ESE CIERTO CINE
FESTEN
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Ernesto Diezmartínez GuzmánEn la primavera de 1995 los cineastas daneses Lars von Trier, Thomas Vinterberg, Soren Kragh Jakobsen y Kristian Levring lanzaron al mundo uno de los más audaces desafíos al cine, su lenguaje y sus convenciones en más de cien años de historia. Este desafío lo llamaron Dogma 95 y su voto de castidad se resume en los siguientes diez “mandamientos”: 1) El rodaje debes hacerlo en locaciones; por lo tanto, no debe usar sets construidos, 2) El sonido no debe ser producido aparte de la imagen y viceversa; por lo tanto, no debe haber música de fondo, 3) Debes usar solamente la cámara en mano; la cámara debe seguir la acción, no al revés, 4) Debes filmar a colores y nunca usar iluminación artificial, 5) No debes usar filtros ni aditamentos ópticos en la cámara, 6) No debes agregar acción superficial en la película (nada de armas, muertes, etc.), 7) La acción de la película debe estar ambientada en el presente (nada de filmes de época), 8) Los géneros fílmicos son inaceptables, 9) El formato de filmación debe ser el de 35 mm, 10) El director no debe tener crédito en la película. Aparte, en su documento original, los cuatro realizadores daneses prometieron refrenar su “gusto personal”, renunciar a ser “artistas”, darle más importancia a los instantes creativos que a la formación de una “obra” y forzar la verdad de los personajes y escenarios, todo ello sin importar consideraciones estéticas o de “buen gusto”.El primer filme realizado a través de este “voto de castidad” fue Festen, la Celebración (Festen, Dinamarca, 98), segundo largometraje del joven creador danés Thomas Vinterberg, filme ganador del Premio Especial del Jurado en Cannes 98. El filme tiene una historia simple y, de hecho, nada original: al cumplir 60 años de vida, el respetado hotelero y paterfamilia Helgen Klingenfeldt (espléndido Henning Moritzen) invita a sus tres hijos, a otros familiares y a diversos amigos, a festejar su cumpleaños en el cálido hotel que administra en la idílica campiña danesa. Todo parece estar de maravillas hasta que, en plena fiesta, el hijo mayor de Helgen, Christian (Ulrich Thomsen), revela un turbio secreto que echa luz sobre el suicidio, acaecido meses atrás, de Linda, su hermana gemela. El discurso de Christian provoca tal horror que el muchacho es callado, perseguido y hasta arrojado tragicómicamente de la casa aunque, al final, la verdad terminará saliendo a flote.
Festen es el equivalente a un golpe en el estómago. Sin sutilezas de por medio (aunque sin amarillismo ni sexualidad o violencia gratuitas), Vinterberg nos descubre (más bien nos recuerda) que, acaso, el primer infierno al que se puede enfrentar un ser humano está dentro de su propia familia: en la hipocresía, en la perversión, en la ceguera moral, en el racismo nada disimulado, que bien pueden estar agazapados detrás de la sonrisa protectora del padre, de la caricia casual de la madre, de la camaradería falsa del hermano, del silencio cómplice de una hermana. Aunque la cinta se presta a una lectura posible de alegoría social (las nuevas generaciones y los personajes de las clases bajas se rebelan en contra del burgués hipócrita y depravado), en realidad lo que le interesa a Vinterberg es la crónica de esa fiesta fallida que develará los secretos más terribles de una familia aparentemente perfecta.
Decíamos líneas arriba que todo ello no tiene nada de original: la crítica a la burguesía en forma de comedia del absurdo proviene de Buñuel o Ferreri, la crítica a la familia es un tema harto manido y hasta la pantagruélica fiesta parece, a ratos, una re-elaboración de la secuencia inicial de Fanny y Alexander de Bergman. Lo que termina dándole al filme de Vinterberg su originalidad es la propia realización, que sigue con cierta acuciosidad los diez mandamientos de Dogma 95. Así, la cámara, nunca en tripié, nunca elegante, sigue torpemente a sus personajes, se acerca a sus rostros violentamente, cambia de posición mediante bruscos barridos, cae junto con ellos al suelo y hasta se tropieza en su afán de seguir toda la acción en todo momento. La falta de iluminación artificial y la ausencia de filtros le dan, además, una extraña calidad visual al filme, dotándolo de una textura “sucia”, exageradamente oscura y granulosa, perfecta para el filme, su tono narrativo y su temática.
Claro que, por supuesto, sólo un ingenuo podría afirmar que esta propuesta estilística –la de Dogma 95—es una vuelta a los orígenes cinematográficos y una renuncia a los “afeites” de las puestas en imágenes convencionales. Como es evidente ante la vista de Festen, la propuesta de von Trier, Vinterberg y compañía NO es la negación de la puesta en imágenes en sí; es, en todo caso, una discutible y discutida propuesta de revitalización narrativa y visual que, con el paso de los años, parece más una tomadura de pelo que cualquier otra cosa.
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