos del oeste, se trata de un western adelantado a su tiempo por varias décadas. De hecho, vista a la distancia, la trama de Fiebre de Sangre parece una suerte de “precuela” de la historia del matón regenerado después vuelto al ruedo Bill Munny (Clint Eastwood) de Los Imperdonables (1992).
El Lejano Oeste, años 80 del siglo XIX. Jimmy Ringo (Peck con insólito bigote), un legendario pistolero, llega a un pueblito a tomarse un trago. Provocado por un joven bravucón, Ringo dispara en defensa propia y mata al muchacho pero tendrá que salir huyendo, pues los hermanos del muerto van tras a él por venganza.
Este es sólo el prólogo del filme, pero en él está centrado el corazón dramático y moral de la película: los inútiles intentos de un sanguinario matarife que se metió voluntariamente a un círculo de violencia del cual ahora le es imposible salir. Cuando Ringo llega a otro pueblo a buscar a la mujer (Helen Wescott) que ama para casarse con ella, dejar las armas, comprar algún ranchito y por fin “sentar cabeza”, su negra leyenda lo perseguirá como maldición. No sólo tendrá que enfrentar a los hermanos del muchacho que mató en defensa propia, sino cuidarse de un aspirante a pistolero –una especie de imagen especular de él mismo cuando joven- que quiere matarlo para hacerse de un prestigio, de un nombre.
La cinta está dirigida por King con un ejemplar manejo del encuadre, lo que desmiente la crítica de que el veterano cineasta nunca se interesó demasiado en la puesta en imágenes en sí. De hecho, muchas de las secuencias de la película –especialmente las primeras, cuando Ringo llega a la cantina regenteada por un hablantín Karl Malden- son un fascinante muestrario narrativo clásico: evitando los cortes innecesarios, moviendo su cámara con prestancia y funcionalidad, usando la profundidad de campo de tal manera que ésta tiene una función dramática específica, King demostró que entendía a la perfección el valor estrictamente cinematográfico de la imagen.
Si a lo anterior le agregamos la magnífica estructura dramática del filme -que recuerda la que un par de años después presumirá A la Hora Señalada (Zinneman, 1952)- y, además, el trío de extraordinarias interpretaciones masculinas de Peck, Malden y Millard Mitchell -como el amable sheriff de pasado oscuro-, tendremos que llegar a la conclusión que Fiebre de Sangre es una de esas joyas fílmicas que, inexplicablemente, permanecen en la oscuridad, listas para ser re-descubiertas por el auténtico cinéfilo.
Por desgracia, la película no está disponible aún en DVD y sólo se puede revisar, de vez en cuando, en la televisión de paga, en el Canal 11 del Politécnico o en Cinecanal Classics. Cuando la vea programada, no se la pierda.
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