ESE CIERTO CINE

LAS ESTACIONES DE LA VIDA
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Ernesto Diezmartínez Guzmán
Las Estaciones de la Vida (Bom Yeoreum Gaeul Gyeoul Geurigo Bom, Corea del Sur-Alemania, 2003), noveno largometraje del joven maestro Ki-duk Kim es, para quienes presumen conocer toda la obra de este gran cineasta coreano –yo he visto apenas la mitad de sus filmes—su cinta más acabada.

Estamos en el lago Jusan, uno de los lugares más bellos de Corea, en una suerte de pequeño templo budista que flota plácidamente a la mitad del cristalino lago. Es primavera. Un viejo monje (Young-Su Oh) que cuida y cría a un niño (Jong-Ho Kim) ve cómo éste, por pura crueldad, ata una piedra a un pez, una rana y una culebra. Aunque luego el niño se arrepienta y les quita la roca a esos inocentes animalitos, dos de ellos estarán muertos. En un verano, muchos años después, el monje se ha convertido en un adolescente (Jae-Kyung Seo) que cae en la tentación de la carne cuando se acuesta con una muchacha que ha sido llevada al templo para curar su alma. Pasan más años y, en un otoño, el joven monje (Young-Min Kim), que ya había colgado sus hábitos, regresa con su anciano maestro, cargando la culpa de un asesinato. El viejo monje le da la tarea de calmar su ira con una tarea que luego compartirá con dos detectives que han ido a aprehenderlo. Muchos más años pasan y en cierto invierno, con el lago Jusan congelado, el monje ya adulto (el propio director Kim) regresa a cerrar el círculo que inició cuando niño. Acaso sea hora de re-hacer el daño que infligió cuando mató, por pura ociosidad, a dos animales.

 Impecable parábola budista circular, que inicia como termina y que termina para iniciar, esta película de Kim es la más depurada de las obras que he podido revisar de este cineasta, tanto en el aspecto estrictamente visual –cada una de las cuatro estaciones merece una paleta diferente del fotógrafo Dong-hyeon Baek—como en el temático. Como en las cintas anteriores de Kim (o, por lo menos, en las que he visto), el tema sigue siendo el mismo: la redención de sus personajes extraviados, perdidos, alienados. El monje sin nombre que pasa por las cuatro estaciones durante décadas de vida es una metáfora de la evolución de cualquier vida humana: pasa por la pulsión de la violencia, de la crueldad, del sexo, de la pasión, del amor posesivo, para llegar al equilibrio, a la tranquilidad, a la reconciliación con el mundo, con la naturaleza, consigo mismo. A la redención, pues.

 Kim ha dicho que esta es una película universal y que no se necesita estar familiarizado con el budismo para entenderla. Creo que es cierto, pero también sospecho que un cierto conocimiento de la cultura oriental ayudaría a entender muchos de los signos visuales que aparecen a lo largo de la cinta, y que tienen que ver con el pensamiento circular/trascendental del budismo. Si recordamos, por ejemplo, que esta religión cree en la re-encarnación, uno entiende el porqué del desproporcionado regaño del viejo monje al niño que ha torturado a tres pequeñas bestias: “esa piedra que has atado a ellos, la llevarás cargando en el corazón toda tu vida”. Por eso, también, vemos cómo el viejo monje siempre tiene a su lado algún animal (un perrito, un gallo, un gato blanco) que le acompaña en su serena soledad. Así también, se explica, finalmente, que el monje adulto encarnado por Kim cumpla el castigo de su maestro ya no como una dolorosa penalidad, sino como una forma de alcanzar la plenitud. Por fin, él puede convertirse, también, en maestro. Y el círculo se ha cerrado, sólo para que otro sea abierto.



ESE CIERTO CINE

Escala de Calificación

**** Excelente        *** Muy recomendable     ** Vale el boleto o la renta
* Palomera       + Churrito        ++ Churrote

Comentarios: ernesto@cinevertigo.com

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