ESE CIERTO CINE
EXÓTICA
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Ernesto Diezmartínez GuzmánAl ritmo de "Everybody knows" cantado por Leonard Cohen, una muchachita vestida de colegial llamada Christina (Mia Kishner) baila en una pasarela de un "table-dance" mitad posmo, mitad kitsch, llamado "Exótica". Pareciera que sus movimientos son espontáneos pero no: son fría y concientemente calculados para provocar sueños inconfesados a su reprimidote público expectante, sobre todo al azotado inspector de Hacienda Francis (Boris Greenwood), quien realiza una auditoria a un contrabandista gay de animales exóticos llamado Thomas (Don McKellar). Francis asiste puntualmente varias veces a la semana a ver bailar a Christina, mientras le paga a una niñera, Tracey (Sarah Polley), para que cuide a su hija muerta... o más el bien el recuerdo de ella. Instigado por el celoso diskjockey/manipulador Eric (Elias Koteas), Francis rompe la regla no escrita del "table-dance" (no tocar nunca y bajo ninguna circunstancia a las bailarinas) y es expulsado violentamente del lugar bajo la miradas atónitas de Christina y de la embarazada dueña del sitio, Zoe (Arsinée Khanjian, la infaltable esposa de Egoyan).Escrita por él mismo y fotografiada elegantemente por el colaborador habitual Paul Sarossy, Exótica (Ídem, Canadá, 1994) es el sexto largometraje del inevitable cineasta de culto egipciocanadiense Atom Egoyan. Aunque la trama resulta más atractiva en general que todo el cine anterior de Egoyan, éste no tiene prisa en resolver los múltiples problemas que va desarrollando argumentalmente. Precisamente como un acto de "strip-tease", Egoyan nos van desvelando claves para entender la historia, misma que no se vuelve clara sino hasta el epílogo del filme. Esto provoca una sensación de orfandad por parte del espectador, que se siente tan inseguro y tan confundido (o aun más) que los propios personajes. Una suerte de anti-suspenso por definición.
Como todo autor que se respete --y Egoyan vaya que lo es-- el canadiense vuelve a sus obsesiones de siempre: el amor, la soledad, el sexo y, por supuesto, los "voyeures". Sin embargo, esta vez la típica frialdad, el clásico distanciamiento de Egoyan se sustituye aquí por una dolorosa calidez. Tal vez por primera vez en el cine de Egoyan la identificación con los personajes no es imposible.
Para Egoyan el mundo posmoderno en el que vivimos es impensable sin el "voyeurismo", esta actividad en la que el que ve y el que ejecuta están indisolublemente unidos y a la vez completamente solos. En la cinta, como en todo el cine de Egoyan, todo mundo espía a todo mundo: Francis ve a Christina, quien también es espiada mediante espejos especiales por Eric y Zoe; Francis espía en las cuentas de Thomas y este va a la ópera continuamente a ver el espectáculo y a dejarse manosear por otros hombres; Eric domina desde las alturas de su plataforma de DJ a todos sus clientes, mientras los incita y les cuestiona sobre sus deseos ("¿Qué le da a una estudiante su inocencia?"); Francis se atormenta viendo y volviendo a ver las imágenes de su esposa e hija muertas frente al monitor de la tevé... Todo esto ya lo habíamos visto en otras cintas de Egoyan (sea en Escenas Familiares/1987, Partes Habladas/1989 o El Ajustador/1991); no obstante, aquí la perversidad patológica del "voyeurismo" es remplazada por una historia que se descubre triste, trágica.Como dándole un bofetón al jarioso público del "table-dance" que espera con impaciencia ver caído el último pedazo de ropa de la bailarina sólo para decepcionarse porque la desnudez no provoca al final de cuentas ninguna excitación, Egoyan también aquí renuncia a la truculencia facilona y en ese inolvidable epílogo opta por la solidaridad sublime con sus dolidos personajes. Y vaya si ellos necesitan esa solidaridad. Como nosotros.
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